Relatos

04/02/2017

CARNE FRESCA

Hubo un tiempo en que trabajé en el puerto de Barcelona. Era joven, veinte años recién cumplidos, acaba de salir de la mili, y mi único objetivo en la vida consistía en escalar montañas, pasarlo bien y no preocuparme por nada. Tampoco tenía un duro en el bolsillo y la vuelta a casa se me hacía imposible. El destino me había llevado hasta allí.
11/12/2016

TRABAJOS FORZADOS

El despertador me arrancó del sueño y me trajo de nuevo a la cruda realidad. Eran las seis de la mañana y la resaca me iba a reventar la cabeza. No podía ni despegar los ojos. Me quedé acurrucado, encogido, más muerto que vivo. Estaba en ese punto límite en que podía mandarlo todo al diablo, ya me entiendes. Era lunes y debía afrontar toda una interminable y tediosa semana de duro trabajo. Como cada lunes, tenía sueño atrasado y me sentía de mala hostia, con un cansancio de muerte. El fin de semana había sido corto y fugaz, pero intenso y vital. No en vano, después de una semana de pesado y rutinario trabajo, lo que menos me apetecía era dejar varado mi cuerpo en el sofá, así que me acicalé y puse ropa limpia, contemplé mi cara en el espejo –la nariz rota en un accidente-, que no arreglaría ni un inesperado milagro, y salí a dar una vuelta; y como cada sábado, sólo conseguí llegar a casa muy tarde y muy borracho.
21/09/2016

UN DÍA DE TRABAJO

A lo largo de mi vida, he tenido muchos empleos. No fue elección propia, sino pura necesidad. Cuando era joven, todo mi afán estaba centrado en escribir, pero a la vez tenía que trabajar para ganarme el sustento. En lo que fuera. De modo que tuve que rodar de trabajo en trabajo, casi siempre de uno malo a otro peor. Por fortuna, la mayoría solían ser breves, ocupaciones temporales de unos pocos meses, de los que sentía un enorme alivio al marcharme, esperaba, para siempre. De todos ellos, recuerdo uno en especial. Mi contrato más corto: un día de trabajo. Al final de la primera jornada decidieron prescindir de mis servicios. Contaré lo que ocurrió.