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LA ESCLAVITUD ANIMAL

Los primeros seres humanos fueron cazadores-recolectores, pero con la larga transición hacia la agricultura comenzó también una relación distinta con los animales: dejaron de ser únicamente una fuente de alimento para convertirse en instrumentos al servicio del ser humano. Con el tiempo, esa relación derivó en algo más profundo y problemático: se convirtieron en una forma de propiedad. Al carecer de derechos propios, los animales podían —y pueden— ser comprados, vendidos, explotados o sacrificados sin que exista una protección real que lo impida.

 
L os primeros seres humanos fueron cazadores-recolectores, pero con la larga transición hacia la agricultura comenzó también una relación distinta con los animales: dejaron de ser únicamente una fuente de alimento para convertirse en instrumentos al servicio del ser humano. Con el tiempo, esa relación derivó en algo más profundo y problemático: se convirtieron en una forma de propiedad. Al carecer de derechos propios, los animales podían —y pueden— ser comprados, vendidos, explotados o sacrificados sin que exista una protección real que lo impida. En ese proceso de domesticación y control, los seres humanos no solo han condicionado sus vidas, sino también su propia fisiología.
El paralelismo entre esta situación y la esclavitud humana fue señalado por figuras como Frederick Douglass. En su autobiografía, Douglass se comparaba con los bueyes con los que trabajaba: ambos eran propiedad, ambos eran doblegados, ambos vivían bajo el mismo yugo. Su testimonio refleja hasta qué punto la deshumanización del esclavo pasaba por equipararlo con los animales de carga.
«Como un animal salvaje joven trabajador, estoy sometido al yugo de una amarga y larga vida de esclavitud. Vi en mi situación muchos puntos de semejanza con la de los bueyes. Ellos eran propiedades, yo también; ellos iban a ser doblegados, yo también; Covey me iba a doblegar a mí, yo les iba a doblegar a ellos; doblegar y ser doblegado, así es la vida».
Otros esclavos, como Isaac Johnson, recibían desde el inicio una enseñanza brutal: debían considerarse como equivalentes a un caballo, un buey o una mula, seres destinados exclusivamente al uso de otros. En su autobiografía recordaba que lo trataban de la misma manera que a los bueyes. Se quejaba de haber tenido que trabajar de la misma manera que un animal de granja: sin reconocimiento, sin agua, sin comida adecuada, sin descanso, sin salario. Tal y como se le enseñó al esclavo Isaac Johnson desde el principio: «Debes entender que eres exactamente lo mismo que un buey, un caballo o una mula, estás hecho para el uso del hombre blanco y para ningún otro propó­sito».
Los relatos de antiguos esclavos están llenos de comparaciones similares. Muchos denunciaban que ciertos animales —especialmente los caballos— recibían un trato igual o incluso mejor que ellos. Narraban cómo eran transportados junto al ganado, subastados en mercados, separados de sus familias. Moses Grandy recordaba que «Las vacas mugían por sus crías, mientras hombres y mujeres lloraban por sus maridos, esposas o hijos». Él mismo perdió a cuatro hijos de ese modo. Otros testimonios describen cómo dormían con cerdos en cobertizos o eran controlados y castigados como animales, con la cola de un látigo, la punta de una vara o el final de una cuerda.
Algunos autores expresaron esa misma idea: la esclavitud los reducía a objetos, a bestias de carga compradas y vendidas sin consideración. William Hayden reconocía que la esclavitud lo convirtió en «una bestia de carga, atormentada por la fatiga y los azotes». Leonard Black sabía que la sociedad los había reducido a simples objetos, «comprados y vendidos como cerdos u ovejas». Josiah Henson se describía como «una bestia bruta destinada al comercio», mientras que Henry Williamson recordaba haber visto fugitivos capturados y atados «como ovejas, dentro de vagones». No se trataba de metáforas exageradas. Estos antiguos esclavos estaban describiendo la realidad, un hecho histórico.
Sin embargo, la palabra esclavo se ha reservado casi siempre para los seres humanos. Según la definición tradicional, designa a una persona privada de libertad y sometida al dominio de otra. Sin embargo, esa lógica de dominación —nacida muchas veces como botín de guerra— se ha extendido también al ámbito animal, aunque sin reconocimiento jurídico comparable.
Existe, además, una diferencia fundamental entre la vida animal y la actividad humana: mientras que el esfuerzo por sobrevivir es común a todos los seres vivos, el “trabajo” como tal es un concepto estrictamente humano. Un lobo que caza o un ave que construye su nido no “trabajan”: actúan según su propio instinto. Es para lo que han nacido.  El problema surge cuando los animales son apartados de esa naturaleza, dejan de ser libres, pierden su autonomía y pasan a depender del ser humano. En ese momento se transforman en propiedad privada y comienzan a ser tratados como esclavos, comprados y vendidos a conveniencia. Durante siglos, los humanos han explotado a los animales como mano de obra barata, beneficiándose de su esfuerzo sin ofrecer compensación ni reconocimiento.
La propia idea de “domesticar” ilustra este proceso. Originalmente significaba integrar a un ser en el ámbito del hogar; pero, con el tiempo, pasó a significar dominar, someter, controlar. El propósito es conseguir un mayor control con el fin de hacer trabajar a los animales más duro, durante más tiempo y con menor resistencia. El hombre puede domesticar animales con el propósito de hacerles trabajar para múltiples fines: perros como pastores o guardianes, caballos y camellos para el transporte, bueyes y mulas para la agricultura. Durante siglos, su trabajo ha sostenido civilizaciones enteras, generando enormes beneficios para los humanos. A cambio han recibido poca o ninguna compensación o reconocimiento por su esfuerzo. Además de explotarlos laboralmente, también nos hemos aprovechado de su carne y de su piel como alimento y vestimenta.
Hasta mediados del siglo XVIII, la mayoría de las ovejas inglesas vivían en “estado salvaje”. Los grandes rebaños habitaban en pastizales abiertos, páramos y bosques. Con la progresiva privatización de las tierras se llevó a cabo un cercado masivo de las mismas, dando lugar a extensas propiedades particulares. Los nuevos pro­pietarios dedicaron toda su atención a incrementar la productividad. Uno de los métodos utilizados fue la cría controlada, es decir, selectiva: los animales eran reproducidos según criterios de productividad, y aquellos que no cumplían con los estándares eran eliminados. En apenas un siglo - entre 1700 y 1800-, el peso medio del ganado casi se duplicó, reflejo de una intervención directa sobre sus cuerpos.
El desarrollo del transporte y la industria reforzó aún más esta dependencia. Los animales podían ser trasladados a gran escala, hacinados en camiones o conducidos a mataderos lejanos, en un sistema cada vez más eficiente y despersonalizado. La lógica era simple: maximizar el beneficio minimizando la visibilidad del sufrimiento. Un negocio lucrativo basado en la premisa: ojos que no ven, corazón que no siente.
Cuando James Watt eligió al caballo como unidad base para medir la potencia de la máquina de vapor, estuvo muy acertado. Durante milenios, los caballos, mulas, burros y bueyes fueron la principal fuente de energía en la agri­cultura, la industria y el transporte. Pero fue en el siglo XVIII cuando la demanda de animales de fuerza alcanzó niveles sin precedentes.
En las fábricas de la época, realizaban jornadas de hasta doce horas, a menudo también de noche. En las colonias, su explotación alcanzó niveles aún mayores. De modo significativo, se desarrolló una casta particular, “los mil caballos”, únicamente para trabajar en el molino de azúcar. La habilidad singular de estos caballos era que trotaban a un ritmo constante, ni muy rápido ni demasiado lento. De hecho, la introducción de estos capaces animales convirtió el recién nacido negocio del azúcar en una de las industrias domi­nantes de los siglos XVIII y XIX. En las fábricas de Man­chester, estos trabajadores equinos vivían en las instalaciones y pasaban sus días y sus noches “haciendo girar la rueda”.
A finales del siglo XVIII, otra raza de caballo, el trotón, fue desarrollada exclusivamente por su velocidad y resistencia. Eran empleados en el creciente negocio del transporte terrestre. Carretillas, carrozas, carruajes, carros, tranvías y autobuses llevados por animales llenaban las calles. Tardaba de dos a tres años en entrenar adecuadamente caballos y mulas para este tipo de trabajo urbano. Sus jornadas podían durar entre ocho y catorce horas diarias, durante seis o siete días a la semana. Sin embargo, su vida laboral era breve: muchos no superaban los tres o cuatro años antes de quedar agotados. No existía jubilación para ellos; eran vendidos, reutilizados o abandonados.
Durante el siglo XIX, la vida laboral media de un caballo era de cuatro años en carruajes rápidos y siete en lentos. En los coches de correos sólo podían aguantar tres años antes de que sus cuerpos se agotaran. Esta incesante y dura labor remataba a los animales. Tampoco existía jubilación para estos trabajadores. Podían ser vendidos a granjeros o, peor aún, a establos que alquilarían sus servicios. Así que, una vez más, esos agotados caballos eran enviados a trabajar a las ya masificadas calles.
Por otra parte, los “nobles y personas de calidad” de Londres, como dijo John Evelyn, tenían su propio carruaje de caballos. También solían ser propietarios de puras sangres expresamente criados para competir en las carreras de caballos, enormemente populares entre las clases altas.
A finales del siglo XIX, se creó una raza particular de caballo, compacto y mus­culoso, para trabajar en las minas. Los llamados pit-ponies trabajaban bajo tierra transportando carbón y materiales, en condiciones peligrosas y asfixiantes.
En las granjas había bueyes, caballos, mulas y burros que tiraban y hacían funcionar los arados, gradas y otras máquinas agrícolas. En las minas remolcaban oro, plata, hierro, plomo y carbón. En las plantaciones de algodón y en las fábricas de hilado, movían los molinos mecánicos que limpiaban, prensaban, cardaban e hilaban el algodón. En las plantaciones de azúcar, machacaban y transportaban la caña. En los puertos, carreteras y canales, movían las carretillas, carros y gabarras de correo, mercancías y personas. En las ciudades llevaban los carruajes, tranvías, diligencias y ferris. En los campos de batalla desplegaban la artillería y provisiones, hacían las exploraciones y se encargaban de mantener abastecidas las líneas de ataque.
En todos los ámbitos —granjas, fábricas, puertos, ciudades o campos de batalla—, los animales desempeñaron un papel esencial en el desarrollo económico. Como señala el historiador Jason Hribal, la construcción de las sociedades modernas no fue solo obra de los seres humanos.
A pesar de esta explotación sistemática, los animales también mostraron resistencia. El botánico Peter Kalm observó que siempre había individuos “revoltosos” capaces de romper cercas o escapar. De hecho, el término español “cimarrón” se utilizó originalmente para designar al ganado que huía.
Esa resistencia podía adoptar formas violentas. Los caballos “coceaban”, el ganado “cargaba”, las vacas “pateaban”, los cerdos “mordían”, los pollos “picaban”. Todos con la reconocida intención de herir o matar. O podían rebelarse también de manera no violenta, negándose a trabajar.
Para ‘doblegar’ esta obstinada resistencia, los seres humanos diseñaron una amplia variedad de formas y métodos. Se construyeron vallas y cercas para dificultar las fugas. Se colocaron yugos alrededor del cuello para dificultar sus movi­mientos.  La espuela, el freno y el látigo causaban dolor deliberadamente. Se ofrecían recompensas para encontrar a los fugitivos. Y para esos individuos que eran testarudos y simplemente no podían ser detenidos, existía un último recurso: la muerte.
Con el tiempo, estas prácticas se perfeccionaron y normalizaron. Así, la relación entre humanos y animales quedó marcada por una lógica de dominio en la que la fuerza, el control y la explotación sustituyeron a cualquier forma de convivencia equilibrada.

 


 

 

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