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Un día de trabajo

El trabajo comenzaba a las siete de la mañana, de modo que llegué a las siete en punto, y cuando llegué ya estaban allí todos los demás. Serían alrededor de una treintena de hombres, de diferentes edades, aunque la mayoría éramos jóvenes, de veinte a treinta años. A las siete todavía era de noche.

 
A parqué el coche a la entrada, junto a otros vehículos que vi allí estacionados. El lugar era una especie de finca con una vieja casona cerca del río, con muchos árboles y una gran explanada de tierra donde había varios camiones de la basura y algunos contenedores vacíos.

Iba a empezar a trabajar para Serbaur, la empresa que en Toledo se ocupaba entonces de la limpieza de las calles y de la recogida de la basura.
Aquel verano pintaba pisos y hacia chapuzas de fontanería y albañilería con mi amigo Salva para sacar algo de dinero. Llevaba en “paro obrero español” más de un año, y con estos trabajillos ocasionales, más la miseria del subsidio de desempleo, ganaba malamente para ir tirando.
Un día alguien nos dijo que Serbaur estaba contratando gente para llevar a cabo la limpieza de las márgenes del Tajo. Se trataba de un empleo temporal de tres meses. Las elecciones estaba al caer y los políticos del ayuntamiento querían hacer campaña antes de que terminara su mandato. Habían promocionado la restauración del río, aunque en realidad no era más que otro golpe de efecto para conseguir votos. Las orillas del río llevaban sucias años y años y a nadie parecía importarle demasiado que se hubieran degradado hasta ese extremo. Estaban llenas de basura, escombros y otros desperdicios que se habían ido acumulando allí a lo largo del tiempo sin que nadie se hubiera ocupado de limpiar el lugar. Las malas hierbas, matojos, arbustos y algunos árboles desperdigados habían ido creciendo entre la inmundicia.
Algo similar pasaba con el río mismo. El Tajo no era más que un asqueroso albañal de color negruzco con grandes nubes de espuma flotando sobre sus aguas. Los pescadores de caña eran de los pocos que hacían uso del río a su paso por Toledo, y tras capturar su presa, volvían a soltarla de nuevo, porque era tal el grado de contaminación de las aguas que no había nadie tan estúpido o loco como para echar en la sartén uno de aquellos peces. Nadie parecía interesado en poner remedio a esta situación que venía produciéndose desde hacia mucho tiempo. De modo que si el río no era más que una sucia cloaca, ¿por qué preocuparse de las márgenes por cuyo cauce discurría?
No obstante, alguien del ayuntamiento debió pensar que resultaría una buena campaña limpiar de escoria las orillas del río a su paso por la ciudad. Le concedieron la contrata a Serbaur, y la compañía de limpieza comenzó a buscar gente para realizar este trabajo. Y así fue como, con una inesperada llamada de teléfono –ya casi ni me acordaba de que una mañana había acudido a las oficinas de la empresa para rellenar una solicitud de empleo- fui a parar allí.
Habían dispuesto una caseta móvil como improvisado vestuario. Pasé dentro. En el interior había varias filas de taquillas metálicas grises adosadas a las paredes del barracón. Todo el mundo llevaba puesto el mono amarillo de trabajo y las pesadas botas negras que suministraba la empresa. Un tipo se dedicaba a entregar estos enseres. Sacaba los monos envueltos en plástico de una gran caja de cartón. Primero te echaba un fugaz vistazo y luego rebuscaba entre el revoltijo de ropa hasta dar con la talla que podía corresponderte. Era un hombretón moreno, fuerte, de aspecto sucio y zafio, con grandes manos peludas. Se llamaba Agustín y era un antiguo empleado al que la dirección había promocionado a la categoría de capataz de los nuevos trabajadores. Durante muchos años el hombre había bregado con la basura y ahora ¡gran honor para él! tenía que hacer de encargado con nosotros.
Me acerqué hasta donde estaba.

-¡Buenos días! –saludé.

El tipo levantó la cabeza. En la caja quedaba ya muy poca ropa. Todos menos yo, que había llegado el último, estaba ya provistos de sus monos de faena y sus botas con refuerzos metálicos en la puntera.

-Llegas tarde –me espetó en tono desabrido.

Era muy temprano, llevaba meses sin levantarme a esas horas – el desempleo prolongado te mal acostumbra a no madrugar demasiado, es una de sus pocas bendiciones- y la verdad es que no tenía el ánimo para gaitas.

-Son las siete, ¿no? He llegado puntual –repliqué secamente.
-A esa hora hay que estar ya cambiado. A las siete comenzamos a trabajar. Así que hay que venir antes, ¿estamos?

Me dieron ganas de mandarle a la mierda. El sabría bien dónde encontrarla. Durante años no había hecho otra cosa que trabajar con ella. No dije nada.

-¿Talla grande, no? – buscó entre los restos que quedaban en la caja y me tendió un mono de trabajo XL - Si necesitas uno mayor no lo hay, así que tendrá que servirte.
-¿Qué hay de las botas? –pregunté.
-Ya no quedan de tu número –dijo echando una ojeada a los tres o cuatro pares que quedaban- Son números pequeños. Ya te buscaremos unas botas otro día. De momento arréglate con las tuyas.

Observó que calzaba mis viejas botas, como tenía por costumbre. Me di la vuelta con el mono amarillo bajo el brazo y busqué una taquilla libre. Comencé a cambiarme. Cuando terminé de hacerlo no quedaba ya nadie en el barracón. Salí fuera.
Estaba empezando a clarear. La gente se había reunido en diferentes corrillos y charlaban y fumaban esperando instrucciones para iniciar el trabajo. Allí estábamos todos, altos y bajos, gordos y flacos, jóvenes y viejos, todos con cara de sueño, con la inquietud de un nuevo trabajo, la mayoría sin conocernos. Hacía un poco de fresco. El verano estaba terminando y ya se comenzaba a notar el relente de las mañanas de otoño.
El encargado se plantó en medio de todos.

-¡Escuchadme! – ordenó en voz alta- Voy a leer vuestros nombres para asignaros por grupos. El primero que nombre será el responsable de cada una de las cuadrillas y además el conductor de las furgonetas, ¿estamos?

La casualidad tal vez hizo que yo fuese uno de los afortunados. La cosa no me hizo gracia. Nunca me ha gustado ser jefe de nadie, y menos aun si no cobro por ello. Tampoco me gustaba la idea de tener que vigilar a mis propios compañeros, unos pringados como yo, ni de tener que azuzarlos para que no escurrieran el bulto. ¿Cómo coño iba a hacerlo si yo era el primer partidario de escaquearme del trabajo siempre que era posible? En fin, me dije, mala suerte. Habría que apechugar con el cargo.
La otra parte de la responsabilidad de ser jefe de grupo tampoco me agradó. Tenía que conducir un pequeño camión, cosa que no había hecho en toda mi vida. Estaba acostumbrado a conducir coches, incluso furgonetas, pero nunca un vehículo de gran tamaño, aunque fuera de escaso tonelaje. Pero tampoco dije nada. Si estaba allí era porque me hacia falta el trabajo y no era cuestión de ir poniendo pegas desde el primer momento. Ya habría ocasiones sobradas para protestar; eso era algo invariable de lo que ningún trabajo estaba exento.
Agustín nos guió a los seis jefes de cuadrilla hasta el edificio de oficinas, donde nos proporcionó a cada uno un transmisor y una correa para poder llevarlo colgado de la cintura, nos explicó brevemente su funcionamiento y por último nos entregó las llaves de los camiones.
Salimos de las oficinas. Mi cuadrilla estaba junto a un camión blanco, esperando para partir. A cada grupo se le había asignado una zona concreta de trabajo.

-Bien, vamos allá –dije.

Subimos los cinco a la cabina del camión. Yo me puse al volante. Metí la llave en el contacto. Luego miré a los compañeros.

-¿Alguno de vosotros sabe conducir un trasto como este? -pregunté.
-Dale un primer giro a la llave –me dijo un chico rubio y pecoso- ¿Ves esa luz amarilla que se ha encendido en el salpicadero? Tienes que esperar que se apague. Luego le das al contacto. Es diesel. Por lo demás se conduce como cualquier coche.
-Sí, hasta ahí ya llegaba yo –respondí.

Seguí sus instrucciones al pie de la letra. El motor ronroneó suavemente bajo la cabina.

-Bueno, agarraos bien ahí detrás. Es la primera vez que conduzco un camión –confesé acomodándome en el asiento y agarrando el enorme volante negro con las dos manos- Así que no os aseguro nada. Iré despacio.

Metí la primera, solté el freno de mano, levanté el pie del embrague y el camión se puso en marcha con una brusca sacudida.

-¿Cómo coño se ponen las luces? –pregunté. Me había olvidado de ellas por completo.
-A tu izquierda –dijo el de antes- Gira la palanca que hay junto al volante.

Hice lo que me decía y encendí las luces de carretera. Estaba amaneciendo y aun había escasa visibilidad.
Me gustó conducir el camión. Nunca antes lo había hecho y la verdad es que disfruté. Iba muy alto en el asiento, contemplando desde arriba el suelo de tierra sobre el que avanzábamos. Fuimos los últimos en salir del recinto de la empresa. Enfilé por la carretera de la Venta de Aires y luego hacia la Puerta de Bisagra y, conduciendo con extrema precaución, nos adentramos en el denso tráfico de la mañana.
La gente con la que me había tocado en suerte trabajar se tomó la cosa con guasa. Eso me gustó. Entre bromas, frenazos y alguna que otra sacudida al cambiar de marcha, fuimos avanzando en nuestro trayecto. La distancia hasta el lugar de trabajo era corta. Una media hora más tarde había conseguido llegar sin chocar con nadie y sin hacerle ni una mala rozadura al camión.

-Bueno, todos abajo –dije asumiendo muy en serio mi papel de jefe.


 

 
E stábamos en un descampado a orillas de río, muy cerca de la ciudad. Al otro lado de la carretera se hallaban el polideportivo y la piscina cubierta, y más allá se erguía el edificio del parque de bomberos y la nueva estación de autobuses. A lo lejos se veía el casco antiguo de Toledo. En el lugar donde nos encontrábamos había una vieja estación hidroeléctrica en desuso.
Descargamos las herramientas del remolque abierto del camión: picos y palas, hoces, rastrillos…

-Hay que despejar de maleza toda esta zona –señalé la margen del río que se abría ante nosotros- Que cada uno coja la herramienta que prefiera y manos a la obra.

El descampado estaba cubierto de matojos, ortigas y malas hierbas, pero sobre todo de grandes masas de cardos borriqueros de más de dos metros de altura. Formaban un bosque, tupido e impenetrable. Al final del verano toda esa espesura de color pardo estaba seca y tiesa como el alambre. Cubrían extensas zonas de terreno junto a la orilla del río. Todo lo demás era tierra baldía y yerma.
Cuando nos pusimos a trabajar ya era completamente de día. Unos iban por delante cortando la maleza con hoces y los demás les seguíamos detrás recogiendo y amontonando la broza cortada sirviéndonos de largos rastrillos. El trabajo se hizo pesado al poco de empezar. Los secos cardos desprendían al moverlos un fino polvillo blancuzco que te envolvía como en una nube, y se te metía en la boca y la nariz al respirar, y lo mascabas y lo tragabas, mientras te cubría la piel por entero y te irritaba los ojos con un fuerte escozor. Los puñeteros cardos tenían flores blancas erizadas de púas afiladas como agujas que te pinchaban a través de la ropa de trabajo. Aun usando recios guantes podías sentir el áspero contacto de los resecos tallos al cogerlos con las manos. Era imposible evitarlo. Nos encontrábamos rodeados por una maraña impenetrable de duros matojos y plantas resecas. Al cabo de un rato estábamos inundados de tierra y polvo, y para colmo iba a ser un día de calor infernal.
Hice un alto para limpiarme el sudor que me caía a chorros por la cara. Me bajé la cremallera del mono. Tenía el cuerpo entero empapado en sudor. Bajo las desgastadas suelas de mis botas –unas viejas botas que ya habían batallado lo suyo- las marchitas plantas crujían como huesos rotos.
Miré la hora en el reloj que había guardado en el bolsillo superior del mono. ¡No eran más que las nueve y cuarto! Dios mío, qué despacio pasaba el tiempo. Apenas llevábamos una hora y media de trabajo. Observé a mis compañeros. Tres de ellos iban por delante dándole a la hoz. Agarraban las plantas por el tallo para poder golpear con el filo de la herramienta, pero tras sentir durante un rato el punzante y áspero contacto de los cardos a través del guante, un agudo dolor te quemaba la mano. Dejabas entonces de coger los cardos con la mano para que ésta descansara y se fuera aliviando, y procedías a golpearlos con la hoz como si estuvieras segando con una guadaña. El resultado era peor si cabe. Al tronchar los tallos, las cabezas espinosas se desprendían de la planta y saltaban sobre ti, golpeándote en la cara o en el cuerpo. O bien no podías cortarlos y tan sólo los sacudías, haciendo que se bandearan de un lado a otro como una ola, y corrías el riesgo de que rebotaran contra ti.
Mientras unos cortaban delante, otros dos iban por detrás trajinando con largos rastrillos con los que amontonaban los cardos cortados. La tarea tampoco resultaba fácil porque debían separar la basura –papel, latas, plásticos, neumáticos y otros restos abandonados- de la broza acumulada en montones, y luego transportarla en carretillas hasta el remolque del camión, donde cargábamos estos residuos para su posterior destrucción.
Nos turnábamos en uno u otro lugar y así íbamos bregando ardua y afanosamente. Era un puto trabajo de mierda.
¡Ah, Dios!, otros días a esas horas de la mañana todavía estaba en la cama, pensé con amargura, o tal vez desayunando tranquilamente en el jardín de casa. Era mejor no pensar en nada, intentar dejar la mente en blanco y trabajar como un autómata, sin el menor rastro de conciencia. Porque cuanto más consciente eras de la miserable y dura situación en la que estabas inmerso, más penoso se tornaba el trabajo y, por tanto, mayor era el sufrimiento. Era preciso frenar el vuelo de tu imaginación, dejarla en suspenso, no pensar en nada, dejar de sentir, desistir de desear, y centrarse única y exclusivamente en lo que estabas haciendo. Permitir que solo el cuerpo hiciera el trabajo, y aislar tu mente, sofocarla y ahogarla hasta acallar los más mínimos pensamientos.
Porque era tu cerebro en definitiva el que en realidad te hacía sufrir. El cuerpo era mucho más resistente, siendo capaz de soportar el trabajo duro hasta cierto límite sin emitir la menor señal de protesta. Podías cansarlo, peor no se quejaba de modo tan agudo y perentorio como tu mente. Era ésta quien te traicionaba.
¿Pero cómo silenciar la mente? ¿Cómo conseguir aislarte del exterior? En muy pocos trabajos he logrado esta especia de desconexión del mundo exterior, y no siempre, sino sólo en determinados momentos. Recuerdo que mediante una labor tediosamente monótona repetida hasta el infinito, como barrer escaleras y patios y garajes sin soltar la escoba durante horas interminables, he podido alcanzar sin proponérmelo un estado de vacío mental próximo a la inconsciencia, en el que todo mi ser quedaba en blanco y mi cerebro parecía haber dejado de funcionar.
Pero este trabajo era diferente. Debido a su dureza, resultaba imposible distraer la atención. El dolor te recordaba constantemente que aun estabas vivo. Te hallabas sumergido en un mar de cardos y ortigas y tu labor consistía en derribar y destruir estas plantas, que se defendían acometiéndote con agudos y lacerantes pinchazos.
Por fin dieron las diez.
-¡Hora de almorzar! – anuncié con alivio.

Nadie se lo hizo repetir. Soltaron las herramientas como si quemaran. Nos encaminamos hacia donde estaba el camión limpiándonos la mezcla de espeso polvo y sudor que nos cubría. Era la única sombra en la desierta explanada. El sol caía a plomo y el calor era abrasador.
Cada cual sacó lo que había traído de almuerzo. Yo no había traído nada. Me había acostado tarde y me levanté con prisas, de modo que olvidé preparar algo para comer. Me dejé caer en tierra y apoyé la espalda contra una de las ruedas del camión. Todos nos sentamos buscando la escasa sombra que proyectaba el vehículo.

-¿No comes? –me preguntó uno de ellos.
-Olvidé traer algo –respondí.
-Toma -dijo.
-Gracias, colega.

Partió un trozo de su bocadillo de tortilla de patatas. Comimos en silencio.
Cuando terminé el bocata, lié un cigarrillo y me puse a fumar. Disponíamos de veinte minutos de descanso. Contemplé el rostro de los que estaban conmigo. En todos se acusaba el mismo cansancio, idéntica fatiga polvorienta. No había más que un par de botellas de agua. Menos de dos litros. No habíamos tenido la precaución de traer más. Compartimos tan escaso recurso entre todos. Éramos cinco.
Tenía la garganta seca de tragar polvo. Bebí un trago, no mucho, ya que el agua pertenecía a dos de ellos. Los únicos previsores. Los demás no pensamos en el asunto hasta el momento en que la sed se hizo acuciante.
Estuvimos hablando y fumando mientras descansábamos a la sombra del camión. Éramos cinco parados con un trabajo temporal de mala muerte. Carne de cañón. El contrato que habíamos firmado era por tres meses, aunque nos pusieron la zanahoria delante al asegurarnos que una vez finalizado este trabajo, algunos de nosotros, los elegidos sin duda por su rendimiento y sumisión, serían renovados por un periodo más largo, pero ya como empleados de la empresa, bien como barrenderos o trabajando con un camión de la basura. Para todos nosotros aquel empleo temporal no era más que otra etapa más en un largo deambular en busca de sustento.
De los cinco, uno era Domingo, un tío bajo y fuerte de unos treinta años, fontanero en paro; Luís, un chico rubio y tostado por el sol, que había sido conductor de reparto –el que me aconsejó cómo conducir el camión-; el tercero, Rubén, un muchacho gordito y sonrosado de unos veintitantos años, administrativo; el cuarto, Javier, el más joven de todos, acababa de colgar los estudios en COU; y por último yo, que con más pena que gloria bien iba dando tumbos de trabajo en trabajo desde hacía varios años.

-¡Menudo trabajito! –comentó Rubén. Tenía el rostro desencajado, enrojecido y sudoroso. Parecía el más castigado de toda la cuadrilla.
-Pues todavía queda por desbrozar toda aquella zona –señalé con la mano una extensa franja de altos cardos que ocultaban la orilla del río- No hemos hecho más que empezar. Aquí hay trabajo para varias semanas.
-No sabía que iba a ser tan jodido, la verdad –confesó amargamente- Creía que se trataba de limpiar de basura el río.
-¡Ojalá me equivoque! – intervino el fontanero- Pero según me han dicho vamos a tener que sacar escombros, cacotes, piedras, además de recoger toda la basura que se ha ido acumulando en las orillas durante años. Va a ser duro de cojones, ya lo veréis.

Nos entretuvimos hablando de nuestros respectivos empleos anteriores. De esta manera, con el boca a boca, es como se obtiene la mejor y más fiable información sobre la clase de trabajo que existe en la ciudad. Uno te cuenta una cosa, otro comenta algo diferente, vas atando cabos, y poco a poco te haces lo que podría denominarse un mapa laboral de tu entorno. La conclusión a la que se suele llegar es invariablemente la misma: en todas partes el trabajo es una mierda.
Pero hay que producir, hay que levantar el país, hay que relanzar la economía, hay que hacer que bajen las estadísticas del paro, y para conseguirlo siempre aplican las mismas medidas inútiles: contratos basura, sueldos de miseria y explotación del trabajador, para que a cambio unos cuantos privilegiados se hinchen a ganar dinero y lo despilfarren luego en una vida de lujo y ostentación. Sin embargo, este contrato social, por injusto y desigual que sea, se haya sancionado socialmente y es aceptado de buen grado por casi todo el mundo, incluidos los mismos trabajadores que lo sufren. Las empresas tienen como objetivo principal obtener beneficios, esta es su razón de ser. Los empresarios dan trabajo y, por tanto, sustento, al rebaño de inútiles y estúpidos siervos consentidos que son los trabajadores. ¡Ah, bueno! ¡Lo olvidaba! Olvidaba que así son las cosas por que de esta forma deseamos que sean.
Tras esta pequeña y estéril digresión laboral, retomo el hilo de mi relato.
Miré el reloj con desgana. Eran las diez y media. Hacia diez minutos que debíamos estar trabajando de nuevo. Se trataba de un tiempo extra de descanso que estábamos estafando a la empresa. Yo era el jefe del grupo. Me habían asignado la responsabilidad de azuzar a la gente que estaba conmigo, a los mismos compañeros que habían compartido su comida y su agua conmigo, a los mismos que les había dado de mi tabaco porque nunca había fumado un cigarrillo liado, a los mismos parados como yo que ahora disfrutaban de la magnífica oportunidad de limpiar de basura la ciudad, Sí, así era. Teníamos que volver al curro. Los puñeteros cardos nos esperaban impacientes, las inactivas herramientas seguían tiradas en el suelo acumulando polvo. Miré hacia el camino de tierra por donde habíamos llegado, dirigí la mirada hacia la carretera que, como una frontera de caliente y oscuro asfalto, nos separaba de la ciudad, y no vi a nadie. ¡Qué demonios! ¿A quién cojones le apetecía volver ya al trabajo? No a mí desde luego. De modo que lié otro cigarrillo. Ya tendríamos ocasión sobrada de sudar como condenados a lo largo de la mañana.
Nos turnamos en la faena. Los que habían estado delante cortando, cogieron los rastrillos, y los de atrás se pusieron a segar cardos. La cuadrilla funcionaba bien, sin piques ni escaqueos entre nosotros. Hacía un calor tremendo.
Estábamos en plena actividad, cuando a media mañana Agustín nos hizo una visita. Venía claro está a controlar cómo iba resultando el trabajo. La empresa podía estar satisfecha con él. Bien sabían lo que hacían cuando le nombraron encargado. Era un buen perro de presa. Durante el rato que estuvo con nosotros tuvimos que trajinar de lo lindo para mostrarle nuestro entusiasmo. Por fin se fue.
Más tarde llego otro al que no conocíamos. Por su apariencia y forma de comportase se notaba claramente que era un jefe. Se mostró desenvuelto, llamándonos de tú a todos, aunque no conocía a nadie del grupo, y nos paró de impartir consejos e instrucciones sobre como debíamos realizar el trabajo. Lo hizo a distancia, mientras nos contemplaba bregar fumándose un cigarrillo. Lo mismo que nos dijo nos lo había dicho un rato antes el encargado. También a él le demostramos nuestro fervor laboral para que no quedara defraudado.
A mí, como responsable de grupo, me cogió por banda y no paró de darme órdenes sobre lo que debíamos hacer; a todo le dije que sí con la esperanza de perderlo de vista cuanto antes. Por fin también montó en su coche y se largó dejándonos solos. Pudimos volver de nuevo a nuestro ritmo habitual de trabajo y a poder fumar y hablar tranquilamente mientras lo hacíamos.
Pero que nadie se llame a engaño. Trabajamos duro y bien, y la prueba estaba en toda la broza que se acumulaba en el remolque del camión. Pero lo hacíamos a nuestra manera, y sin necesidad de tener un capataz a nuestra espalda dando órdenes sin ensuciarse las manos.
A mediodía la sed se convirtió en un verdadero problema. Habíamos agotado la insuficiente reserva de agua de la que disponíamos. Estábamos en verano y hacía un intenso calor con el sol cayendo a plomo sobre nuestras desnudas cabezas. Estábamos envueltos en una nube de polvo, entre plantas secas y árida tierra. Manejar las herramientas se había convertido en un esfuerzo agotador.
Echabas la vista atrás y veías la masa de cardos, hierbajos y ortigas que habíamos cortado formando enormes montículos. Pero al levantar la cabeza y mirar al frente, podías contemplar la alta muralla de plantas marchitas y resecas que todavía nos quedaba por segar y limpiar. La visión era abrumadora. Y no eran más que las doce de la mañana.

Entonces Rubén se acercó hasta mí. Tenía el semblante descompuesto.

-Oye, tenemos que hacer algo –dijo- No puedo más. Tengo una sed enorme.
-Aguanta un poco –le dije- ¿De dónde vamos a sacar el agua?.
-No sé –repuso- Podemos ir uno de nosotros hasta la estación de autobuses. No está muy lejos.
-Espera un poco –insistí- El encargado me ha dicho que volvería a venir. No creo que tarde mucho. Entonces le diremos que nos traiga agua.

Continuamos trabajando.
Al rato hicimos un alto y buscamos la sombra de unos árboles que crecían junto a la orilla del río. No podíamos más. Sacamos unos cigarrillos y fumamos. Todos estábamos sedientos, sudorosos y fatigados. Insistieron en que utilizase el transmisor para pedir que nos trajeran agua. La sed era nuestro principal problema, nuestra más urgente necesidad, muy por encima del mero cansancio físico producido por el trabajo. Era torturante estar allí segando cardos bajo un sol de justicia sin poder echar un mísero trago de agua.

-Está bien –accedí.

Me dirigí al camión y llamé desde el aparato. En lugar de Agustín, con quien pensaba hablar, se puso el jefe anónimo que había estado un rato antes. Le reconocí por la voz. Le dije lo que pasaba. Necesitábamos agua.

-¿Qué te han dicho? –me preguntaron cuando volví junto a ellos. Seguían refugiados bajo la sombra de los árboles.
-Me han dicho que nadie se mueva del trabajo, que habría que haberlo pensado antes y haber traído el agua de casa –respondí disgustado.
-Pero si es el primer día –replicó Rubén- ¿Cómo íbamos a saber que pasaría esto, que no tendríamos un sitio donde beber?
-¡Yo qué quieres que te diga! – repuse de mal humor- Habla tú con el jefe. Yo me limito a repetir lo que me ha dicho ese cabrón.

Era casi la una. Nos quedaban dos horas largas de trabajo hasta las tres. Nuestras fuerzas estaban muy mermadas, principalmente a causa de la sed. Llevábamos horas sin poder beber, con el maldito polvo agarrado a nuestras gargantas y el mono empapado en sudor. La sed era acuciante. Hasta la escasa saliva que producía la boca tenía un amargo y reseco sabor. Escupí un pequeño gargajo arrancándolo desde lo más profundo de la garganta.
Lié un cigarrillo y fumé aun sabiendo que el tabaco me resecaría la boca, incrementando la sed. No me importó. Eran cinco minutos más de descanso.
La sensación se convirtió en un suplicio al poder contemplar tan próximo el caudal de agua cenagosa y turbia que arrastraba el río. Tanta agua y sin poder echar un maldito trago. Era un crimen, un gravísimo pecado mortal, un atentado contra la humanidad y un absurdo más de esta vida injusta.
Miré hacia la carretera. La ciudad se divisaba en la distancia, no demasiado lejos de donde nos encontrábamos. Sería muy fácil y sencillo ir hasta la cercana estación de autobuses y comprar agua y cerveza fría en el bar. Desde donde estábamos podía ver el rojo tejado del edificio de la estación. En quince minutos a lo sumo podría estar apoyado en la barra del bar delante de unas buenas cervezas escarchadas por el hielo de la cámara frigorífica. En cambio teníamos que jodernos y aguantarnos la sed y seguir trabajando entre aquel maldito polvo, el sucio, espeso y asqueroso polvo que se levantaba al cortar las plantas de aquella tierra estéril, y del que todos estábamos cubiertos de pies a cabeza, y que te dejaba la boca reseca y la garganta rasposa como el papel de lija. No éramos unos jodidos camellos del desierto. Acusábamos la sed y estábamos muy cansados.
Todo esto puede parecer mucha queja y mucho lloriqueo y mucho lamento de vieja, especialmente, lector, si estas cómodamente sentado en tu sillón favorito mientras lees estas páginas. Y, con razón, podrás preguntarte: ¿qué clase de hombres éramos que ni siquiera podíamos soportar la sed unas pocas horas? Y en cuanto a las protestas sobre el trabajo, estoy contigo, muchos otros realizan diariamente una labor más dura, monótona y fatigosa sin tanto descontento.
Bien, ¡joder!, todo eso es cierto. Desde luego que podíamos aguantar. Podíamos no beber y además trabajar duro e incansablemente y acabar con aquellas malditas plantas y luego irnos a casa y beber y descansar como buenos obreros disciplinados, y nada habría pasado. También podíamos haber dejado de comer el almuerzo para aprovechar el tiempo al máximo y podíamos haber rendido mucho más y por menos dinero y durante muchas más horas. Podíamos haber sido mucho mejores trabajadores. Unos putos esclavos. Algo así no debe sorprender a nadie, ya que el mundo está lleno de ellos. Sí, todo eso podía haber ocurrido, nadie lo pone en duda. Pero resulta que éramos nosotros quienes estábamos allí bien jodidos trabajando al sol y sin poder beber ni una sola gota de agua.
El caso es que seguíamos bajo la sombra de los árboles. Habíamos dejado de trabajar hacia rato y era yo quien debía encargarse de ponerlos en movimiento otra vez. Me había apoyado en el largo mango de madera del rastrillo y fumaba pensativamente.
Rubén se había dejado caer como un tronco. Tenía mal aspecto. Unas ojeras oscuras se le habían formado bajo sus hundidos ojos de miope. Se había quitado las gafas y con un pañuelo de tela –de esos que apenas se ven en ningún sitio- estaba limpiando de polvo los cristales. Su rostro se veía pálido y desencajado, como si estuviera al borde de una lipotimia. De todos era el menos resistente. Tenía las manos finas y de rosadas uñas limpias, la piel blanquecina, y para colmo era rubio, pecoso y blando. En toda su vida había hecho más que trabajo de oficina. No estaba acostumbrado a bregar a la intemperie, ni habituado a una actividad física tan penosa y exigente. Casi podía apostar que no sería capaz de terminar la jornada. Aun quedaban dos horas por delante.
No tenía que haberle mirado. Ese fue mi error. No pude soportarlo más y tiré el rastrillo al suelo.

-Voy por algo de beber –dije.

Eché a andar aun sabiendo que no debía hacerlo. ¡Pero qué cojones!, yo también estaba muerto de sed. ¿Era justo que no pudiéramos beber? Total, tampoco iba a tardar mucho. La estación de autobuses estaba muy cerca. Nadie tenía por qué enterarse.
Así que crucé la carretera, entré en el bar y pedí varias botellas grandes de agua fría y algunos botes de cerveza. Mientras me lo ponían todo en una bolsa de plástico y me cobraban, pedí una caña de cerveza. Me la bebí de un trago, saboreando hasta la última gota. Cuanta razón tiene el que asegura que no existe mejor cocinero que el hambre. Podían haberme servido un vaso de pis de gato que también lo hubiera saboreado a placer con tal de que estuviera helado. Encendí un cigarrillo y pedí otra caña. Se estaba a gusto y fresco en el local con aire acondicionado. Pero no era cuestión de demorarse. Los compañeros aguardaban sedientos como beduinos.
Luego salí del bar y anduve de regreso con paso rápido. Era magnífico poder calmar la sed. Tras haber bebido, me sentía como nuevo, con fuerzas recobradas.
Cuando llegué los vi a todos trabajando.

-Tomáoslo con calma –dije- Tenemos tiempo de sobra hasta las tres. Bueno, ¿quién quiere beber? –añadí alzando la bolsa con la bebida.
-Acaba de irse el jefe –me dijo Domingo- Ha preguntado por ti, que dónde estabas.
-¿Sí, y qué coño quería ese mamón? –pregunté.
-Nada, ha estado un momento y luego se ha ido- dijo Luís.
-Yo creo que ha venido únicamente para saber si habíamos obedecido -dijo Domingo.
-¿Y qué le habéis dicho?
-¿Qué le íbamos a decir? Que te habías ido a por agua. No podíamos decirle otra cosa. No te ha visto aquí.
-Ya, ¿y ha dicho algo?
-Nada, ha echado un vistazo rápido y se ha vuelto a ir. Esto ha sido hace cinco minutos. Un poco más y te tropiezas con él.
-¿Ha traído agua?
-Que va.
-Bueno, vamos a beber algo –dije cogiendo una lata de cerveza fría- Dejad todo eso ahí y vayamos a la sombra.

Se me habían quitado las pocas ganas que tenía de trabajar. No sé por qué pero algo en mi interior me decía que mi dorado y prometedor futuro en Serbaur se acababa de ir al traste. Era una pena porque me había hecho la ilusión de estar recogiendo la basura los próximos treinta años de mi vida.
Fuimos en busca de la sombra de los árboles. Nos sentamos y bebimos y bebimos hasta saciar la sed. Casi acabamos con todas las existencias que había traído. Dejamos un par de botellas de dos litros como reserva. Luego nos pusimos a fumar. Se estaba bastante bien allí sentados bajo la sombra de los árboles, junto al río de turbias aguas. Sin trabajar. Las herramientas descansaban sobre los montones de cardos y otras malas hierbas que habíamos cortado.
No hicimos mucho más en las dos horas siguientes. Algún golpecillo de hoz por aquí, algún montoncillo de matojos por allá. Estábamos rendidos y sucios, y además el remolque estaba hasta arriba de maleza. Habíamos cumplido nuestra cuota de trabajo. El rendimiento de la cuadrilla había decaído y yo no tenía la menor intención de espolearles para que currasen. Porque a fin de cuentas, ¿quién era yo para decirles lo que tenían que hacer?
No dije nada. Que cada cual hiciera lo que mejor le pareciese. Lo cierto es que ninguno de nosotros demostró mayor empuje. No se les veía animados, ni ponían interés ni empeño en la tarea. Casi podía jurar que aquel trabajo de mierda se la traía floja. Puede parecer injusto y un abuso por nuestra parte, pero es que además por la paga que nos iban a dar tampoco podían esperar demasiado entusiasmo. No eran más que tres meses de contrato y luego de nuevo a la calle, en busca de otro trabajo. ¿Qué clase de aliente era este?
Poco antes de las tres mandé recoger los trastos y subir al camión. Por fin habíamos concluido la jornada por ese día. Detrás dejamos una gran parva de maleza amontonada, aparte de la que cargábamos en el remolque. Eché un vistazo: habíamos despejado una considerable extensión de terreno. No era un trabajo desdeñable a fin de cuentas. Serbaur podía estar satisfecha con nosotros, sobre todo teniendo en cuenta que la parte del león se la llevaban ellos.
De nuevo me puse la volante, pero con la práctica de la mañana conduje mejor, sin tantos bandazos ni bruscas frenadas. Antes debíamos ir a un vertedero cercano para arrojar allí la carga que transportábamos en el remolque.
Cuando llegamos al recinto de la empresa nos encontramos al resto de compañeros. A juzgar por su aspecto sucio y agotado también habían faenado lo suyo. Todos estaban cubiertos de sudor y polvo. Se veían rostros cansados, exhaustos y sofocados por el calor y la fatiga.
No había duchas, de modo que sólo me lavé los brazos y la cara y luego me cambié de ropa. Ardía en deseos de llegar a casa y ducharme y beber varias cervezas y comer y descansar a pierna suelta. La noche anterior me había costado de madrugada y estaba molido.
Fui a las oficinas a entregar las llaves del camión y el transmisor. No se estaba nada mal allí dentro con el aire acondicionado funcionando al máximo. Me encontré con la secretaria con la que había firmado el contrato. Estaba recogiendo las llaves y los aparatos de radio. Se oyó la cisterna del retrete al descargar. Se abrió la puerta contigua. Era Agustín.

-¿Tú eres el del agua, no? –me preguntó.

Dejé las cosas sobre la mesa. Le miré a la cara.

- Sí – respondí secamente. ¿Para qué coño dar explicaciones? Que me las dieran a mí. Éstas no se hicieron esperar.
-Mañana no hace falta que vengas. Has terminado aquí.
-Tengo un día de trabajo por cobrar.
-Se te ingresará en tu cuenta, no te preocupes.
-Estaré pendiente de que no me falte.

No había mucho más que decir. Agustín se había limitado a transmitirme las órdenes del jefe. No podían consentir actitudes indisciplinadas el primer día de trabajo. Era comprensible. Cada cual vela por lo suyo. ¡Malditos cabrones, que se vayan a la mierda!, pensé para mis adentros.
Salí de las oficinas. Mi coche estaba aparcado a la sombra. Era una suerte de agradecer. Hacía mucho calor. Monté en él y abandoné aquel lugar.
De esta forma terminó mi primer y último día de trabajo en la empresa, el empleo más breve de mi historial laboral. Tuvieron que limpiar las márgenes del Tajo sin mi ayuda. No lo lamenté.
Más tarde supe que no fui yo sólo el único despedido. Dos días después echaron a la mitad de la plantilla. Todo había sido un chanchullo. Contrataron a más gente de la que necesitaban y despidieron a los que sobraban.
Yo perdí aquel trabajo, pero no tardé en encontrar otro. Y a este siguieron algunos más. Durante muchos años no tuve un empleo estable. Se me puede achacar a mi la culpa. Por supuesto, no soy un buen trabajador, sumiso y obediente. Y espero no serlo nunca. Al menos en esta vida. Sería señal de que me han doblegado, de que han hundido mi espíritu.
No soy un caso aislado. Conozco a muchos otros en circunstancias parecidas a las mías. Somos los trabajadores del presente, del pasado y del mañana, los trabajadores de siempre. Se nos utiliza a capricho, somos manos de obra barata. Siempre ha sucedido así. ¿Qué valor tenemos como individuos, como personas?. En un alto porcentaje de casos, muy poco, tal vez ninguno. Cualquier máquina vale más que nosotros. Somos fácilmente reemplazables. Si me despiden o me largo, siempre habrá otro que me sustituya. Alguien en peor situación y que estará dispuesto a realizar el mismo trabajo por menos dinero. Nos comemos unos a otros. Esta parece ser una ley de vida inexorable. En muchas ocasiones el peor enemigo de un trabajador es otro trabajador.
En fin, dejémonos de inútiles consideraciones. No valen ni el papel en el que están escritas. Hay lo que hay y la vida no parece que vaya a cambiar simplemente porque a uno se le antoje. Para que lo hiciera, el primer cambio se debería producir dentro de nosotros mismos.
De todas formas, ahí queda eso.

2 Comments

  1. José María dice:

    Me ha encantado tu relato Julián. Yo hubiera aguantado, aunque me hubiera muerto de sed. ¿si no hubieras sido encargado habrías ido igual?. Pienso que demostraste valentía, quizá empujado por la necesidad y por tus compañeros, pero actuaste correctamente.
    Por otra parte, comentarte que me gusta tu estilo al escribir, directo, cotidiano y comprensible, sin grandes palabras, pero muy bien hilado y con las ideas claras, aunque imagino que el relato te habrá llevado tu tiempo.
    ¡enhorabuena!. Sigue adelante.

  2. Jesús dice:

    Ya había leído tu relato, pero me ha gustado leerlo otra vez. Tumbado en el sofá y ya sin el calor del verano, me has trasportado a ese día caluroso de verano, incluso he agradecido estar en la situación que estoy, tú ya sabes.
    Me has recordado mis días de trabajo basura.
    Salud y alegría hermano.
    Sigue poniendo más cosas.

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