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JACK LONDON Y YO

A lo largo de mi vida, muchos escritores han ido y venido. Algunos han cambiado de lugar en mi memoria, otros han desaparecido. Pero unos pocos permanecen como si formaran parte de mí. Jack London es uno de ellos.

 
A lo largo de mi vida, muchos escritores han ido y venido. Algunos han cambiado de lugar en mi memoria, otros han desaparecido. Pero unos pocos permanecen como si formaran parte de mí. Jack London es uno de ellos. Con el tiempo, llegó a convertirse en algo parecido a un viejo amigo. Su presencia sigue siendo cercana, constante, inalterable.
Todavía recuerdo la pasión con la que leía sus libros, las horas de entusiasmo que me proporcionaban. Eso no tiene precio. Y desde entonces hasta hoy, mi admiración no ha disminuido; al contrario, si cabe no ha hecho más que aumentar.
Jack London llegó a ser uno de los escritores más famosos y mejor pagados de su época, traducido a numerosos idiomas y con una popularidad que todavía hoy perdura. Se convirtió además en un personaje público habitual en la prensa, hasta el punto de que la noticia de su muerte ocupó más titulares que la del emperador Francisco José de Austria, fallecido apenas un día antes.
Para muchos críticos, sin embargo, es un autor menor, destinado a estanterías juveniles. Su opinión me resulta irrelevante. Para mí, Jack London es un escritor excepcional, uno de los grandes de la literatura universal. Basta con ver cómo sus libros se siguen editando y leyendo más de un siglo después de su muerte para entender su alcance real.
Es cierto que gran parte de lo que escribió es rutinario o circunstancial. Pero algunas de sus narraciones son imperecederas, auténticos clásicos que siguen acompañando la imaginación de lectores de todas las edades.
Cada vez que abro uno de sus libros —que conservo con especial afecto en mi biblioteca— el hechizo se renueva. Me vuelve a atrapar con la misma intensidad que cuando era niño. Muy pocos autores conservan ese poder: el de hacerte vivir lo que lees. London todavía es capaz de llevarme a tierras lejanas, de navegar por mares desconocidos, de devolverme la sensación de aventura. Y eso es lo que más valoro en un libro: esa capacidad de transformar la lectura en experiencia. Libros que alimentan la imaginación, que despiertan el deseo de vivir más intensamente, que sugieren que siempre hay más horizonte del que uno puede ver.
Aún me pregunto qué feliz azar me condujo hasta él y cómo es posible que, con el paso de los años, siga tan presente en mi vida. La lectura de sus libros ha dejado en mí una huella profunda, como explicaré más adelante. No podía ser de otro modo: cuando se lee con verdadera pasión, lo leído queda grabado a fuego.
De eso trata esta historia: de Jack London y de mí.
Y, como toda historia, comienza por el principio.

 

 
S iempre he sido un lector empedernido, apasionado de las historias de aventuras, ya fueran reales o ficticias. De niño devoraba tebeos con auténtico entusiasmo: Tintín, El Jabato, El Capitán Trueno, Blueberry. Podía pasar horas enteras leyendo los comics que guardaba debajo de la cama, mi mayor tesoro en la tierra.
No sé cuándo aprendí a leer ni en qué momento nació en mí el amor por los libros. Solo sé que forma parte de mis recuerdos más tempranos. Era un niño algo extraño: no pedía juguetes, pedía libros. Sentía verdadera devoción por la lectura; se puede decir que apenas hacía otra cosa. Claro que también jugaba al fútbol, montaba en bicicleta, nadaba en el río, trepaba a los árboles o exploraba casas abandonadas, como cualquier crío. Pero nada, absolutamente nada, se comparaba con el placer de leer. Leía en la cama, en la mesa, en clase; me dormía leyendo y madrugaba para robarle unos minutos más al libro antes de empezar el día. Siempre llevaba uno encima para aprovechar cualquier momento, y no era raro que pasara jornadas enteras sin hacer otra cosa. Leer, para mí, lo era todo. Y con los años, lejos de apagarse, esa pasión no ha hecho más que crecer. Los libros me han acompañado siempre, como una sombra fiel, como un amigo inseparable.
Con el tiempo fui descubriendo otras aficiones, a las que también me entregué con intensidad. Me gustan pocas cosas en la vida, pero las que me gustan, me apasionan. La música y el cine, por ejemplo, ocupan un lugar esencial en mí; perderlos sería casi como perder uno de los sentidos. Me faltaría algo fundamental.
Sin embargo, leer sigue siendo distinto. Los libros han sido decisivos para mí. Siempre he pensado que tienen algo milagroso. En principio, no deja de ser un objeto sencillo: unas simples hojas de papel cubiertas de signos extraños. En apariencia, nada extraordinario. Pero basta comprender esos símbolos para que ocurra el prodigio. Entonces uno empieza a pensar, a imaginar, a soñar; se despliega un universo entero de ideas, imágenes y emociones. Aparecen otros mundos —pasados, presentes y futuros— y otras formas de entender la vida. Estoy convencido de que un libro puede cambiar el destino de una persona. En eso, la lectura y la aventura se parecen: ambas, a su manera, tienen el poder de transformarnos.
Como decía, de niño me apasionaban las novelas de aventuras. Mis favoritas eran La isla del Tesoro, Moby Dick y Robinson Crusoe. Fue precisamente en aquellas entrañables colecciones de clásicos juveniles —muchas de ellas ilustradas— de la biblioteca donde tuve la fortuna de encontrar un libro que, desde el primer momento, se convirtió en uno de mis preferidos. Se titulaba La llamada de la naturaleza, y su autor era un escritor americano que desde entonces ocuparía un lugar permanente en mi memoria: Jack London.
La novela cuenta la historia de Buck, un perro que, durante la fiebre del oro en Alaska, pasa por las manos de distintos dueños —unos crueles, otros justos-, y sufre una regresión hacia su instinto más primitivo. El animal dócil al servicio del hombre, finalmente, se convierte en un lobo salvaje.
El propio autor había pasado una temporada buscando oro en el Klondike, y de aquella experiencia extrajo el material que más tarde daría vida a muchas de sus novelas y relatos. Para construir esta historia también recurrió a documentos como diarios de viaje y cartas, además de su profundo conocimiento de los perros, fieles compañeros a lo largo de toda su vida. Existe, de hecho, una fotografía de 1885 en la que aparece un niño de nueve años —con botas, tirantes y pajarita— de aspecto robusto, mirando a la cámara con una expresión abierta y confiada, ajeno aún a lo que le depararía el destino. A su lado, un perro negro de patas y pecho blanco, de mirada viva. Son Jack y su perro Rollo, dos amigos inmortalizados para siempre.
Aquel libro despertó en mí el deseo inmediato de leer más obras de ese autor que había logrado narrar con tanta fuerza las peripecias de un animal, hasta hacerlas sentir como propias. Además, el escenario en el que transcurría la historia —las tierras vírgenes, inhóspitas y remotas del Gran Norte— ejercía una poderosa fascinación: Alaska, el Yukón, el Klondike. Lugares cargados de resonancias legendarias, el marco perfecto para las hazañas más audaces.
Jack London tenía apenas veintiún años cuando, el 25 de julio de 1897, se embarcó en San Francisco rumbo a Alaska. Lo acompañaba su cuñado, James Shepard, un hombre de mediana edad que no tardaría en abandonar la empresa, incapaz —como tantos otros— de soportar la dureza extrema del viaje. Entre ambos habían reunido los ahorros familiares y partieron con la esperanza de encontrar su propio filón de oro en aquellas tierras remotas.
Por entonces, los periódicos de todo el mundo difundían noticias deslumbrantes: yacimientos capaces de generar fortunas colosales. La fiebre del oro atrajo a miles de personas. Aventureros y estafadores, desesperados y fugitivos, desertores y marineros, oficinistas y dependientes, granjeros y maestros… no importaba la condición social. Todos abandonaban sus hogares para intentar extraer las riquezas que escondía aquel suelo pródigo. Desde todos los rincones del planeta llegaban hombres y mujeres dispuestos a arriesgar la vida y la salud en una empresa tan incierta como tentadora. Y Jack London fue uno de ellos: alguien que apostó su presente por un futuro completamente desconocido.
Era joven, fuerte y estaba acostumbrado al trabajo duro en fábricas y barcos. El esfuerzo no le intimidaba; al contrario, se sentía atraído por la aventura. La fiebre del oro en Alaska parecía hecha a su medida. Y, aunque solo tenía veintiún años, Jack London era ya un hombre curtido, con una experiencia de vida poco común: había navegado y viajado por medio mundo, acumulando en poco tiempo vivencias que otros no alcanzan en toda una vida.
Pero la suerte no estuvo de su lado. Tras más de un año vagando por el norte, regresó sin un solo gramo de oro. Para poder pagarse el viaje de vuelta, tuvo incluso que trabajar como fogonero, paleando carbón en un barco de vapor.
Su paso por Alaska fue, sin embargo, intenso y decisivo. Allí contrajo escorbuto y perdió varios dientes; leyó con avidez —llevaba en la mochila libros de Marx, Darwin, Spencer y Nietzsche—; pasó un invierno aislado en una cabaña de troncos junto a otros buscadores; descendió en balsa el río Yukón a lo largo de más de mil kilómetros; e incluso registró una propiedad que apenas contenía oro suficiente para cubrir los gastos del trámite.
Aunque regresó enfermo y sin dinero, traía consigo algo mucho más valioso: un caudal de experiencias e historias que acabarían siendo la base de su obra. Aquella vuelta a casa podía parecer un fracaso, pero Jack ya había tomado una decisión firme: convertirse en escritor profesional.
«Viajé como fogonero en un barco desde el mar de Bering hasta la Columbia Británica y desde allí, como pasajero de entrepuente, hasta San Francisco. De ahí se puede deducir que, del Klondike, no traje a casa más que el escorbuto».
Después leí Colmillo blanco, una novela que, pese a su fama, nunca terminó de convencerme. En cierto modo, plantea el reverso de La llamada de la naturaleza: la historia de un perro lobo que pierde su instinto salvaje y acaba domesticado. Aunque también hay en ella una lucha constante por la supervivencia, echo en falta la sensación de libertad que impregnaba la historia de Buck, ese impulso irreprimible que lo llevaba a unirse a la manada tras escuchar su llamada ancestral. Todo lo que Buck tenía de rebeldía y tenacidad parece diluirse aquí. Colmillo Blanco, en cambio, termina sus días como un perro doméstico, tranquilo, a los pies de su dueño en una casa de campo.
Ambas novelas están llenas de aventuras, pero parten de planteamientos opuestos. En fin, cosas de Jack London, a quien le gustaba explorar a fondo las posibilidades de un mismo tema cuando encontraba una historia que funcionaba.
London fue, en buena medida, un escritor mercenario: alguien que escribía por dinero, algo que en su caso era una necesidad constante. Era generoso hasta el exceso, casi manirroto, y tendía a gastar sin medida en lujos y caprichos. A su alrededor mantenía una especie de corte formada por familiares, amigos y conocidos. Sin embargo, como hombre de negocios no tuvo fortuna. Invirtió en empresas fallidas o poco rentables; compró un rancho en el condado de Sonoma que generaba más pérdidas que beneficios; mandó construir el Snark con la intención de dar la vuelta al mundo, pero el viaje se truncó a mitad de camino y tuvo que venderlo a la baja; y su mansión, la “Casa del Lobo”, ardió hasta los cimientos pocos días antes de ser inaugurada.
Todo ello lo obligaba a escribir sin descanso para sostener un nivel de ingresos acorde con su costoso estilo de vida. Compraba argumentos, reutilizaba ideas, rastreaba los periódicos en busca de historias y se imponía la disciplina de escribir mil palabras al día en una tarea que él mismo calificó de esclava. No sorprende, por tanto, que parte de su obra resulte a veces excesiva, recargada o poco inspirada, más aún si se tiene en cuenta que cobraba por palabra. Él mismo admitió en una entrevista que escribía para aumentar su patrimonio: cada artículo o relato significaba más tierras, más ganado, más maquinaria.
Sin embargo, entre esa producción irregular surgieron obras capaces de brillar con luz propia, verdaderos diamantes literarios. Algunas de ellas han perdurado como clásicos de la literatura universal.
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1 Comment

  1. JAYENA dice:

    Me han gustado mucho tus articulos, especialmente el de» Jack London y yo»donde unes vida y obra de forma breve pero lo suficiente para que quiera leer mas

    sus libros….
    Solamente quiero citar: «….escribo por necesidad, como algo vital .Es mi destino y no puedo escapar de la letra impresa» , es de tu libro Pensamiento Subversivo , que recomiendo su lectura porque te atrapa y te hace PENSAR…….

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