Había salido esa misma mañana temprano y llevaba interminables horas viajando a través de un paisaje sombrío, oscurecido por la persistente lluvia que no había cesado desde el amanecer.
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abía salido esa misma mañana temprano y llevaba interminables horas viajando a través de un paisaje sombrío, oscurecido por la persistente lluvia que no había cesado desde el amanecer. Me encontraba solo en el compartimento, medio adormecido por la calefacción, el tiempo gris y la monótona marcha del tren. Ya era de noche.
Cuando nos detuvimos, levanté la vista y miré por el cristal sin mayor interés. Habíamos parado en una pequeña estación de segundo orden. Desde mi asiento no alcanzaba a ver ningún cartel con el nombre del lugar. El edificio de ladrillo rojo estaba iluminado por potentes focos eléctricos. Vagones de mercancías dormían en las vías muertas. La lluvia caía en cortas y frías ráfagas. Los travesaños de madera, los raíles de acero ennegrecido, los tejados de los cobertizos… todo brillaba con húmedos reflejos.
En ese momento, otro tren llegó a la estación en sentido contrario. Sus ventanillas iluminadas desfilaron lentamente ante mi distraída mirada. Podía ver a los viajeros, gente anónima, todos ellos. Pasaban ante mí como en una película fugaz. Apenas presté atención.
El tren se detuvo en una vía paralela. Apenas nos separaban un par de metros, quizá menos. Estaba tan cerca que habría bastado sacar la mano por la ventanilla para tocar el cristal del otro tren.
Fue entonces cuando la vi.
Viajaba en el vagón que había quedado detenido frente al mío. Estaba leyendo un libro que ocultaba en parte su rostro. Sin saber cómo ni por qué, me descubrí observándola con un interés repentino, casi inquietante.
En ese instante bajó el libro y pude ver la cara que se escondía tras él. No era una mujer de gran belleza en el sentido convencional, pero había algo en la armonía de sus rasgos, en la mirada ausente de sus ojos oscuros, en esa melancolía suave que desprendía su gesto, una gracia silenciosa que emanaba de ella… que me atrapó con una intensidad inesperada. No podía apartar los ojos de aquella desconocida. Me tenía completamente absorto.
Debió de notar la insistencia de mi mirada, porque giró la cabeza hacia donde yo estaba. Durante un breve instante permanecimos así, contemplándonos a través de unos cristales empañados por la lluvia. Éramos tan próximos —podía sentirlo— y al mismo tiempo tan lejanos, separados por algo más que el estrecho espacio entre dos trenes. Sentía, de manera inequívoca, que aquel encuentro fortuito tenía una importancia vital para mí.
Sus labios dibujaron una leve sonrisa, casi irreal, como si me animara a buscarla. Todo aquello me resultaba demasiado extraño, demasiado repentino, demasiado intenso.
Ella debió leer en mi expresión lo mismo que yo vi en la suya. Levanté una mano, gesto inútil con el que parecía querer alterar el orden de las cosas. ¿Qué podía hacer? ¡Había ocurrido todo tan rápido!
De pronto, su tren se puso en movimiento y, lentamente al principio, comenzó a abandonar la estación. Me incorporé, quise bajar la ventanilla, y mientras peleaba con el mecanismo, vi cómo su vagón se alejaba poco a poco.
Cuando lo perdí de vista, me dejé caer en el asiento, completamente abatido. El tren donde viajaba ella fue ganando velocidad hasta desaparecer entre la lluvia y la oscuridad. Poco después, también el mío reanudó la marcha, mientras yo seguía allí, sumido en un profundo estupor y desaliento.
Ha pasado mucho tiempo desde aquel encuentro fortuito, y nunca he vuelto a verla. No sé su nombre, ni quién era, ni si vive todavía. No sé absolutamente nada de ella.
Con los años, se ha ido desvaneciendo la precisa línea de su cara, el color exacto de sus ojos, hasta convertirse en una imagen borrosa. Pero jamás he podido olvidar la profunda impresión que me causó aquella noche bajo la lluvia. Nunca he vuelto a sentir un estremecimiento tan intenso, tan desbordante, como el que me produjo la primera -y única- vez que la vi.
Puede que sean fantasías irracionales, pensamientos absurdos que intento desterrar. Lo sé. Pero también sé que, desde entonces, su recuerdo me persigue como una obsesión. Y es raro el día en que no pienso en ella con amarga tristeza.
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