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TRAVESIA CON RAQUETAS 2

DIA 2 - Domingo 26-02-2017

 
A las 07,30 horas desayunamos un revuelto de salmón, cortesía de Jaime, ya que no hay que tirar nada de la noche anterior, nos dice. Yo lo acompaño con una taza de cacao, pan con mantequilla, mermelada y galletas.

Ya tenemos todo listo. Los pulkas están cargados con las bolsas de comida, cocina, termos llenos, cuerdas, palas, piolets y demás cabuyería de fortuna, así como combustible para cocinar y algunas de las pertenencias que los italianos, por algún tipo de error en la traducción de la lista de enseres proporcionada por Tierras Polares, no pueden transportar en sus mochilas al ser de menor capacidad que las nuestras.

También nos reparten las raquetas de nieve, modelo TSL, y las ajustamos a nuestro calzado. Yo llevaré unas un poco más anchas que las demás, imagino que por mi altura, que se ajustan mediante correas y a las que no hace falta regular. Llevamos otro par idéntico de repuesto.

Los demás calzan las botas polares prestadas por la agencia, botas altas parecidas a las de pescador, pero con forro. Tienen aspecto de ser calientes y pesadas. Yo he preferido usar mis propias botas, unas semirrígidas marca Bestard Top Trekking Pro, muy resistentes, cómodas y con muchas horas de pateo, pero que todavía ignoro si resultarán apropiadas para la travesía. Espero no haberme equivocado al no escoger las que llevan los demás. El tiempo lo dirá.

También me proporcionan unas manoplas de fibra con una funda exterior de gore-tex de un color amarillo pálido.

A las 08,30 horas un taxi con remolque nos recoge, cargamos pulkas, mochilas y raquetas y, tras unos 35 minutos de trayecto, nos deja en el punto de inicio de la ruta.

Ante mis ojos se abre un amplio paramo totalmente blanco y nevado, salpicado por las manchas de color de algunos pinos. El cielo está cielo despejado y hace bastante frío, unos -15 º centígrados de sensación térmica.

¿No era esto lo que iba buscando?

Me coloco el arnés del pulka y me sitúo el primero tras el guía. La mochila ya pesa lo suyo antes de empezar.

Durante los primeros metros en llano, sin apenas árboles, disfruto del paisaje, el aire limpio y fresco, la nieve que refulge bajo el sol, y me siento contento y animoso por estar aquí, al comienzo de una ruta que se presenta prometedora.

Marco es mi pareja inicial, viene detrás para ayudarme cuando haga falta con el pulka y relevarme a mitad de recorrido.

El orden asignado es uno tirando y otro detrás, con el fin de empujar en las subidas o ayudar con la cuerda de popa del pulka para evitar vuelcos en las bajadas o que arrastre en su caída al que lleva el arnés. Y esto sólo en las ocasiones que no tengamos que hacer uso de medios de fortuna para izarlos o bajarlos.

A pesar de llevar unos buenos guantes, tengo los dedos de las manos completamente helados y me duele al tocarlos, y eso que apenas hemos comenzado. Los pies, por fortuna, también fríos al principio, han ido entrando en calor a medida que avanzamos. Así que las manoplas de gore-tex resultan una bendición. Enseguida mis dedos congelados se calientan. Charo se detiene para ponerse las manoplas. No soy el único que sufre por el frío.

Es ahora cuando empiezo a disfrutar de la caminata.

Varios tramos de escalera nos hacen conocer lo que será la travesía. En esos tramos, nos vemos obligados a descolgar o subir los cargados pulkas con la ayuda de cuerda y la fuerza de nuestros brazos. La operación es lenta, ya que tenemos que asegurar bien el proceso mediante cinta, mosquetón, nudo dinámico atado a un árbol y a continuación tirar a pulso.

Tardamos unas 5 en recorrer los 5 kilómetros que nos separan de la cabaña de Ristikallio, nuestra primera parada. Llegamos con el sol aún en el horizonte.

Es una cabaña de madera de una sola planta, pequeña, angosta, con una estufa de leña, sin lujos pero confortable. Una tarima de madera hace las veces de litera. Es acogedora, o por lo menos a mí me lo parece, y después de un día de travesía, me es tan confortable como el mejor de los hoteles de cinco estrellas.

Los baños están fuera, simples casetas con un agujero y su correspondiente asiento intentando dar comodidad al espacio, y al lado una caja con una especie de serrín que sirve para enmascarar lo echado. También hay una leñera cargada hasta los topes.

En nada se parece a los refugios abiertos que he visto en España. Aquí dispones de todo lo necesario para pasar las noches que hagan falta con total comodidad.

Lo primero que hacemos al entrar en la cabaña es encender la estufa para caldear el interior, ya que por momentos da la impresión de hacer más frio dentro que fuera. Al principio le cuesta tirar porque hay troncos húmedos, pero enseguida sentimos el calor del fuego. Pero no hay tiempo para calentarnos. Antes tenemos que realizar distintas tareas, como cortar leña y derretir nieve. Me ocupo de serrar los largos troncos de abedul que alimentan la estufa de leña.


 

 
U na vez realizados los diferentes cometidos, ya tenemos tiempo para nosotros mismos. Nos podemos relajar, quitar la ropa y las pesadas botas, y ponernos calzado y vestimenta más cómoda, y, por último, sentarnos a la mesa para cenar. Tomamos una comida rápida, sin demasiada elaboración, pero aun así suculenta. Lo importante es entrar en calor y que nos sacie el hambre. También preparamos termos con bebidas isotónicas y en polvo.

Aunque la ruta no ha sido muy larga, no hemos parado más que para beber y tomar alguna barrita. Apenas 10 minutos ante de retomar la marcha.

No apetece salir fuera, pero tenemos que montar las tiendas. Es una pena desaprovechar las cabañas pero, por el motivo que sea, en Finlandia han prohibido a las agencias de viajes utilizarlas para pernoctar. ¿Culpa de quién? No lo sabemos.

Constantemente estamos derritiendo nieve en las cacerolas y en la gran tetera. Es la única forma de conseguir agua, bien para la comida liofilizada, para los preparados de bebida o simplemente para fregar.

En la comodidad de la cabaña, calientes y con el estómago lleno, Jaime nos da una charla sobre las formas, peligros, prevención y tratamiento de la hipotermia y de la congelación. Eso sí, mientras lo hacía, no ha parado de contar chistes.

Salgo fuera. Un cigarrillo es la excusa para abandonar el grupo. Bajo la noche estrellada, el frío resulta soportable.

¿Cuándo veré mi primera aurora?

Toca meternos en las tiendas. Las cuatro chicas ocupan la tienda en forma de cúpula amarilla, mientras nosotros tres la roja alargada. Esta primera noche me quedo en medio, algo que no me gusta demasiado. Quiero comprobar que tal resistiré el frío con los dos sacos que llevo.

Hace tiempo que no duermo en tienda. Las estrecheces son inevitables en cuanto nos metemos tres personas en tan minúsculo espacio, sobre todo debido a mi estatura. Como todas las tiendas de campaña, una cosa es el número de personas que en teoría caben y otro muy diferente para las que realmente sirve.

Siguiendo las recomendaciones de Jaime, utilizo el saco de plumas por dentro y otro exterior de fibra. Además llevo la malla y la camiseta térmica, más un pantalón y una sudadera de forro polar. Con todo ello, creo ir bien pertrechado para pasar la noche.

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