parallax background

LOS DERECHOS DE LOS ANIMALES

Desde tiempos remotos, los seres humanos han explotado a los animales en su propio beneficio.

 
L os niños sienten un amor instintivo por los animales. Evidentemente, algo ocurre por el camino. ¿Qué es lo que sucede? ¿Quién me enseñó que los animales fueron puestos en esta tierra para ser comidos? ¿Quién me enseñó a verlos como simples mercancías?».
~ Gary Yourofsky
«Si una persona es cruel con un animal, se considera crueldad, pero cuando muchas personas son crueles con los animales, especialmente en nombre del comercio, la crueldad se perdona y, cuando hay grandes sumas de dinero en juego, incluso será defendida hasta el final por personas inteligentes».
~ Ruth Harrison
«La pregunta no es: ¿pueden razonar? ni ¿pueden hablar?, sino: ¿pueden sufrir?».
~ Jeremy Bentham
I
Desde tiempos remotos, los seres humanos han explotado a los animales en su propio beneficio. Los han utilizado como alimento, como fuerza de trabajo, por su piel o para otros muchos usos. Esta práctica suele percibirse como algo natural e incluso necesario para el bienestar humano. En el fondo, se sustenta en una idea profundamente arraigada: los animales son seres distintos e inferiores, completamente ajenos a nosotros. Forma parte, además, de una visión más amplia que entiende que todo cuanto existe en la naturaleza —animales incluidos— ha sido creado para servir a nuestros intereses.
Esta forma de pensar no es exclusiva de nuestra relación con los animales. A lo largo de la historia, los seres humanos también han utilizado criterios como el color de la piel, el género, la religión o la pertenencia a un grupo determinado para justificar la dominación de otros. En ese sentido, la violencia no es algo ajeno a nuestra especie. Como depredador total, el ser humano ha demostrado ser capaz de ejercerla no solo contra otros seres vivos, sino también contra sus propios semejantes.
Algunas tradiciones religiosas han reforzado esta visión. En el libro del Génesis, por ejemplo, se afirma que Dios creó al hombre para que gobernara sobre sobre las aves, los peces y los animales terrestres. los animales. El ser humano se considera único y especial en contraste con las demás criaturas. Sus capacidades racionales lo separan totalmente de los animales como seres dignos de consideración moral, así como de protección legal. Desde esta perspectiva, nuestra posición en la cima de la jerarquía parece legitimar ese dominio.
En cambio, los animales son “bestias”, “brutos” y “salvajes”. No poseen inteligencia ni alma. Han sido creados para estar subordinados a los seres humanos. Incluso algunos opinan que no sienten placer o dolor. El filósofo René Descartes llegó a describirlos como meras máquinas, incapaces de sentir o pensar.
Sin embargo, esta idea resulta difícil de sostener. Basta observar su comportamiento para comprender que los animales son seres sintientes, es decir, son capaces de tener sensaciones positivas y negativas. Sabemos que los animales sufren debido a su comportamiento. Un perro que gime o cojea nos revela, sin necesidad de teorías, que está sufriendo. En general, todos los animales pueden verse afectados física y emocionalmente por las condiciones en las que viven, especialmente cuando están sometidos a cautiverio o a situaciones de estrés y dolor.
Si aceptamos que un ser puede sufrir, entonces nuestras acciones hacia él adquieren relevancia moral. No importa únicamente el beneficio que obtengamos: también cuenta el daño que causamos. Reconocer esto implica asumir una responsabilidad ética. Y en la medida en que un individuo puede ser afectado por nuestras acciones, debe ser tenido en cuenta, sin importar los presuntos beneficios que la acción pueda reportarnos. Si el otro siente, hay que tenerlo en consideración. Se trata de un caso de conciencia.
A menudo se intenta justificar la violencia humana apelando a la naturaleza: los animales también matan para sobrevivir. Pero hay una diferencia esencial. Ellos actúan por instinto; nosotros, en cambio, tenemos la capacidad de elegir. Disponemos de alternativas, tanto en nuestra alimentación como en nuestras decisiones. Para empezar, tenemos una gama mucho más amplia de comida. Y, por encima de todo, somos seres racionales que podemos elegir entre el bien y el mal. La elección siempre está ahí, como un planteamiento fundamental de la existencia humana.
Nuestra relación con los animales, además, está llena de contradicciones. Mientras algunos son cuidados y protegidos como miembros de la familia, otros son criados para ser consumidos. La diferencia no está en su capacidad de sentir, sino en la relación que mantenemos con ellos. A los primeros los hemos llegado a conocer, mientras que los otros son criados y sacrificados por otras personas. Esta división artificial nos impide reconocer que todos comparten necesidades y experiencias básicas.
Cualquiera que convive con un animal sabe que posee conciencia de sí mismo. Tiene una comprensión de su entorno, tiene intereses; puede sentir placer y dolor, y distintos estados de ánimo. Además, los animales perciben el mundo con una sensibilidad incluso más aguda que la nuestra, gracias a sus elevadas capacidades sensoriales. No obstante, rara vez extendemos ese reconocimiento a otras especies. Así, hemos creado una dicotomía que nos permite apreciar a unos mientras ignoramos a otros, como si no compartieran la misma condición de seres sensibles. Esta dualidad nos ciega, impidiéndonos darnos cuenta de que hay deseos y necesidades comunes a todos los animales; vivir, evitar el dolor y buscar bienestar.
II
A lo largo de la historia, las críticas a la explotación animal han sido escasas, aunque no inexistentes. La primera vez que se cuestiona el hecho de matar y servirse de ellos a voluntad, proviene de los Vedas, los textos más arcaicos y sagrados del hinduismo, donde se afirma que todas las criaturas merecen respeto y compasión.
En la Antigua Grecia, Pitágoras excluía de su dieta los alimentos de origen animal, así como las ropas de la misma procedencia, convencido de que también poseían alma. Consideraba que todos los seres vivos compartían una esencia común. Aristóteles y Platón lo definieron como el “fundador de un modo de vida”. Mientras que el poeta Ovidio recoge palabras atribuidas al filósofo que ilustran con claridad su pensamiento:
«¡Ah, qué maldad introducir carne en nuestra propia carne, engordar nuestros cuerpos codiciosos rellenándolos con otros cuerpos, alimentar a una criatura viva con la muerte de otra!».
«Mientras los hombres sigan masacrando a sus hermanos animales, reinará en la Tierra la guerra y el sufrimiento y se matarán unos a otros, pues aquel que siembra dolor y la muerte no podrá cosechar ni la alegría, ni la paz, ni el amor».
Durante el Renacimiento, Leonardo da Vinci también adoptó una dieta casi vegetariana y no comía nunca carne.  Anticipó un futuro en el que matar animales sería considerado moralmente equivalente a matar humanos, y criticó la brutalidad con la que nuestra especie ejerce su dominio sobre otras. A este respecto dijo:
«Llegará un tiempo en que los seres humanos se contentaran con una alimentación vegetal y se considerara la matanza de un animal como un crimen, igual que el asesinato de un ser humano. Llegará un día en el que los hombres como yo, verán el asesinato de un animal como ahora ven el de un hombre. Verdaderamente el hombre es el rey de las bestias, pues su brutalidad sobrepasa la de aquellas. Vivimos por la muerte de otros. Todos somos cementerios».
En el siglo XVII, el pensador inglés Thomas Tryon -comerciante de azúcar y autor de populares libros de autoayuda- defendió una dieta vegetariana y estableció un paralelismo entre el consumo de carne y la esclavitud, afirmando que ambos eran moralmente injustificables. Fue uno de los primeros en hablar explícitamente de “derechos” en relación con los animales en su libro The Way to Health, Long Life and Happiness, publicado en 1683. En esa misma línea, el cuáquero y abolicionista Benjamin Lay rechazó cualquier forma de explotación, negándose incluso a montar a caballo o vestir prendas de origen animal; se desplazaba solo a pie, y cultivaba su propia comida.
En el siglo XIX, los poetas románticos retomaron estas ideas. Percy Bysshe Shelley escribió un ensayo titulado Una reivindicación de la dieta natural, en   el cual vinculaba el consumo de carne con la violencia y crueldad que imperaba en la sociedad de su época, con la tiranía y la esclavitud como resultados directos. Mientras que Mary Shelley, en su novela Frankenstein, imaginó a su pavorosa criatura como vegetariana, subrayando así una sensibilidad distinta frente a los humanos que lo persiguen
«Mi comida no es la del hombre; no destruyo el cordero y el cabrito para saciar mi apetito; las bellotas y las bayas me proporcionan alimento suficiente…».
En el siglo XIX, las teorías científicas de Charles Darwin sobre la evolución introdujeron una idea clave: humanos y animales comparten un origen común. Este planteamiento contribuyó a erosionar la visión de una humanidad completamente separada del resto de los seres vivos.
Poco a poco, se produjo un cambio en la noción de que los humanos poseían derechos divinos y exclusivos sobre la naturaleza, y en concreto sobre todos los seres vivos que habitan el planeta.  Algunos comenzaron a pensar que, por el contrario, todas las criaturas tienen derecho a la vida, ya que se trata de un elemento fundamental y común para todas ellas.
En este contexto surgieron las primeras organizaciones de defensa animal, como la Sociedad para la Prevención de la Crueldad hacia los Animales, fundada en Londres en 1824. Sus esfuerzos se encaminaron a promover mejores condiciones para los animales, llevando a juicio a los maltratadores y denunciando diversiones tradicionales como la caza del zorro y las peleas de toros y gallos. Poco después, en 1847, se creó la Asociación Vegetariana, que difundía sus ideas a través de la publicación de revistas, periódicos y libros de cocina, además de conferencias, cenas públicas y espectáculos que promovían la causa. En 1886, editaron Una defensa del vegetarianismo, del escritor socialista inglés Henry Salt, autor asimismo en 1892 de Animals' Rights: Considered in Relation to Social Progress, una de las primeras obras dedicadas íntegramente a los derechos de los animales.
De esta manera, el emergente movimiento a favor de los derechos de los animales se uniría a los primeros vegetarianos a lo largo del siglo XIX en la defensa de la vida y la libertad tanto de los animales domésticos como de los salvajes.
Ya en el siglo XX, el filósofo Peter Singer introdujo el concepto de “especismo” en su libro Liberación Animal (1975), definiéndolo como «un prejuicio o actitud parcial favorable a los intereses de los miembros de nuestra propia especie y en contra de los de otras». Singer sostiene que el sufrimiento animal debe ser tenido en cuenta del mismo modo que el humano, y que evitarlo es una obligación moral. También denuncia a una sociedad que mima y protege a unos animales mientras masacra y daña despiadadamente a otros. A raíz de la publicación de esta obra fundamental se creó el grupo activista del mismo nombre.
En definitiva, como señala Steven Simmons, los animales son víctimas de una concepción del mundo que legitima la desigualdad: una visión según la cual algunas vidas valen más que otras, y en la que los poderosos se arrogan el derecho de explotar a los más vulnerables.
III
Si realmente deseamos que haya justicia, entonces debemos ser justos con todos, especialmente con los más débiles. No podemos tener una noción de justicia para unos, pero negársela a otros. En tal caso no habría verdadera equidad.
Del mismo modo que vivimos en un orden social y económico que históricamente ha permitido la explotación de seres humanos, también habitamos un sistema estructurado para explotar a los animales. Se nos ha enseñado a aceptar ambas realidades como naturales e inevitables, pero no lo son. Aunque existen diferencias evidentes entre humanos y animales, ambos comparten una característica fundamental: la capacidad de sentir. Esa sola constatación debería bastar para reconocer que los animales no deben ser tratados exclusivamente como simples objetos.
Los animales reciben habitualmente un trato cruel por parte de los humanos, cuando no son simples objetos de tortura.  Los encadenamos, confinamos y enjaulamos, al mismo tiempo que les consideramos nuestra propiedad, contando con el respaldo de la ley. Aunque existen normativas contra el maltrato, rara vez se aplican con rigor en contextos como las granjas industriales u otros espacios donde la explotación está normalizada. Lejos de erradicar la dominación, este marco legal a menudo contribuye a perpetuarla.
Si comparamos su situación con la de otros colectivos explotados a lo largo de la historia, los animales se encuentran en una posición aún peor y más indefensa. Es una vida de privación extrema. Los animales no pueden romper las cadenas que les amarran al trabajo. Carecen de toda capacidad de organización o resistencia efectiva, y están completamente sometidos al poder humano. Su sufrimiento rara vez encuentra voz o reconocimiento. Los animales no pueden hacer nada ante esto. Son explotados y sufren sin que nadie les escuche.
Esta relación de dominación humana sobre los animales es el problema, y aunque haya algunas formas de dominación mejores que otras, incluso la explotación más benigna sigue siendo explotación. Para la mayoría de la gente, el consumo de produc­tos animales está tan integrado en nuestra economía y cultura que prefieren desconocer la violencia que se comete con los animales para satisfacer sus deseos. Todo ello se nos oculta. Pocos han visto granjas de factoría, los interiores de los laboratorios de experimentación animal o el funcionamiento de un matadero. Es útil para ellos que sigamos ignorando, que permanezcamos alejados de las condiciones ne­cesarias para que se produzca lo que consumimos.
La explotación animal está por todas partes. Aunque po­cas personas estarían dispuestas a actuar violentamente contra los animales, la mayoría permite que otros lo hagan por ellos. Pero encargar a otro que haga el trabajo sucio no quiere decir que no sea sucio. La producción animal perpetúa su miseria al forzar a los animales a producir para los humanos todos los días de sus vidas, a menudo en condiciones de extrema privación. Sus intereses individuales, sus deseos de ser libres y vivir en el mundo, son sacrificados en aras de los fines productivos del ganadero. Para mucha gente esto es una de tantas realidades de la vida; estamos tan habituados a pensar en los animales como propiedad que raramente nos damos cuenta de las repercusiones que esto tiene para ellos.
Por ello, la única vía real para acabar con esta situación pasa por cuestionar su estatus como propiedad y mercancía. El primer paso para reducir su sufrimiento consiste en dejar de utilizar productos de origen animal. Si realmente queremos poner fin a esta forma de dominación, debemos asumir que la violencia implicada en estos procesos se ejerce en nuestro nombre, aunque no la presenciemos directamente.
Sin embargo, mucha gente prefiere ignorar de donde procede su comida; no quieren conocer la violencia que ha sido necesaria para obtener sus alimentos. Ni quieren recordar que no están comiendo algo, sino a alguien. Incluso las formas de vegetarianismo que incluyen productos como leche o huevos no escapan a esta lógica. Aunque algunos piensan que estos productos no conllevan la muerte de animales, este razonamiento es equivocado y muestra un completo desconocimiento sobre el funcionamiento de la ganadería. Para obtener leche, las vacas deben permanecer continuamente preñadas. Sus terneros generalmente son vendidos para utilizar su carne o las propias vacas lecheras son enviadas al matadero cuando su rendimiento productivo desciende, frecuentemente muchos años antes de lo que hubiesen muerto de forma natural. De igual manera, la producción de huevos (incluso aquellos que llevan el certificado de “animales cuidados”) es un negocio horriblemente explotador que causa un gran sufrimiento a los animales.
Por todo ello, es necesario rechazar la idea de que los animales nos pertenecen. No existen productos de origen animal completamente libres de crueldad. Aunque algunas prácticas puedan parecer menos dañinas, la estructura de explotación permanece intacta. Mientras los animales sigan siendo considerados propiedad dentro de un sistema orientado al beneficio, su sufrimiento continuará formando parte de nuestra realidad cotidiana.
Bibliografía:

 

 

  • Por encima de su cadáver. La economía política de los derechos animales

Bob Torres (ochodoscuatro ediciones, 2014)

  • ¿Por qué maltratamos tanto a los animales?

 Charles Patterson (Edirorial Milenio, 2008)

  • Miedo al planeta animal

Jason Hribal (CounterPunch y AK Press, 2010)

  • Liberación animal

Peter Singer (Editorial Trotta, 1999)


 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.