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REPUBLICANOS DE PACOTILLA

Las modas no solo existen en ámbitos tan triviales como la ropa; también alcanzan cuestiones mucho más serias, como la política. Hay personas que no mantienen una posición firme, sino que van cambiando de opinión al compás de los acontecimientos Un ejemplo claro son los republicanos de pacotilla que han proliferado en los últimos tiempos, a raíz de los sucesivos escándalos de la Casa Real, protagonizados por el propio monarca y sus nada ejemplares yernos. Sin embargo, este republicanismo improvisado se desvanece con un simple lavado de imagen. Así ocurrió cuando, ante el descrédito del anterior rey, se forzó su abdicación y se entregó la corona a su hijo, con un historial aparentemente más limpio.

 
L as modas no solo existen en ámbitos tan triviales como la ropa; también alcanzan cuestiones mucho más serias, como la política. Hay personas que no mantienen una posición firme, sino que van cambiando de opinión al compás de los acontecimientos Un ejemplo claro son los republicanos de pacotilla que han proliferado en los últimos tiempos, a raíz de los sucesivos escándalos de la Casa Real, protagonizados por el propio monarca y sus nada ejemplares yernos. Sin embargo, este republicanismo improvisado se desvanece con un simple lavado de imagen. Así ocurrió cuando, ante el descrédito del anterior rey, se forzó su abdicación y se entregó la corona a su hijo, con un historial aparentemente más limpio.
En realidad, nada de esto es nuevo. Basta con revisar nuestra historia para descubrir la clase de reyes que hemos padecido. Salvando contadas excepciones —como Carlos III, a quien se atribuyen ciertas reformas en beneficio del país—, la mayoría de los monarcas han sido poco más que una rémora, preocupados únicamente por sus intereses personales y los de la élite que representaban. Y los actuales no son distintos, por mucho que se envuelvan en discursos grandilocuentes sobre patriotismo y democracia. En ese sentido, el debate no gira tanto en torno a personas concretas, sino a la institución en sí.
Para empezar, un auténtico republicano lo seguiría siendo incluso si reinara Trajano, el emperador filósofo. Porque el problema no radica en quién ocupa la corona, sino en la propia institución monárquica. La existencia de figuras con privilegios heredados no deja de ser una contradicción. La monarquía no es democrática, no es justa y no responde a los principios de igualdad que deberían regir una sociedad moderna. En definitiva, no se trata de cuestionar a las personas, sino de reflexionar sobre el modelo que representan.
Por otro lado, mantener a un rey y a toda su familia no aporta ningún beneficio tangible a la ciudadanía. Al contrario, supone un gasto innecesario del que perfectamente podríamos prescindir. Las funciones de representación del Estado pueden desempeñarlas personas elegidas democráticamente por su mérito y capacidad, no alguien que accede al cargo por un anacrónico y más que obsoleto derecho de nacimiento.
Hubo un tiempo en que mi postura era más radical y fantaseaba con la guillotina para reyes y nobles. Cosas de la juventud, fácilmente seducida por los mitos revolucionarios. Hoy, sin embargo, me inclino por soluciones más humanas y prácticas: que trabajen para vivir, como todo el mundo.
Así pues, aboliría la monarquía sin más rodeos. Se acabaron los privilegios aristocráticos. Creo que adornarse con méritos no ganados carece de valor y de dignidad, por más títulos nobiliarios que se acumulen. La verdadera nobleza no se hereda: se demuestra.

   

 




 
 

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