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HOLOCAUSTO ANIMAL
Edgar Kupfer-Koberwitz

El poeta y periodista alemán Edgar Kupfer-Koberwitz (1906–1991) se declaró «abiertamente en contra del gobierno de Hitler y de la guerra» en pleno auge del nazismo. La Gestapo le detuvo por sus manifestaciones antifascistas y, como preso político, fue deportado al campo de concentración de Dachau en noviembre de 1940.

 
E l poeta y periodista alemán Edgar Kupfer-Koberwitz (1906–1991) se declaró «abiertamente en contra del gobierno de Hitler y de la guerra» en pleno auge del nazismo. La Gestapo le detuvo por sus manifestaciones antifascistas y, como preso político, fue deportado al campo de concentración de Dachau en noviembre de 1940. Para miles de inocentes, aquel lugar representaba un auténtico infierno en la tierra. Kupfer, sin embargo, tuvo la relativa fortuna de ser destinado durante sus últimos tres años a las oficinas de una fábrica de tornillos. Gracias a ese destino, pudo redactar un diario secreto en pequeñas hojas de papel que luego enterraba cuidadosamente bajo el suelo de un almacén. Aun así, él mismo reconocería más tarde que «cada línea que escribí fue escrita con riesgo».
Contrajo el tifus, pero logró sobrevivir, a diferencia de muchos de sus compañeros de infortunio, que sucumbieron al hambre, las enfermedades, los trabajos forzados o simplemente el asesinato sistemático. De haber muerto, su testimonio se habría perdido para siempre. Finalmente, fue liberado por las tropas estadounidenses el 29 de abril de 1945, junto a otros 67.000 prisioneros. Aquel día, recordaría después, se convirtió en su «segundo cumpleaños, el día que me devolvió la vida».
Tras la liberación, consiguió recuperar gran parte de su diario —algunas de sus casi dos mil páginas se perdieron por la humedad—, un documento que más tarde serviría como prueba en los Juicios de Núremberg. En 1956 publicó sus memorias bajo el título Los Diarios de Dachau (Los registros del prisionero 24814).
Kupfer era vegetariano y, hasta en las condiciones extremas del campo, se mantuvo fiel a sus convicciones. En 1941, tras regresar del campo de Neuengamme, donde fue trasladado temporalmente, pesaba apenas 44 kilos. A pesar de su debilidad, se negaba a comer carne y solía repartir su ración entre otros prisioneros.
El historiador Tom Topol expresó su admiración por él con las siguientes palabras de elogio:
«Su grandeza se manifestó en su infinita benevolencia y compasión por todos los seres vivos, incluso en tiempos de cautiverio, cuando el hombre se derrumba rápidamente bajo el peso del miedo al dolor y a la muerte. Son muy pocas las personas que se mantendrían firmes incluso en las circunstancias más difíciles y que estarían dispuestas a ayudar a su prójimo, a sacrificarse por él, incluso a costa de la muerte. Koberwitz fue uno de ellos».
En sus escritos, Kupfer estableció una controvertida comparación entre el exterminio de las víctimas del Holocausto y la matanza de animales. A su juicio, los grandes crímenes genocidas estaban relacionados con la violencia cotidiana ejercida contra los animales. En su ensayo Los animales, mis hermanos escribió: «Mientras el hombre torture y mate animales, también torturará y matará humanos; la violencia debe practicarse y aprenderse a pequeña escala».
Esta analogía fue duramente criticada por organizaciones como la Liga Antidifamación y el Museo Conmemorativo del Holocausto de los Estados Unidos, especialmente a partir de 2006, cuando PETA (Personas por el Trato Ético de los Animales) comenzó a utilizarla en sus campañas por los derechos de los animales.
Sin embargo, Kupfer no fue el único en establecer ese paralelismo. El superviviente del Holocausto y activista vegano Alex Hershaft también ha manifestado: 
«Observé con horror las sorprendentes similitudes entre lo que los nazis le hicieron a mi familia y a mi persona y lo que les hacemos a los animales que criamos para comer: marcar o tatuar números de serie para identificar a las víctimas, usar vagones de ganado para transportar a las víctimas a la muerte, alojar a las víctimas hacinadas en barracas de madera, designar arbitrariamente quién vive y quién muere: el cristiano vive, el judío muere; el perro vive, el cerdo muere».
Una reflexión semejante aparece en la obra del escritor judío Isaac Bashevis Singer, galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1978. En uno de sus relatos, The Letter Writer, el protagonista dice:
«Se han convencido a ellos mismos de que el hombre, el peor transgresor de todas las especies, es el rey de la creación. Todas las demás criaturas fueron creadas únicamente para proporcionarle alimento y vestido, para ser atormentadas y exterminadas a su antojo. En lo que a ellas se refiere, todos los humanos son nazis; para los animales, la vida es un Treblinka sin fin».
También el filósofo Theodor Adorno expresó una idea similar al afirmar: «Auschwitz empieza cuando alguien mira a un matadero y piensa: “solo son animales”», en referencia al campo de exterminio de Auschwitz.
La relación entre violencia industrial y exterminio también ha sido señalada en otros contextos. El empresario Henry Ford explicó en sus memorias que la cadena de montaje para la fabricación de automóviles se inspiró en los mataderos de Chicago, donde observó la eficiencia del despiece animal. Adolf Hitler admiraba profundamente a Ford, hasta el punto de conservar su retrato en el despacho y utilizar algunas de sus ideas antisemitas en Mi lucha. A su vez, Ford mantuvo vínculos de apoyo con el régimen nazi. Esta conexión ha sido interpretada como un ejemplo de cómo la lógica industrial aplicada a la producción pudo trasladarse, de forma perversa, a la maquinaria de exterminio humano.
Los asesinatos en masa, por desgracia, han sido una constante en la historia. La violencia parece formar parte de la experiencia humana, tanto a nivel individual como colectivo. Y la misma mentalidad que ha permitido los genocidios —la deshumanización del otro, su consideración como inferior— es la que ha justificado también el maltrato sistemático de los animales. Considerados incapaces de defenderse, se les ha relegado a una posición en la que todo parece permitido.
Algunas estimaciones señalan que, en los dos últimos siglos, los seres humanos han provocado la extinción de una especie animal por año, una cifra que podría estar aumentando pese a la creciente conciencia ecológica.
El texto de Kupfer, escrito en uno de los momentos más oscuros de la historia, sigue resultando hoy profundamente vigente desde el punto de vista ético.

 

 
L OS ANIMALES, MIS HERMANOS
Las siguientes páginas fueron escritas en el campo de concentración de Dachau, en medio de toda clase de crueldades. Fueron garabateadas furtivamente en el hospital donde permanecí durante mi enfermedad, en un tiempo en el que la Muerte nos acechaba día tras día, cuando perdimos a doce mil en cuatro meses y medio.
Querido amigo:
Querías saber por qué no como carne y te preguntas por las razones de mi comportamiento. Tal vez pienses que hice una promesa -alguna clase de penitencia- negándome los gloriosos placeres de comer carne.
Recuerdas los jugosos filetes, los pescados suculentos, las maravillosas salsas, el jamón exquisitamente ahumado y mil maravillas preparadas con carne, deleitando a millares de paladares humanos; ciertamente, recordarás la exquisitez del pollo asado. Ahora que yo rechazo todos esos placeres, tú piensas que sólo la penitencia, o un voto solemne, un gran sacrificio, podría negarme esa manera de disfrutar de la vida, e inducirme a soportar tan gran renuncia.
Con aspecto asombrado, me preguntas: “Pero, ¿por qué y para qué?” Y crees que casi adivinas el auténtico motivo. Pero si ahora trato de explicarte las verdaderas razones en una breve frase, te asombrarás, una vez más, de lo lejos que se hallaba tu conjetura de mis motivos reales.
Escucha lo que tengo que decirte:
– Me niego a comer animales porque no puedo alimentarme del sufrimiento y la muerte de otras criaturas. Me niego a hacerlo, porque yo mismo sufrí de una forma tan dolorosa que puedo sentir el dolor de otros al recordar mis propios sufrimientos.
– Yo me siento feliz, nadie me persigue; ¿por qué iba yo a perseguir a otros seres o a hacer que fueran perseguidos?
– Yo me siento feliz, no soy un prisionero, soy libre; ¿por qué iba yo a hacer que otras criaturas fueran apresadas y metidas en la cárcel?
– Yo me siento feliz, nadie me lastima; ¿por qué iba yo a lastimar a otras criaturas o a hacer que las lastimaran?
– Yo me siento feliz, nadie me mata; ¿por qué iba yo a herir o a matar a otras criaturas o hacer que las hiriesen o las matasen por mi placer y conveniencia?
– ¿No es sencillamente algo natural, el que yo no inflija en otras criaturas aquello que, espero y temo, nunca será infligido en mí? ¿No sería muy injusto hacer tales cosas sin otro propósito que el de gozar de un frívolo placer físico a costa del sufrimiento de otros, de la muerte de otros?
Estas criaturas son más pequeñas y más indefensas que yo, pero ¿puedes imaginar a un hombre razonable, de nobles sentimientos, que quisiera basar en tal diferencia su exigencia o derecho a abusar de la debilidad y la pequeñez de otros? ¿No crees que la obligación del más grande, el más fuerte, el superior, es la de proteger a las criaturas más débiles en vez de perseguirlas, en vez de la matarlas? “Noblesse oblige”. Yo quiero actuar de una manera noble.
Recuerdo la horrible época de la inquisición, y me entristece advertir que el tiempo de los tribunales para herejes todavía no ha terminado, que día tras días, los hombres cocinan en agua hirviendo a otras criaturas que son irremediablemente entregadas a las manos de sus torturadores. Me horroriza la idea de que tales hombres son personas civilizadas, no toscos bárbaros ni nativos. Pero a pesar de todo, sólo están primitivamente civilizados, primitivamente adaptados a su entorno cultural. El europeo medio, rebosante de sabias ideas y discursos hermosos, comete, sonriente, toda clase de crueldades, no porque esté obligado a hacerlo, sino porque quiere hacerlo. No porque carezca de la facultad para rechazar y para darse cuenta de las cosas espantosas que está llevando a cabo. ¡Ah, no! Sólo porque no quieren ver los hechos. De otro modo, sus placeres les inquietarían y preocuparían.
Es muy natural lo que la gente te dice. ¿Cómo podrían hacer otra cosa? Les oigo hablar acerca de experiencias, de utilidades, y sé que consideran ciertos actos relacionados con la matanza como algo inevitable. Tal vez hayan conseguido convencerte. Lo adivino por tu carta.
Considerando sólo las necesidades, uno incluso puede, quizás, estar de acuerdo con tales personas. ¿Pero, existe realmente tal necesidad? La tesis puede ser refutada. Quizás exista todavía alguna clase de necesidad para esas personas que todavía no se han desarrollado como personalidades plenamente conscientes.
Yo no les predico a ellos. Te escribo esta carta a ti, a un individuo ya despierto que controla racionalmente sus impulsos, que se siente responsable — interna y externamente — de sus actos, que sabe que nuestro tribunal supremo descansa en la conciencia. No hay jurisdicción de apelación en su contra.
¿Existe alguna necesidad por la que un hombre completamente autoconsciente pueda ser inducido a matar? Si la respuesta fuese afirmativa, cada individuo tendría el valor para hacerlo con sus propias manos. Evidentemente, es una forma miserable de cobardía pagar a otras personas por realizar el trabajo de mancharse de sangre, del que el hombre normal se abstiene lleno horror y consternación. A tales sirvientes se les da algunas monedas por su sangriento trabajo, y se les compra las partes deseadas del animal asesinado — si es posible, dispuesto de tal manera que ya no nos recuerde a las incómodas circunstancias, ni al animal, ni a que ha sido matado, ni al derramamiento de sangre.
Pienso que los hombres serán asesinados y serán torturados mientras los animales sean asesinados y torturados. También seguirá habiendo guerras. Porque el asesinato se debe entrenar y perfeccionar en objetos más pequeños, moral y técnicamente.
No veo ninguna razón para sentirse ultrajado por lo que otros hacen, ni tampoco por sus grandes ni por sus pequeños actos de violencia y de crueldad. Pero creo que es el momento de sentirnos ultrajados por todos los grandes y pequeños actos de la violencia y de crueldad que nosotros realizamos. Y dado que es mucho más fácil ganar las batallas pequeñas que las grandes, opino que primero deberíamos tratar de superar nuestra propia tendencia a la violencia y la crueldad más pequeña, para evitarlas, o mejor, para vencerlas de una vez para siempre. Entonces llegará el día en que nos resultará sencillo luchar y vencer incluso las grandes crueldades.
Pero seguimos durmiendo, todos nosotros, en hábitos y actitudes heredadas. Son como una grasienta y jugosa salsa que nos ayuda a tragar nuestras propias crueldades sin saborear su amargura.
No tengo la intención de señalar con el dedo a éste y a aquél, a personas concretas y situaciones concretas. Creo que mi deber es más bien remover mi propia conciencia en asuntos más pequeños, tratar de entender mejor a otras personas, para hacerme mejor y menos egoísta. ¿Por qué razón debería ser imposible, entonces, actuar del mismo modo con respecto a asuntos más importantes?
Ésa es la cuestión: quiero crecer en un mundo mejor, en el que una ley más elevada garantice más felicidad, en un mundo nuevo donde reine el mandamiento de Dios: Amaos los unos a los otros.
Fuentes:
https://en.wikipedia.org/wiki/Edgar_Kupfer-Koberwitz
https://www.all-creatures.org/
Animals, My Bretheren (Traducción: Alicia Martín Melero)
https://www.passport-collector.com/edgar-kupfer-koberwitz-dachau-diaries/
Edgar Kupfer-Koberwitz Passport, Zurich 1948 (Tom Topol)

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