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apón permaneció encerrado dentro de sus fronteras durante siglos, sin apenas contacto con el mundo exterior. Luego, la apertura forzada de sus puertos y ciudades al comercio, en las últimas décadas del siglo XIX, provocó un inevitable y, en muchos aspectos, ventajoso intercambio cultural recíproco. Los japoneses emprendieron una audaz y vertiginosa carrera por modernizarse, sobre todo en los aspectos industriales y tecnológicos. Por su parte, entre otras contribuciones, la influencia nipona se dejó notar en Occidente a través de una corriente artística llamada “japonismo”.
Valga tan corto y apresurado resumen como excusa para hablar del proceso de “japonismo”, podríamos denominarlo así, en que me encuentro inmerso desde hace años. Primero fue el cine, más tarde llegó la literatura, después la música, y ahora, por último, la pintura. Aunque algo tardío, este arrebato de pasión por la cultura japonesa (y, por extensión, de cuanto proviene de aquel lejano y exótico país), ha supuesto para mí una extraordinaria y asombrosa revelación.
Todo empezó con el gran maestro Akira Kurosawa. Durante un tiempo no hubo nada más. He de reconocer que, cuando era joven, sentía cierta aversión por las películas japonesas, en particular, las de blanco y negro y, para más colmo, subtituladas; me aburrían horrores. Estaba tan acostumbrado al ritmo trepidante y directo del cine americano que aquel otro me parecía demasiado lento y tedioso. Sin embargo, pasados los años, tuve la suerte de descubrir a Mikio Naruse. No goza de tanto prestigio como Ozu o Mizoguchi, pero sin duda es uno de los grandes directores japoneses.
Al mismo tiempo, Naruse me sirvió de cabeza de puente para adentrarme en el resto del cine japonés, sobre todo el que se hizo desde la posguerra hasta finales de los cincuenta del pasado siglo XX. La llamada época dorada del cine nipón. Un periodo muy duro y difícil, mientras el país entero luchaba por salir de una economía totalmente devastada por la guerra. De ahí que sorprenda la enorme cantidad de películas que se rodaban anualmente en Japón durante aquellos años. Pero todavía resulta más sorprendente comprobar su enorme calidad; muchas son verdaderas obras maestras. Un hecho que pone de manifiesto la enorme vitalidad y resistencia del pueblo japonés.
Me gusta el cine de cine de Naruse porque está dotado de una gran sensibilidad y agudeza para reflejar las relacione humanas. Sus películas tratan casi siempre sobre la vida cotidiana de la gente corriente. Los argumentos se centran en pequeñas historias que ocultan un gran drama. Las protagonistas suelen ser mujeres sometidas por el peso de las antiguas tradiciones, no solo en el ámbito social sino también familiar, que se muestra aún más hipócrita, intolerante y opresivo con ellas. Muchas fueron interpretadas por la maravillosa actriz Hideko Takamine.
Rodaron unos quince filmes juntos, la mayoría excelentes, como Nubes flotantes o Cuando una mujer sube las escaleras. Pero si tuviera que elegir uno, creo que me quedaría con Tormento, película del año 1964, cuya traducción del título original japonés Midareru /乱れる, según algunas fuentes, sería en realidad «perder la compostura», «liarse» o «estar desaliñado»; aunque yo prefiero como suena la versión en francés: Une femme dans la tourmente (Una mujer en la tormenta).
Takamine encarna el personaje de Reiko, una joven viuda de guerra llena de inteligencia, coraje y dignidad, pero que aun así vive dominada por el respeto que siente hacia los valores tradicionales de Japón. Su interpretación es tan convincente y conmovedora, tan sugerente y llena de matices, sobre todo durante la memorable secuencia final -desde que sube al tren y hasta que se produce el trágico desenlace -, que, por más veces que la haya visto, siempre me corta el aliento.
En cuanto a libros de viajes se refiere, hay muchos y variados, unos amenos y esclarecedores y otros aburridos y pedantes. Mi favorito es un pequeño volumen que se titula Diario japonés, una obra que, a pesar de su indudable valía y originalidad, sigue siendo poco conocida. Supongo que dicho desconocimiento se debe en gran medida a la visión tan distinta y alejada de la habitual que ofrece sobre la sociedad nipona, sujeta con frecuencia a tópicos y estereotipos.
El anarquista, viajero y escritor español Víctor García realizó en 1957 un largo periplo por Asia, “unas veces a pie, otras a caballo, otras en bicicleta, otras en motocicleta, otras en coche, otras en ferrocarril, otras en avión…viviendo mientras tanto en cada trecho del camino de su propio trabajo, casi siempre manual, y operando en los oficios más duros que le salían al encuentro…”. El autor se alojó con japoneses libertarios, con los que se entendía en esperanto, y estos le mostraron, junto con los lugares históricos tradicionales, un Japón desconocido, el de los barrios obreros y los sindicatos mineros.
No recuerdo ahora cuándo empecé a leer a Osamu Dazai, pero en cualquier caso supuso un feliz hallazgo. Me gustan especialmente sus cuentos autobiográficos. El relato que hace de su vida se encuentra teñido de un amargo pesimismo, salpicado a veces de humor negro. Un espíritu libre como el suyo no encajaba en las rigurosas normas sociales de su época. Era bebedor, bohemio y suicida reincidente, pero también un escritor lleno de talento y osadía.
Confieso que la música japonesa, al principio, me parecía insoportable. La asociaba con la monótona flauta zen y el insoportable rasgueo del samisén tradicional. No obstante, cuando pude oír algunas canciones populares de estilo “enka”, todo cambió. Una de las que más contribuyó a despertar mi afición fue Akemi´s poems, de la cantante Seki Taneko. Pese a no entender la letra, expresaba una tristeza y melancolía que estaba muy acorde con el ambiente que me rodeaba.
Cuando la escuché por primera vez, era invierno y estaba solo, cosas todas ellas que, en lugar de deprimirme, como le ocurre a tanta gente, a mí, en cambio, incluso me alegran el ánimo. Así es. Me gustan los días grises y fríos, los días lluviosos y de tormenta, los días de nieve, los días que amanecen envueltos en la bruma y la niebla. Me agrada el mal tiempo, qué le vamos a hacer. Hay males peores. Y, por otro lado, la soledad, siempre y cuando no sea demasiado prolongada ni forzosa, tampoco me preocupa. Por norma general, soy buena compañía para mí mismo. De modo que aquella melancólica canción no me entristeció, sino que, al contrario, hizo aún más grato aquel frío y solitario día invernal.
Mi hallazgo más reciente ha sido la estampa “ukiyo-e” (que al parecer significa “imágenes del mundo flotante”), un tipo de grabado en madera que destaca por la simplicidad de su dibujo y el bello colorido. Los pintores impresionistas franceses fueron los primeros en apreciar los grabados japoneses. Acostumbrados a las normas académicas del clasicismo europeo, la pintura japonesa resultaba más libre y atrevida, menos apegada a las normas y a la realidad. La serie de cuadros de almendros de Van Gogh o de nenúfares de Monet, junto a los puentes sobre ríos de ambos, muestran la considerable influencia que ejerció en el arte europeo de su época.
En la actualidad, los grandes maestros japoneses de la pintura cuentan ya con un merecido reconocimiento internacional. Sin embargo, mi predilecto sigue siendo Kawase Hasui, de menor fama. Cuando contemplo sus estampas, aunque sea en las desvaídas láminas de un libro, no puedo evitar sentirme fascinado, y observo de modo minucioso cada detalle, la armonía del color, la habilidad del trazo. Son de esas pinturas que a uno le gustaría tener en casa para poder recrearse en ellas a diario, como hizo Monet en Giverny, al decorar las paredes de su casa con los grabados de Hiroshige y Hokusai que coleccionaba.
En fin, podría continuar citando muchas otras obras japonesas. Las que he traído aquí representan tan solo una mínima parte de una lista que se ha vuelto ya casi innumerable. Es posible que no sean las mejores, ni las más importantes y representativas en sus diferentes ámbitos artísticos. Sin embargo, son mis preferidas. Aquellas que, de alguna manera, han calado más hondo en mi corazón. No puedo decir nada que exprese de forma más apropiada la profunda admiración y el enorme placer que me producen. Gracias mil.