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EL CLUB CANÍBAL

Estrechamente ligado con la Sociedad Antropológica de Londres se hallaba el Club Caníbal, un exclusivo y selecto círculo de caballeros a los que podemos definir como hedonistas sin complejos, creado al mismo tiempo, en 1863, por Richard Burton y el Dr. James Hunt.

 
E l club celebraba sus reuniones en el restaurante Bartolini, cerca de Fleet Street, y su símbolo oficial era una maza tallada con la imagen de una cabeza africana royendo un fémur humano. La existencia de tan extraña reunión fue bastante breve y solo perduró seis años, clausurando sus sesiones en 1869, tras la muerte de Hunt y el alejamiento de Burton debido a sus obligaciones consulares.

Dos de sus más destacados asistentes fueron el poeta decadente y alcohólico empedernido Algernon Swinburne, y Richard Monckton Milnes, Lord Houghton, político, mecenas y propietario de una de las mayores bibliotecas privadas de literatura erótica, además de miembro de la Royal Society. De este último, el liberal George W. E. Russell dijo: «A medida que avanzaban los años, no se volvió (como es frecuente en la mayoría de los hombres) menos liberal, sino más bien, más simpatizante con todas las causas populares; más vivo en su indignación contra el monopolio y la injusticia». Ambos tenían, si cabe, peor fama de disolutos y degenerados que Burton. Swinburne compuso una especie de himno blasfemo, el Catecismo caníbal, en el que se burlaba deliberadamente del sacramento cristiano de la eucaristía, comparándolo con una fiesta de antropófagos.

Presérvanos de nuestros enemigos

Tú que eres Señor de soles y cielos

Cuya carne y bebida es carne en pasteles

¡Y sangre en cuencos!

Por tu dulce misericordia, malditos sean sus ojos

¡Y malditas sean sus almas!

Otro caníbal eminente era el antropólogo Charles Carter Blake, cofundador asimismo de la Sociedad Antropológica de Londres y editor del ilustre médico francés Paul Broca, precursor de la moderna cirugía cerebral y descubridor del área de Broca, la zona del cerebro que controla las funciones del lenguaje. Poco antes, en 1859, había fundado la Sociedad de Antropología de París, pero como reconocido poligenista sostenía que el tamaño del cerebro determinaba la inteligencia, lo que alimentó algunos conceptos de segregación racial que Broca no compartía necesariamente.

Según las mediciones de la antropometría craneal, el cerebro masculino es un 15 % mayor que el femenino, aunque hay que tener en cuenta el factor del peso corporal y, por lo tanto, las mujeres eran menos inteligentes que los hombres debido al menor tamaño de sus cerebros, así como los cráneos de raza blanca solían ser algo mayores. Como era de esperar, esta clase de teorías tuvieron una excelente acogida, ya que eran el tipo de argumento o prueba seudocientífica que sustentaba las ideas racistas y sexistas dominantes en la sociedad.

Alrededor de la mesa se sentaba un variopinto grupo de sujetos muy singulares, todos ellos personalidades de renombre, como Charles Bradlaugh, diputado liberal encarcelado por defender el ateísmo; Thomas Bendyshe, abogado y académico inglés, propietario de una revista y traductor; Sir James Plaisted Wilde, juez y afamado criador de rosas; y el general Studholme John Hodgson, oficial al mando de Ceilán.

Por razones de fuerza mayor, uno de los últimos convidados a las cenas caníbales sería el capitán Charles Duncan Cameron, miembro de la Royal Geographical Society y cónsul en Abisinia. Este era el nombre que recibía el imperio etíope que, con una duración de casi 750 años, hacía descender su dinastía directamente del antiguo reino de Aksum. Durante el férreo mandato del emperador Teodoro II, se llevó a cabo la unificación del país, anteriormente dividido en feudos enemigos gobernados por príncipes y nobles que, desde el siglo XVIII, rivalizaban unos contra otros por el poder, dando así inicio a la Etiopía moderna. El negus negusti (rey de reyes, título que distinguía al soberano por derecho divino) había enviado un mensaje a la reina Victoria proponiéndole una alianza, pero la falta de respuesta irritó al emperador, que, en represalia, encerró en prisión al cónsul británico durante seis años, de 1862 a 1868. En 1867, una expedición militar liderada por Sir Robert Napier, desembarcó en la costa del mar Rojo con la misión de rescatar a los prisioneros ingleses. El ejército etíope cayó derrotado en la Batalla de Magdala y el 13 de abril de 1868 la capital fue tomada al asalto e incendiada. Teodoro II se quitó la vida con la pistola de duelo que Cameron le había regalado.

Como en la mayoría de los clubes masculinos de la época victoriana, se bebían grandes cantidades de alcohol. Pero las cenas, más que una orgía —así fueron definidas por el cuñado y el suegro de Burton— eran una ocasión para poder expresar libremente sus puntos de vista, considerados subversivos para su época. Animados por la buena comida, los vinos y los licores, los cigarros y alguna que otra droga ocasional, las cuestiones a debatir podían ser infinitas, aunque por lo general debatían sobre política colonial, religión, raza, poligamia y sexualidad en sus múltiples variedades, sin excluir las parafilias o perversiones sexuales del tipo bestialismo, necrofilia, fetichismo, etc., aparte de tratar, por supuesto, de asesinatos rituales y canibalismo, temas todos ellos prohibidos en los salones de la buena sociedad inglesa. Al margen de sus francachelas, el Club Caníbal distribuía también material pornográfico entre sus socios de élite, muchos de ellos propietarios de grandes colecciones privadas.

La moral imperante en la sociedad victoriana del siglo XIX —el siglo del liberalismo político y la revolución industrial nacida en la propia Inglaterra—, venía dictada por las creencias religiosas de la nobleza y la burguesía, protestantes puritanos en su mayoría (aunque en inferioridad, seguía habiendo pudientes familias católicas como la de Isabel Arundell, otro estigma que acompañó a Burton). La doctrina cristiana de la Iglesia anglicana mantenía un conjunto de valores basado en un estricto código de conducta y una gran represión sexual, que comportaba rígidos prejuicios y rigurosas privaciones. La pobreza se vinculaba con el vicio y el sexo con las bajas pasiones.

La religión contribuía al sostenimiento del orden social imperante, cuya principal característica era la división de clases. La élite dirigente estaba formada por una privilegiada minoría, mientras los trabajadores integraban el grueso de la población, quedando sometidos a duras condiciones de vida, en las que el hambre, las enfermedades y la explotación laboral causaban estragos, especialmente entre los niños. Al inicio de la Revolución Industrial, la minería y la industria textil acapararon buena parte de la mano de obra infantil, aunque no se adoptaron las primeras medidas para regular su situación laboral hasta la aprobación en 1833 del Factory Act. Las Leyes de Fábrica prohibían emplear a menores de 9 años y limitaban su abusiva jornada a 12 horas diarias, medidas que se adoptaron primero en el sector textil y posteriormente en el resto de las industrias.

La era victoriana se define igualmente por ser una época de enormes contradicciones e hipocresías, como evidencia la alta tasa de prostitución —incluida la infantil y homosexual— que existía en las grandes ciudades. Recordemos que la figura de Jack el Destripador surgió en el verano de 1888 para terror de las prostitutas que pululaban de noche por las oscuras y lóbregas calles de Londres. Y este asesino en serie sí que era un verdadero caníbal, a juzgar por la carta que envió en 1888 a George Lusk, presidente del Comité de Vigilancia de Whitechapel, uno de los barrios más pobres del East End, donde se asentaban la mayoría de burdeles londinenses:

Desde el infierno, Mr. Lusk, le envío la mitad del riñón que saqué a una mujer y he conservado para usted. La otra pieza la freí y comí con gran deleite. Quizá le envíe el cuchillo ensangrentado, puedo sacarlo si espera un poco más. Atrápeme cuando pueda.

El explorador Richard F. Burton y otras vidas de aventura - J. Caro (Editorial Letrame)


 

 

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