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LA MISTERIOSA TOMBUCTÚ

En 1827, el huérfano y marino francés René Caillié, convertido en explorador, tras aprender árabe y estudiar a fondo el Corán, cruzó todo el África sahariana de sur a norte, partiendo desde la costa de Guinea y llegando hasta Marruecos. La proeza tiene su mérito si tenemos en cuenta que el Sáhara es el mayor desierto tórrido del mundo y el tercero más grande después de la Antártida y el Ártico. Con más de nueve millones de km² de superficie, una extensión casi tan grande como la de China o los Estados Unidos, comprende la mayor parte del norte de África del Norte, desde el mar Rojo, partes de la costa del Mediterráneo, hasta el océano Atlántico.

 
F ueron diecisiete meses de viaje y unos cinco mil kilómetros en total. La mayor parte del trayecto lo hizo a pie, entre grandes dificultades y penalidades. Con frecuencia los guías le engañaban y le robaban sus pertenencias. Los lugareños pobres le solían ayudar, según escribió, porque ellos sabían lo que era sufrir. No tenía fortuna por lo que debía valerse de sus propios medios. No era militar, ni contaba con el respaldo o patrocinio de ninguna institución pública ni privada. Fue una aventura totalmente personal.

Durante su viaje, Caillié tuvo la oportunidad de entrar en “la misteriosa” Tombuctú, a donde llegó el 20 de abril de 1828. Pudo comprobar entonces que era una urbe empobrecida y ruinosa, cuyo esplendor formaba parte de un pasado muy lejano. Como "ciudad santa" del islam africano tenía vetado el acceso a los extranjeros, por lo que se hizo pasar por musulmán, un veterano soldado egipcio que había sido enrolado a la fuerza en las tropas de Napoleón y desde Europa viajaba de retorno a su patria.

“Al fin llegamos felizmente a Tombuctú, en el momento en que el sol tocaba el horizonte. Veía por fin esta capital del Sudán que desde hacía tanto tiempo era el objeto de todos mis deseos. Cuando entraba en esta ciudad misteriosa, meta de las exploraciones de las naciones civilizadas de Europa, me embargó un sentimiento inexpresable de satisfacción. No había sentido nunca una sensación parecida y mi júbilo era extremo. Pero había que reprimir los impulsos del corazón. [...] Recuperado de mi entusiasmo, comprobé que el espectáculo que tenía ante mis ojos no respondía a mis expectativas”.

Tombuctú se encuentra situada al otro lado del desierto del Sáhara, en pleno Sahel, junto al río Níger, si bien no en la misma ribera sino a unos doce kilómetros, y muy lejos de la costa (a más de 2000 km.), una ubicación remota e inaccesible que durante siglos había impedido el conocimiento de la ciudad a los occidentales. Por tal motivo, la Sociedad Geográfica de París había ofrecido un cuantioso premio de 10.000 francos a quien llegara hasta ella. Y, claro está, pudiera volver para contarlo.


 

 
D os años antes, en 1826, lo había logrado Alexander Gordon Lang (1793-1826), pero el oficial británico tuvo un trágico final. Vestido con el uniforme de la armada inglesa, los tuaregs lo mataron mientras intentaba huir hacia el norte. El misterio se mantenía y ello no hizo sino incrementar aún más la leyenda de la ciudad. Sin embargo, en honor a la verdad, ya mucho antes se les había anticipado Ibn Baṭṭūṭa, el llamado Marco Polo árabe.

El siguiente europeo en acceder a Tombuctú fue el alemán Oskar Lenz (1848-1925), en 1880, cuyo guía e interprete era un malagueño: Cristóbal Benítez, que hablaba árabe y bereber, dos lenguas imprescindibles para desenvolverse en aquellos territorios. Benítez, criado desde niño en Tetuán, se hizo pasar por musulmán y también escribió un libro a su regreso, titulado Mi viaje al interior de África, si bien, en España, no ha gozado del reconocimiento que le corresponde merecidamente.

Caillié permaneció dos semanas en la ciudad, tomando notas que guardaba entre las páginas del Corán, y la abandona uniéndose a una caravana de esclavos que parte hacia Marruecos atravesando el Sahara. Al límite de sus fuerzas, llegó a Fez el 12 de agosto de 1828, donde se vio obligado a dormir en la calle y comer de la caridad pública. Se dirigió después a Rabat, pero las autoridades francesas no le prestaron ayuda y hubo de dormir en el cementerio. Viajó luego a Tánger, siendo mejor acogido por el cónsul francés, quien le proporcionó un pasaje en una nave francesa hasta Toulon.

El 5 de diciembre de 1828 la Societé de Géographie de Paris le entregó los diez mil francos del premio. Posteriormente le otorgaron la Legión de Honor y una pensión vitalicia. En 1830 se publicó su libro Diario de un viaje a Tombuctú y a Yenné, en el África central, pero le tacharon de mentiroso. Más tarde se pudo comprobar la veracidad de su relato.

“Pobre, sin ayuda, sin ciencia, he realizado mi hazaña. He dicho a Europa lo que es Tombuctú. La verdad constituye el único valor de mi crónica y no hay derecho a disputarme este bien adquirido a costa de tantos sufrimientos. Que censuren la imperfección de mi estilo y mi ignorancia aquellos que, en vez de haber estado en Tombuctú, se han perfeccionado en el arte y la ciencia”.

En 1836 quiso regresar a África, pero su mala salud se lo impidió. Caillié falleció de tuberculosis a mediados de mayo de 1838, a los treinta y ocho años de edad -estando ya casado y siendo padre de cuatro hijos-, en Saint Symphorien du Bois, de donde era alcalde.

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