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LIBROS DE PAPEL

En los últimos años, los libros electrónicos —los llamados e-books— han experimentado un notable auge. Yo mismo tengo uno, un regalo que duerme olvidado en un cajón. Y no es que rechace la tecnología. Al contrario, disfruto de los formatos digitales para la música o el cine. Simplemente, en mi caso, llegaron tarde. Cuando aparecieron, ya llevaba años rodeado de cientos de libros que forman parte de mi vida.

 
E n los últimos años, los libros electrónicos —los llamados e-books— han experimentado un notable auge. Yo mismo tengo uno, un regalo que duerme olvidado en un cajón. Y no es que rechace la tecnología. Al contrario, disfruto de los formatos digitales para la música o el cine. Simplemente, en mi caso, llegaron tarde. Cuando aparecieron, ya llevaba años rodeado de cientos de libros que forman parte de mi vida.
Eso no quita para reconocer las ventajas de estos dispositivos. Permiten leer en la oscuridad, almacenar una gran cantidad de títulos en un solo aparato y consultar palabras al instante gracias a diccionarios integrados. Seguramente ofrecen aún más posibilidades. De hecho, si empezara hoy a construir mi biblioteca, los usaría sin dudar, sobre todo para obras de consulta y textos cuyo valor reside en la información y los datos que contienen.
Pero existen otro tipo de libros, más íntimos y personales, que prefiero en papel y, a ser posible, con una buena tipografía, bien encuadernados, con una portada artística y bellas ilustraciones.  Son libros que invitan a ser tocados, contemplados, incluso atesorados. Para quienes aman los libros, estos objetos van mucho más allá de su función práctica. Se convierten en pequeñas obras de arte, en piezas con valor propio, independientemente de su rareza o precio.
Es cierto que la impresión masiva ha hecho desaparecer la exclusividad de los antiguos manuscritos, pero eso no ha restado importancia al libro como objeto. Cuando un libro llega a las manos adecuadas, adquiere un significado personal profundo. Puede convertirse en compañía, en refugio, en fuente de conocimiento o de consuelo. Algunos, incluso, terminan formando parte integrante de quien los lee. Por eso son tan importantes, tan necesarios, tan insustituibles.
Por eso, más que preguntarse qué formato prevalecerá, quizá lo importante sea que ambos puedan convivir. Sería una lástima que el libro electrónico desplazara por completo al libro en papel. La idea recuerda inevitablemente a Fahrenheit 451, donde los libros desaparecen en favor de una sociedad empobrecida culturalmente.
Ojalá no lleguemos a ese punto. Lo ideal sería encontrar un equilibrio: aprovechar las ventajas de lo digital sin renunciar al valor tangible y emocional del papel. Por el bien de los árboles, sí, pero también por el del propio ser humano.
 



 
 

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