UN HOMBRE LLAMADO «PAPILLON» La vida aventurera de Henri Charrière
Hace mucho tiempo que leí por primera vez Papillon, la autobiografía carcelaria de Henri Charrière, pero todavía recuerdo como si fuera ayer la profunda impresión que me produjo.
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ace mucho tiempo que leí por primera vez Papillon, la autobiografía carcelaria de Henri Charrière, pero todavía recuerdo como si fuera ayer la profunda impresión que me produjo. Tendría trece o catorce años y me la ventilé de un tirón durante unas vacaciones de verano, en una lectura compulsiva, sin poder parar hasta el final. Se trataba de la versión mutilada por la editorial “Reader Digestiva”. Por suerte, pude leer la edición íntegra poco después, ya que se encontraba tanto en la biblioteca municipal como en la mayoría de las librerías de la ciudad donde vivía. No en balde, había sido un gran éxito de ventas en todo el mundo.
La publicación del libro en 1969 causó sensación. En su día supuso un fenómeno editorial con más de 15 millones de copias vendidas. Se tradujo a 27 idiomas. Aunque no estuvo exento de críticas, acabó por convertirse en un clásico por derecho propio. Logro impresionante, todo hay que decirlo, para su autor, alguien que jamás había pensado ni remotamente en publicar. Bien es cierto que a veces fantaseaba en voz alta con la idea de escribir sus memorias, pero nunca se lo tomó muy en serio.
El origen de Papillon se remonta a 1967. Por aquel entonces, Henri Charrière vivía en Caracas y sus negocios no marchaban demasiado bien. Necesitaba dinero con urgencia. Un buen día llegó a sus manos un ejemplar de El astrágalo, donde Albertine Sarrazin narraba su fuga de la cárcel. El éxito de Sarrazin le animó a emprender la redacción del suyo. A fin de cuentas, se dijo para animarse, su vida había sido mucho más aventurera.
El libro de Charrière relata desde su ingreso en prisión en 1931, acusado de asesinato, hasta su puesta en libertad en 1945. Durante esos catorce años, lleva a cabo numerosas y arriesgadas tentativas de fuga, por las que es castigado con extrema dureza. Finalmente logra evadirse de la Isla del Diablo flotando en una balsa de cocos. Desde el primer momento, el autor se presenta, no como un criminal común, sino como un hombre de espíritu indomable que nunca se deja vencer por la brutalidad de la vida carcelaria. También asegura que no asesinó al chulo Roland Legrand -más conocido como Roland le Petit-, crimen por el que fue injustamente condenado a trabajos forzados perpetuos en la colonia penitenciaria de la Guayana francesa. La narración denuncia además las inhumanas condiciones de vida que imperaban en las prisiones de Francia, un país que presumía de civilizado y progresista en todo el mundo, cosa que venían a desmentir rotundamente.
Los críticos calificaron el libro de “literatura oral” debido a su estilo directo y natural, poco cuidado, aunque no exento de intensidad y elocuencia. Charrière posee un don innato para narrar como si te estuviera hablando, con el que consigue atrapar al lector. Al igual que pasa con la mayoría de los auténticos escritores, en el fondo, es su personalidad lo que realmente nos atrae y fascina. Y un hombre como Papillon, con sus inevitables defectos y contradicciones, no puede sino despertar un enorme interés.
Considerado a menudo como un relato verídico de la vida de Henri Charrière, con el tiempo se ha ido poniendo en duda la veracidad del libro. Aunque siempre defendió la autenticidad de su historia, al parecer no fue literalmente fiel a los hechos. Las aventuras que rememora como propias son una mezcla de situaciones vividas por el autor y otros presidiarios que compartieron su suerte. Es decir, es una obra que mezcla realidad y ficción. La cuestión estriba en saber cuánto hay de verdadero en Papillon.
La primera pregunta que se nos plantea es averiguar quién era en realidad Henri Charrière. Hoy sabemos con certeza que, en su juventud, era un pequeño delincuente, un matón que intentaba abrirse paso en los bajos fondos de París. Tenía fama de impulsivo y bastante violento. Fue acusado de matar a un hombre, otro proxeneta y jugador como él.
La instrucción no consiguió obtener la confesión del acusado, ni aportar ninguna prueba sólida, incluida el arma homicida, y basó su acusación en el testimonio de un testigo bastante dudoso. Asimismo, resulta bastante llamativo que el resultado de los dos juicios fuera tan dispar. En el primero casi lo declaran inocente y en el segundo lo condenan a cadena perpetua. Un doble veredicto que suscita ciertas dudas acerca de la supuesta imparcialidad de la justicia. A este respecto, algunas fuentes apuntan la posibilidad de que la policía, convencida de la culpabilidad del acusado, pero sin pruebas, hubiera acabado por manipular la investigación para poder condenarlo de todos modos.
Además, la mayoría de los que intervinieron en ambos procesos consideraron que la sanción impuesta era extremadamente severa. Gerard de Villiers, en Papillon Épinglé, asegura que incluso el policía encargado de la investigación, el inspector Mayzaud, era de este criterio:
“En mi opinión, cuando disparó, Charrière no tenía intención de matar. Te lo dije: era un fanfarrón, un tipo al que le gustaba hacerse el interesante, pero que aún no había sido aceptado por la comunidad. Por eso solía portar un arma. Debió haber querido intimidar o asustar a su oponente. Así que, en mi opinión, la cadena perpetua era dura.»
Aunque Charrière siempre proclamó su inocencia, algunos escritores que han investigado el asunto no creen que lo fuera. Uno de los más célebres y autorizados es el novelista francés Auguste Le Breton, quien poseía un profundo conocimiento del ambiente criminal parisino. Según Le Breton, posiblemente se trató de un ajuste de cuentas, un hecho bastante habitual en el mundo del hampa de aquella época. Legrand había difundido el rumor de que Charrière era un confidente de la policía. Si éste quería limpiar su reputación, no tenía más remedio que pedirle explicaciones. Durante la discusión, los ánimos se caldearon y Papillon acabó disparando a Legrand. Lo más probable es que solo pretendiese herir a su rival, como demuestra que dos compañeros transportasen al herido en un taxi hasta el hospital más cercano.
Al parecer, el propio Charrière confirmó lo sucedido a Auguste Le Breton en 1969. El escritor también lo llegó a defender públicamente, afirmando que nunca había sido un delator.
En cualquier caso, todavía persisten las dudas sobre la presunta culpabilidad o inocencia de Charrière. Una incógnita que, tras su muerte, probablemente nunca podrá resolverse.
Tampoco es cierto que Charrière escapase de la Isla del Diablo saltando al mar y flotando sobre una balsa de cocos, como cuenta en su libro. Aunque asegura que pidió ser transferido, lo más probable es que nunca pusiera un pie en ella. En esta isla, la más pequeña del archipiélago de la Salvación, por lo general, solo había unos pocos prisioneros políticos acusados de traición (como Alfred Dreyfus). Los presos condenados por delitos comunes no iban a la isla del Diablo salvo en muy raras excepciones. Si Charrière estuvo allí, tal vez fue como parte de un grupo de trabajo.
También existen dudas sobre su afirmación de que se arrojó al océano desde lo alto del acantilado. Basta con observar el escarpado contorno de la isla, batido por grandes olas y fuertes corrientes, así como la presencia habitual de tiburones, para para darse cuenta de lo impracticable y arriesgado de su tentativa.
Según diversas fuentes, como la entrevista realizada en los años 80 a Lucien Bauve —un ex convicto de las colonias penales—, Charrière no protagonizó una fuga épica desde las islas de la Salvación, sino que fue trasladado de nuevo a tierra firme. Bauve lo recuerda en el campamento principal de St. Laurent durante los años de guerra. Lo más probable es que pagase a uno de los barqueros locales para cruzar el río Maroni. En la otra orilla se encontraba la Guayana holandesa, entonces una ruta segura, ya que no deportaba a los prisioneros franceses.
A muchos prisioneros se les permitía trabajar sin vigilancia, de modo que podían escapar con relativa facilidad. Lo verdaderamente difícil era no volver a ser capturado.
Los fugitivos que intentaban atravesar la jungla pronto descubrían que la naturaleza era su peor enemigo. Al mismo tiempo que trataban de abrirse paso a través de la maleza tenían que hacer frente a serpientes venenosas y numerosos insectos, como arañas y mosquitos. Las enfermedades tropicales, el hambre y la desorientación convertían la fuga en una trampa mortal. En unos pocos días, la mayor parte de los prófugos volvían sobre sus pasos para entregarse.
La otra alternativa consistía en robar o comprar un barco para navegar a lo largo de la costa. Pero en ese caso, tampoco contaban con demasiadas posibilidades de éxito. Por un lado, se lanzaban a mar abierto en una frágil embarcación y, a menudo, sin apenas conocimientos de navegación. Si no se hundían, casi con seguridad serían capturados.
Durante muchos años, los presos fugitivos descubiertos en la vecina colonia holandesa eran apresados y devueltos a las autoridades francesas. Sin embargo, cuando Charrière intentó su huida, las cosas habían cambiado. Durante la Segunda Guerra Mundial, la Guayana Francesa quedó sometida a la jurisdicción del gobierno de Vichy, pro alemán. Pero la Guayana Holandesa (el actual Surinam) estaba bajo el control aliado y los prisioneros ya no eran enviados de regreso a la zona francesa. Fue ese giro histórico, y no una hazaña de película, lo que le permitió llegar a Venezuela sin temor a ser extraditado.
Las falsedades que contiene, intencionadas o casuales, sin duda restan credibilidad al libro, al tiempo que generan una sombra de incertidumbre sobre cada una de sus afirmaciones. Pero también es cierto que, por mucho que adornase y modificara algunos hechos, Charrière experimentó realmente las condiciones inhumanas de las colonias penales. Pero, ¿dónde terminaba el testimonio y comenzaba la ficción? ¿Hasta qué punto era real lo que narraba, y cuánto se debía a otras vivencias?
En los años 90, Robert Laffont, su editor, dijo que Charrière había presentado su libro como novela y no como una autobiografía. Incluso el propio autor acabaría reconociendo que su relato era “solo un 75% verdadero”, como si la verdad pudiera medirse con tanta precisión. “Y en ella hay unas cosas que no fueron vividas, pongamos una cuarta parte, pero que eran necesarias para pintar y redondear el relato”, confesaría tiempo después.
Algunos lo han culpado por no ceñirse a los hechos reales. Tal vez no todo fue como lo cuenta, ¿pero acaso puede alguien, incluso con el mayor sentido de la precisión, limitarse a un registro de lo sucedido? Toda autobiografía hay que tomarla con cuidado. El retocar los hechos y omitir ciertas partes es algo inevitable a la hora de trasladar la memoria a la página escrita. Como es bien sabido, los recuerdos se fabrican en la mente, lo cual altera en mayor e menor medida la percepción que cada persona tiene de la realidad. Esto no implica necesariamente que se trate de un deliberado falseamiento de la verdad, sino de una apropiación más o menos intencionada de los recuerdos.
En cualquier caso, hay un hecho innegable. El valor de la obra trasciende su veracidad. Papillon es más que una simple novela de evasiones o una crónica carcelaria. Es un poderoso alegato sobre la dignidad humana y la capacidad del espíritu para resistir incluso en las condiciones más adversas. Para Charrière, la libertad trasciende los confines físicos del encarcelamiento. El título del libro, Papillon (“mariposa” en francés), simboliza tanto el apodo del autor como su deseo inquebrantable de alcanzar la libertad. Por ello, todavía sigue siendo una narración profundamente humana, capaz de cautivar e inspirar a nuevas generaciones de lectores en todo el mundo.