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La cuestión que nos preocupa
Hay una pregunta que me hago con insistencia desde hace tiempo, en concreto desde el inicio de la crisis en el 2008; antes también, pero, como la mayoría, no he tomado una especial conciencia de la situación social y laboral en que nos vemos inmersos hasta que me vi afectado directamente. Es así, no nos preocupamos de las cosas hasta que nos afectan a nosotros mismos o a nuestro entorno más cercano. Si ocurre en África, eso ya es otro continente, que cada cual resuelva sus propios asuntos. Que despiden a mis vecinos, les ha tocado a otros, mala suerte. Que recortan en sanidad, hasta la hora de enfermar, no parece que sea algo de nuestra más inmediata incumbencia. Y así sucesivamente.
Bien, para no entrar en detalles conocidos por muchos: que las crisis son periódicas, que unas veces se propician deliberadamente y otras obedecen a la tonta incompetencia de nuestros dirigentes, que las crisis, como las guerras, siempre benefician al capital, abaratando costes, facilitando el despido, recortando los sueldos, acabando con el movimiento sindical, al tiempo que las grandes fortunas aumentan considerablemente sus beneficios, en suma, que gracias a la crisis, los pobres somos más pobres y los ricos más ricos. Es una fórmula que sigue siendo tan eficaz ahora como en el pasado.
Pero mi interrogante va por otro sitio, se dirige hacia los que sufrimos la crisis, a toda la gente trabajadora que saca realmente el país adelante: médicos, maestros, mecánicos, agricultores, mineros, periodistas, barrenderos... todos los que hacen funcionar el mundo de una manera positiva, sin explotar a los demás, sin oprimir a nadie, sin causar daño a otros. Por el contrario, es el esfuerzo cotidiano, laborioso y entregado, muchas veces mal recompensado y hasta despreciado, el que resulta bueno y útil para la mayoría de la sociedad. Y esta carga recae sobre los hombros de los trabajadores. Somos la clase trabajadora, una clase olvidada, menospreciada, engañada, manipulada, que hasta parece renegar de sí misma.
No obstante, para empezar debemos preguntarnos ¿qué es la clase trabajadora?, o dicho de otra forma, ¿quién pertenece a la clase trabajadora?, pues no todos los que trabajan forman parte de ella. Para mí, son todas aquellas personas que dependen de un trabajo para vivir, es decir, que viven exclusivamente de su esfuerzo personal y no el de otros, y sin ese jornal o beneficio estarían perdidas, abocadas a la más absoluta pobreza.
Siempre me he considerado a mí mismo como un trabajador, con independencia del empleo que tuviera o del oficio que estuviera desempeñando en un momento dado, ya que lo que ganaba trabajando era mi único sustento; dependía de un trabajo para ganarme la vida.
Creo haber conocido casi todas las modalidades de trabajo posibles: asalariado, autónomo, empresario, pirata, eventual, ilegal; no sé si existe alguna más, pero he trabajado para otros y otros han trabajado para mí, he trabajado con contrato y sin contrato, he trabajado cobrando en negro y sin estar dado de alta, he trabajado en mi propio negocio y para el Estado; pero todos esos empleos y ocupaciones diversas tenían siempre algo en común: eran lo único que me separaba de la miseria. Sin el dinero que ganaba trabajando no hubiera tenido donde caerme muerto. Tendría que recurrir a la mendicidad o el robo para sobrevivir. Pero mi caso no es único ni extraordinario, por desgracia, es la misma situación de dependencia económica que comparten millones de personas en todo el país, en todo el planeta.
Y creedme, vivir en la calle no tiene nada de bueno; es penoso, sucio, aburrido, denigrante, peligroso, el día entero está lleno de inconvenientes y penalidades. Mi breve pero intenso paso por el borde de la calle –vivir en un coche unos meses no es estar tirado en calle pero se le parece en algunas cosas– fue suficiente para demostrarme lo cerca que estaba de la ruina total. Bastaba un simple tropiezo o un golpe de mala suerte –una enfermedad, un accidente, un fallo físico o mental, el capricho arbitrario de un encargado o un tijeretazo más en los recortes– y acabaría en la puta calle. La línea que separa a un trabajador del desastre económico es muy frágil y endeble, sometido como se encuentra a los dictados del mercado económico, y siempre con la necesidad imperiosa de ganarse la vida en un entorno laboral muy duro y competitivo.
En fin, la pregunta que martillea desde hace tiempo en mi cabeza es: ¿dónde está la clase trabajadora? ¿Dónde han ido a parar esas multitudes que deberían reclamar sus derechos como ciudadanos? No se ha dejado ver ni oír. Solamente unos pocos se han atrevido a gritar basta al gobierno de turno y, como represalia, se les ha machacado con sanciones económicas e incluso penas de prisión por el simple hecho de manifestar abiertamente en la calle su descontento con los que mandan.
La gente sufre con absoluto sometimiento. Los sindicatos mayoritarios carecen de fuerza e influencia, languideciendo a la sombra de prebendas y ayudas públicas, incapaces de servir de portavoces de la clase trabajadora a la que representan laboral y socialmente.
Y mientras tanto, la mayoría de la gente aguanta pasiva y calladamente, sordos y mudos ante tanta injusticia y corrupción. Pensando que son los demás los que deben sacarnos las castañas del fuego. Esperando que vengan otros a solucionar nuestros problemas. Pero nadie vendrá. Las cosas no suceden así. Un capitalismo feroz y despiadado se ha impuesto en todo el mundo mediante la globalización, y la clase trabajadora ha quedado sepultada bajo su inmenso poder.
La clase trabajadora está anestesiada, dormida, inerte, sin mostrar el menor atisbo de vida y dignidad. Socialmente, los trabajadores estamos 5 muertos. Hacen con nosotros lo que les da la gana y no rechistamos. Nos recortan derechos y prestaciones, nos roban el dinero para dárselo a los bancos, vemos como los políticos y los empresarios se lucran a manos llenas, y nos quedamos mirando como embobados. Cuando, ante semejantes injusticias, las calles deberían hervir de agitación, manifestación tras manifestación, enarbolando pancartas y banderas rojas y negras, verdes, blancas, arcoíris, con multitudes gritando su descontento a los cuatro vientos, bien alto, para que se escuche allí donde nunca llega el más mínimo rumor, que atraviese las paredes de los despachos oficiales y las sedes bancarias, que la protesta resulte tan decidida y atronadora que haga derrumbarse este edificio podrido y corrupto al que muchos se empeñan todavía en llamar democracia. Sobre todo en periodo electoral; luego la atención decae, y los políticos pueden seguir mangoneando a su antojo. Ya no hay consultas populares, ni se tiene en cuenta a la población, salvo para sangrarla a impuestos.