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El origen anarquista del Primero de Mayo

El Primero de Mayo conmemora uno de los acontecimientos más determinantes de la historia del movimiento por los derechos de los trabajadores.

 
E n el año 1886, en los EEUU se produjeron numerosas huelgas y manifestaciones exigiendo las ocho horas de trabajo diarias, una de las reivindicaciones más importantes y antiguas de la clase obrera, que se veía sometida a largas y extenuantes jornadas de más de doce horas de trabajo. Los huelguistas fueron violentamente reprimidos, muchos de ellos encarcelados y unos pocos entre los más destacados fueron ahorcados. A estos últimos se les conoce como Los Mártires de Chicago, la ciudad que los condenó a la horca.

El mundo entero se vio sacudido por este atroz crimen, pues era sabido que al condenar a estos inocentes se trataba de sofocar la rebelión obrera. EEUU era entonces una nación incipiente y de gran pujanza económica, cuyo espíritu de conquista se mostraba en toda su crudeza en los negocios. Masas de hambrientos y empobrecidos emigrantes arribaban en oleadas para trabajar por sueldos de miseria y en condiciones de semiesclavitud. No existían los derechos laborales, trabajaban los niños y los ancianos y cualquier atisbo de protesta era rápida y violentamente sofocado. La jornada de ocho parecía un sueño imposible de alcanzar, algo a lo que los empresarios jamás accederían. En 1884, la Federación de Sindicatos Y Organizaciones Gremiales de EEUU y Canadá aprobó una resolución para que los trabajadores de ambos países se unieran en una demanda común por la jornada de ocho horas, decidiendo que todos los medios para obtener ese fin eran válidos, incluida la huelga general. La clase obrera asumió esta lucha como su causa principal. De modo que, cuando se llegó a la fecha límite establecida -el 1 de mayo de 1886- sin haber obtenido la jornada de ocho horas, se declaró la huelga general.

Esta huelga fue una impresionante muestra de fuerza. Cientos de miles de trabajadores abandonaron sus puestos de trabajo. No fue una acción espontánea, sino que fue preparada y apoyada en todo momento por los sindicatos, de influyente presencia en las ciudades industriales de todo el país, debido sobre todo a los emigrantes anarquistas llegados de Europa.


 
E n los días sucesivos hubo numerosas manifestaciones por todo el país, siendo Chicago el epicentro de la lucha debido a que contaba con un movimiento sindical de carácter anarquista muy bien organizado y comprometido. En la manifestación celebrada el 4 de mayo en esta ciudad, estalló una bomba, que causó varios muertos entre manifestantes y policías. Aun hoy día persiste la polémica sobre quién arrojó el artefacto explosivo, sin que se sepa con exactitud si fue una acción obrera o bien una provocación policial. Sea cual sea el origen de la bomba, lo cierto es que el atentado se utilizó para culpar a los huelguistas, se decretó la ley marcial y se desató una brutal persecución sobre los sindicatos.

El juicio contra los sindicalistas apresados fue una parodia que, siete años después, en 1893, el gobernador del Estado de Illinois calificó de arbitrario y de “feroz maldad”, y decretó la libertad para los anarquistas presos, no como un acto de misericordia sino como una acto incondicional ante hombres injustamente encarcelados, denunciando asimismo que había sido un caso de persecución política, donde las pruebas y los testigos fueron manipulados, y que el veredicto respondió a la presión alimentada por la prensa de dar un castigo ejemplar que hundiera el movimiento sindical. Durante el breve juicio, no se llegó a presentar ninguna prueba real contra los acusados, ni se pudo probar que ellos fueran los que arrojaron la bomba entre la multitud. La única prueba que se alegó en su contra fue su ideología anarquista, como bien demostraban los numerosos escritos de la prensa libertaria en los que hacían un ardiente llamamiento a la huelga y a la acción directa. Importantes capitalistas como T. A. Scout solicitaron al gobierno que “diera una dieta de rifles a los obreros, a ver si les gustaba como alimento”, cuando los trabajadores reclamaban sus derechos.

A pesar de la amplia movilización mundial en su favor, el día 11 de noviembre de 1887 fueron ejecutados en la horca. De esta horrible manera murieron August Spies, Albert Parsons, George Ángel y Adolf Fischer; un quinto, Louis Lingg se suicidó en su celda el día anterior para evitar ser ahorcado. Otros sufrieron penas de cárcel, hasta que en 1893 fueron liberados por mandato expreso del gobernador. Todos ellos recibieron la muerte con valor y dignidad, algunos gritando ¡Viva la Anarquía! Este era, a grandes rasgos, el ambiente laboral que imperaba en aquella época. Si nos paramos a pensar, no muy diferente, en esencia, del que tenemos en la actualidad: trabajo basura, contratos basura y sueldos de miseria. Y eso en el mejor de los casos, porque los parados nunca han sido tan numerosos como ahora, con más de cinco millones de personas sin empleo, muchos de ellos sin coberturas de ningún tipo.

Han pasado 130 años desde entonces y ¿qué hemos conseguido? La verdad es que muy poco. En lugar de estar reclamando jornadas inferiores a las ocho horas, como una forma de paliar el desempleo y ofrecer, al mismo tiempo, la oportunidad a la gente de vivir para algo más que para trabajar, por el contrario, la última reforma laboral ha dejado al trabajador en manos de los empresarios. Y si a eso le unimos un movimiento sindical prácticamente muerto y una apatía generalizada por parte de los trabajadores, el panorama social y laboral que se nos presenta es, sin duda, desolador. Y así seguimos, lanzando las viejas reclamaciones de siempre, en un mundo que se niega a avanzar o lo hace con torpeza y desaliento.

Sin embargo, esas voces de protesta son las que hoy deben oírse. Las voces de todos los trabajadores hartos de las condiciones laborales y sociales en que malviven. El Primero de Mayo nos recuerda que las mejoras de hoy se deben a la lucha del pasado. En homenaje a la memoria de todos los que antes que nosotros lucharon, debemos manifestarnos y seguir con la tradición del Primero de Mayo. Porque más que la violencia, hiere el olvido. En cambio, la memoria es subversiva; nos recuerda la necesidad de actuar, y que, pese al olvido impuesto, otros antes ya lucharon y, con su ejemplo y entrega, nos mostraron el camino a seguir. La herencia combativa y valiente de aquellos tiempos sobrevive cada vez que surge la protesta social.

Esta fecha debe recordarnos que la lucha continúa. Que aún no se han conquistado las ocho horas para todos, y que las condiciones laborales para una gran mayoría siguen siendo tan malas e inseguras como en el pasado. No importa. A pesar de todo ello, hemos de seguir adelante. La Idea Anarquista no puede desaparecer.

Es una luz en un pozo de oscuridad. Como dijo Spies antes de morir asesinado por el poder del Estado: “Llegará el día en que nuestro silencio hable más fuerte que las voces que hoy estrangulan”.

¡Salud y alegría!

1 Comment

  1. JESÚS dice:

    Muy entretenido y ameno. Excelente trabajo.

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