Los primeros seres humanos fueron cazadores-recolectores, pero con la larga transición hacia la agricultura comenzó también una relación distinta con los animales: dejaron de ser únicamente una fuente de alimento para convertirse en instrumentos al servicio del ser humano. Con el tiempo, esa relación derivó en algo más profundo y problemático: se convirtieron en una forma de propiedad. Al carecer de derechos propios, los animales podían —y pueden— ser comprados, vendidos, explotados o sacrificados sin que exista una protección real que lo impida.