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UN DÍA DE TRABAJO

A lo largo de mi vida, he tenido muchos empleos. No fue elección propia, sino pura necesidad. Cuando era joven, todo mi afán estaba centrado en escribir, pero a la vez tenía que trabajar para ganarme el sustento. En lo que fuera. De modo que tuve que rodar de trabajo en trabajo, casi siempre de uno malo a otro peor. Por fortuna, la mayoría solían ser breves, ocupaciones temporales de unos pocos meses, de los que sentía un enorme alivio al marcharme, esperaba, para siempre.

 
D e todos ellos, recuerdo uno en especial. Mi contrato más corto: un día de trabajo. Al final de la primera jornada decidieron prescindir de mis servicios. Contaré lo que ocurrió.

Aquel año, a comienzos de los noventa, trabajaba de fontanero, pintaba pisos y hacia todo tipo de chapuzas, principalmente de albañilería, con mi amigo Salva, todo en dinero negro. Llevaba en paro muchos meses, y con estos trabajillos ocasionales, más la miseria del subsidio de desempleo, conseguía ir tirando. Cierto día, con una inesperada llamada telefónica –ya casi ni me acordaba de que había acudido a las oficinas de la empresa para rellenar una solicitud de empleo-, me avisaron para ir a firmar el contrato. Por fin tenía un empleo normal.

Se trataba de una ocupación temporal de tres meses, durante el verano, para llevar a cabo la limpieza de las márgenes del Tajo. Las elecciones municipales estaban al caer y los políticos del ayuntamiento querían hacer campaña antes de que terminara su mandato. Habían promocionado la restauración del río, aunque en realidad no era más que otro golpe de efecto para conseguir votos. Las orillas del río llevaban sucias desde hacía mucho tiempo, cubiertas de maleza, basura, chatarra, escombros y otros desperdicios que se habían ido acumulando allí a lo largo de los años. El noble río Tajo, cuyas aguas bebieron, regaron, navegaron y cruzaron las distintas razas que han formado al hombre ibérico, estaba siendo corrompido hasta la vergüenza por la gente que habitaba junto a su cauce, la misma que recibía sus gentiles beneficios. Y a nadie parecía importarle demasiado que se hubiera degradado hasta ese extremo.

El Tajo no era más que un asqueroso albañal de color oscuro con grandes nubes de espuma flotando sobre sus turbias y cenagosas aguas, en el que nadie se podía bañar, cuanto menos beber. Los pescadores de caña eran los únicos que seguían haciendo uso del río, pero como simple diversión, ya que, tras capturar su presa, volvían a soltarla de nuevo en el agua. Debido al grado de suciedad del río, solo un estúpido echaría en la sartén uno de aquellos contaminados peces. De modo que cuando alguien se asomaba para contemplar tan monumental paisaje, un japonés de los que tanto abundan en la capital, por ejemplo, se llevaba un triste recuerdo tanto en la memoria como en el carrete de su cámara de fotos. A su paso por Toledo, el río no era más que una sucia cloaca, cuyo cauce discurría por unas sucias riberas convertidas en vertedero de los desperdicios humanos.

No obstante, alguien del ayuntamiento debió pensar que resultaría bueno para la campaña anunciar que se iba a recuperar el Tajo, comenzando por limpiar de escoria las márgenes del río que bordeaban las murallas toledanas. Mejoraría la imagen de la ciudad de cara al turismo, su mayor fuente de ingresos. Así que le concedieron la contrata a la misma empresa que se ocupaba entonces de la limpieza de las calles y de la recogida de la basura. Y esta compañía comenzó a buscar personal para realizar la tarea encomendada. Allí era donde encajaba yo. Me escogieron para esta misión.



2 Comments

  1. José María dice:

    Me ha encantado tu relato Julián. Yo hubiera aguantado, aunque me hubiera muerto de sed. ¿si no hubieras sido encargado habrías ido igual?. Pienso que demostraste valentía, quizá empujado por la necesidad y por tus compañeros, pero actuaste correctamente.
    Por otra parte, comentarte que me gusta tu estilo al escribir, directo, cotidiano y comprensible, sin grandes palabras, pero muy bien hilado y con las ideas claras, aunque imagino que el relato te habrá llevado tu tiempo.
    ¡enhorabuena!. Sigue adelante.

  2. Jesús dice:

    Ya había leído tu relato, pero me ha gustado leerlo otra vez. Tumbado en el sofá y ya sin el calor del verano, me has trasportado a ese día caluroso de verano, incluso he agradecido estar en la situación que estoy, tú ya sabes.
    Me has recordado mis días de trabajo basura.
    Salud y alegría hermano.
    Sigue poniendo más cosas.

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