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CARNE FRESCA

Hubo un tiempo en que trabajé en el puerto de Barcelona.

 
H ubo un tiempo en que trabajé en el puerto de Barcelona. Era joven, veinte años recién cumplidos, acaba de salir de la mili, y mi único objetivo en la vida consistía en escalar montañas, pasarlo bien y no preocuparme por nada. Tampoco tenía un duro en el bolsillo y la vuelta a casa se me hacía imposible. El destino me había llevado hasta allí.

Conseguí el trabajo gracias a unos estibadores. Los había conocido en el bar “Sol y Mar”, muy concurrido por pescadores y portuarios, y donde solíamos coincidir todos los que pululábamos por el barrio de la Barceloneta, mi lugar de acomodo por aquel entonces en la ciudad. Nuestro encuentro fue afortunado, al menos para mí, ya que me ayudaron a salir de un aprieto.

En el puerto trabajaba un senegalés llamado Malik, un chico delgado y risueño, que había encontrado ocupación como ayudante del hombre rana debido a sus excelentes dotes como buceador. Era el único hombre negro del puerto. Pero esta singularidad, sin él pretenderlo, le hacía débil. Estaba solo, apenas se trataba con nadie y, salvo unos pocos, la mayoría de la gente ni le dirigía la palabra, como si no existiese. No era más que un auxiliar, el muchacho de color que arrastraba el material y limpiaba los pertrechos del buzo del puerto.

Malik tenía dos problemas; uno, estaba enamorado de una chica blanca, una catalana llamada Montserrat, a la que regalaba flores y escribía encendidas cartas de amor, pese a la enconada oposición de la familia de ella; y dos, el grupo de moros que faenaba en el muelle pesquero, unos zarrapastrosos y sucios marroquíes que formaban parte de la tripulación de varios pesqueros y que, en un alarde de inusitado racismo, la tenían tomada con él, haciéndole blanco de sus burlas y amenazas. Y fueron estas dos circunstancias precisamente, su amor imposible por una chica española y su enemistad con los árabes, las que me convirtieron en su amigo.

Como he dicho, aquellos marroquíes no perdían ocasión de meterse con él, amparados cobardemente en la superioridad que les otorgaba el número. Eran seis o siete moros que trabajaban en los barcos de pesca, donde sufrían en sus carnes la misma amarga medicina que aplicaban al solitario negro. Quizás fuera su forma de vengarse de los frecuentes abusos y humillaciones que padecían en una tierra extranjera y con frecuencia hostil hacia los más débiles y desamparados.

La cosa es que un día los moros no permitieron a Malik entrar en el bar. No les gustaba que un negro compartiera la barra con ellos. Le cerraron el paso y comenzaron a empujarle para que se fuera. Malik se resistió discutiendo y forcejeando. Yo me encontraba en el bar en aquel momento y pude presenciar la escena desde la mesa donde estaba sentado en compañía de unos estibadores. Siempre me ha rebelado la injusticia, aunque el asunto no vaya conmigo. De modo que me asomé a la puerta y les dije que dejaran en paz al muchacho. Los marroquíes me rodearon escupiendo insultos, y ya lo estaba viendo mal para nosotros cuando alguien intervino de pronto a mis espaldas.

-¿Qué pasa, morenos, algún problema con mi amigo? – preguntó un tipo bajito, recio y con cara de mala leche, pero en el fondo buena persona. La afortunada intervención de Paco, un charnego andaluz, con cuyo hermano, Luis, había hecho amistad en el ejército, resultó decisiva.

Todo había sucedido en la acera. Los moros jamás se hubieran atrevido a montar follón dentro del local. Se fueron mascullando entre ellos. Bastó nuestra presencia para sentirse intimidados. La crueldad suele ser cobarde. Y aquellos miserables no lo eran menos. Rastreros y falsos con los poderosos, se tornaban hiel y vinagre para los indefensos.

-Vamos, no hagas caso – le dije a Malik – Entra a tomar algo.

Pasamos al bar y nos bebimos unas cervezas con los estibadores. Desde aquel momento comenzamos a tratarnos. Me hizo confidente de su furtivo romance y en alguna que otra ocasión le acompañé hasta la casa de la chica en el paseo marítimo, donde me encargaba de llamar al telefonillo del portal y esperar a Montse en la puerta, después la acompañaba a tomar algo y nos encontrábamos “casualmente” con Malik, todo dientes en su amplia sonrisa, en algún bar de Las Ramblas. Cuando terminaba mi copa, me largaba y los dejaba solos, pero con toda la ciudad para entretener sus amorosos devaneos.


 

 
T iempo después, cuando me vi sin recursos, acudí al puerto en busca de un empleo. Por mediación de los estibadores que conocía, me inscribí en las oficinas y obtuve mi carnet como trabajador portuario, el pase que necesitaba para poder acceder al recinto del puerto. Éste se hallaba vetado al público, quedando su acceso restringido únicamente al personal que trabajaba allí. Una alta y larga valla metálica lo defendía del exterior. Las puertas estaban vigiladas por las garitas de los carabineros, como aún persistían en llamar a los guardias civiles de aduanas.

Un poco antes, había tratado de navegar en un pesquero, y lo hice durante un par de semanas, pero resultó un rotundo fracaso. Yo también sufría mis propios escollos en la vida. Esta vez en forma de marinero marica al que le caí especialmente en gracia. Navegábamos en el mismo barco, El Santa Lucía, una embarcación de arrastre de 18 metros de eslora, un viejo cascarón azul y blanco que había conocido tiempos mejores, y de la que era patrón un catalán llamado Santos, hombre muy curtido en la mar. Pescábamos merluzas, sardinas, caballas y grande atunes plateados cuando caían en las redes.

Como iba contando, aquel tipo la tomó conmigo desde el primer momento. Supongo que le debían poner los chicos jóvenes. Y ya fuera a bordo, por mi absoluta inexperiencia en las artes del mar – me había enrolado a prueba como hombre para todo- , o en tierra, con piropos y ademanes lascivos que me dirigía sin importarle quien estuviera delante, la cuestión es que no me dejaba en paz. De manera que conozco lo que siente una mujer en estos casos. Sé bien lo que supone que un cerdo asqueroso te eche sus sucias babas encima y no puedas reventarle la cara a golpes.

He de reconocer, de todas formas, que Manolo era un caso especial. Por aquella época tendría unos cuarenta y tantos años, y era un individuo fuerte y fibroso, bajo de estatura, muy moreno, con la barba cerrada y ojillos pequeños y viciosos. No era flojo ni apocado, al contrario, se mostraba decidido y enérgico, incluso duro cuando era preciso. En el mar se comportaba como un verdadero profesional, un hombre centrado en su labor, que no admitía bromas ni excesos de confianza. Llevaba navegando muchos años y, a su modo peculiar, era un verdadero lobo de mar. Sabía imponerse y nadie se atrevía a faltarle al respeto.

Otra cosa muy distinta era cuando desembarcaba. Nada más pisar tierra sufría un cambio radical, como si, por arte de magia, se transformara en una persona completamente diferente. Hasta su forma de andar y moverse variaba. Lo que en el mar era fuerza y dureza, en tierra se volvía blandura y amaneramiento. Como quien se quita una máscara y revela su auténtico rostro, de pronto se tornaba una auténtica loca, extrovertida, deslenguada, procaz y libidinosa como un fauno. Entonces se hacía llamar Manolita. Y con esta misma dualidad se comportaba conmigo: áspero y exigente cuando estábamos faenando, y provocativo y rijoso una vez desembarcados.

Jamás perdía oportunidad de expresar en voz alta lo que me haría si me tuviera a su disposición, y no se cortaba a la hora de dar detalles. Me silbaba, me lanzaba besos y me hacía gestos lujuriosos. Yo le mandaba una y otra vez al infierno, pero le daba igual; ya fuese por las buenas o por las malas, no iba a dejar de meterse conmigo. Era su broma particular, un juego perverso que le divertía. Y cuanto mayor era mi enfado, más parecía gustarle; cuanto mayor era mi rabia, más parecía disfrutar, como si le excitara que mi resistencia fuese en aumento.

-Eh, ese culito es mío – decía delante de todos, a veces en medio de la calle, cosa que me hacía hervir la sangre – Que nadie lo toque, es sólo mío.

El problema tuvo un desenlace rápido e inesperado. Un mañana, tras finalizar la descarga del pescado en la lonja, fuimos al bar a tomar un carajillo de ron como teníamos por costumbre. Habíamos salido a faenar mucho antes del alba y la jornada había sido larga y agotadora. Por fortuna, la pesca se dio bien. Los motores de arrastre subieron las redes cargadas de peces en abundancia. La tripulación, formada por media docena de hombres, estaba contenta y satisfecha. Y entonces Manolo, o mejor dicho, Manolita, comenzó a burlarse de mí. La verdad es que en algo tenía razón. Yo no valía para navegar. Era un pésimo marinero. Me mareaba con demasiada facilidad y durante horas no era más que un dolorido despojo que a duras penas podía mantenerse en pie.

He de confesar que yo tampoco estaba para muchas bromas. Era uno de esos días en que, casi sin saber por qué, te levantas de una mala hostia impresionante, lo ves todo rojo fuego y el mal genio te nubla la razón. Estaba harto, harto de muchas cosas. Harto de aquel puto bocazas en primer lugar, harto de trabajar duro por cuatro cuartos, harto de los jodidos madrugones, harto de la mar salada que me había dejado las manos desolladas y en carne viva, harto del frío y la humedad, harto de los mareos que me sacaban a vómitos las entrañas, harto del pestilente olor a pescado crudo y gasoil, que llevaba metido hasta muy hondo de la nariz, harto de vivir en pensiones de mala muerte, harto de comer en tascas baratas, harto de las borracheras, los amigotes y las putas como mejor diversión, harto de estar más solo que la una, harto de todo, incluido yo mismo.

Toda esa mala leche reconcentrada se me vino encima de repente. No quería aguantar más. Apuré la copa de un trago, arrojé el cigarrillo al suelo y, sin mediar palabra, me fui directo hacia la Manolita y le aticé un puñetazo en toda la boca. Sabía que era mucho más fuerte que yo y que, si se lo proponía, en una pelea limpia, podría destrozarme con facilidad. Pero había rebasado con creces el límite que un hombre puede soportar.

Cayó de espaldas al suelo en un estrépito de sillas y mesas volcadas, más aturdido por la sorpresa que por la fuerza del golpe. Sin esperar más, pagué mi ronda, me eché el petate al hombro y, con un gesto al aire, me despedí de los presentes con un “hasta nunca”.

Pasé después una temporada un tanto perdido, dedicado a vagar sin rumbo de un lado a otro. En mi búsqueda de empleo todo fueron promesas baldías. Fue entonces cuando, gracias a la ayuda de mis amigos estibadores, conseguí un contrato temporal de obrero portuario.

Tenía que acudir temprano todas las mañanas a las oficinas del puerto, donde se sorteaban y distribuían los diferentes puestos en función del número de barcos que hubiera atracados en los muelles de carga. Si no había suficiente faena para todos, los sobrantes tenían que volver a sus casas y esperar a que otro día siguiente les llegara su turno de trabajo.

Como novato me solían tocar las peores ocupaciones, las más ingratas y, sobre todo, las menos provechosas, aquellas donde un hábil trabajador portuario podía ganarse un extra. En el puerto era práctica habitual que todo el mundo se llevara su parte, una pequeña porción de aquel gran pastel que suponía el comercio de las miles de toneladas de mercancías que pasaban a diario por los muelles y almacenes. Todos robaban, desde el más humilde estibador, pasando por los guardias, hasta los consignatarios y vistas, sin olvidar a la tripulación del mercante que la transportó en sus bodegas; si la carga valía la pena, nadie olvidaba agenciarse un pellizco. Era un robo, sin duda, pero que, a su modo ilegal y deshonesto, contribuía a mantener el flujo de bienes y dinero que suponía la incesante actividad que se desplegaba a diario en la zona del puerto.

Los mejores destinos eran aquellos que te ponían en contacto directo con objetos de valor o fácilmente vendibles: tabaco, bebidas, ropa, calzado, aparatos de imagen y sonido, relojes, marisco y perfumes, eran los botines más codiciados. Productos de toda clase y valor, desde los más exóticos hasta los más necesarios, salían y entraban por mar al puerto de Barcelona. Arribaban al muelle enormes buques mercantes procedentes de todos los rincones del orbe. Tuve ocasión de ver ondear en lo alto del mástil muchas banderas diferentes.

Pero nunca sospeché que un día tendría que sacar de matute una mercancía valiosa y, no por ello, menos infrecuente. Un contrabando de carne fresca. Como tantas otras cosas en la vida, fue un hecho totalmente casual y fortuito.

Una mañana soleada de invierno, me encontraba trabajando en la explanada del gas, un sitio solitario y apartado, donde se alzaban grandes depósitos de combustible líquido y gaseoso, un lugar al que nadie quería ir. Tenía que raspar el óxido provocado por el salitre de unas tuberías en desuso y a continuación aplicarles una mano de pintura antioxidante. Estaba ocupado en la tarea, cuando llegaron hasta mí oídos unas voces distantes pero perfectamente audibles. Alcé la cabeza y busqué el origen de aquellos gritos. Provenían de un barco con la insignia de las barras y estrellas que estaba amarrado en un muelle cercano. Una pareja formada por una mujer y un hombre de uniforme discutían a voces mientras descendían la pasarela, él arrastrándola violentamente por el brazo. Al llegar abajo, el marino la empujó con un insulto y la mujer fue a caer de rodillas sobre el duro suelo de cemento.

Solté la brocha y me dirigí despacio hacia el lugar donde estaba amarrado el mercante americano. Encontré a la mujer limpiándose las piernas detrás de un viejo container herrumbroso. Al verme aparecer de improviso se alteró mucho. Le hablé con calma. Estaba aturdida, temblorosa y apenas si podía articular palabra. Vestía un corto y ligero abrigo negro, altas botas de tacón, minifalda de cuero y una camisa blanca escotada.

Le ofrecí un cigarrillo y, poco a poco, logré que se tranquilizara y me contase qué demonios hacía una chica como ella en el interior del puerto. De su relato, inconexo y difícil de entender debido a su rudimentario conocimiento del castellano, pude entresacar la siguiente historia:

Me llamo Katia, soy rusa, tengo 19 años y trabajo en un piso con otras mujeres. Llevo en España cinco meses, pero casi no he pisado la calle. Tengo que trabajar mucho para pagar mi deuda. Ayer noche vino un hombre y me escogió a mí como compañía. Pero no quería pasar solamente un rato. Quería tenerme toda la noche. Estaba bastante bebido, pero eso es algo habitual. Muchos hombres vienen con unas copas de más. Se empeñó en llevarme a su barco. Decía que era el capitán. Eso suponía mucho dinero, así que accedí. Cogimos un taxi para ir puerto, pero antes me hizo bajar y me obligó a esconderme en el maletero. No me gustó, me asusté mucho y quise dejarlo. Pero él insistió en que no me pasaría nada. Además me daría más dinero. En el puesto de control, por lo que pude escuchar, el marino enseñó su pase y le permitieron la entrada en coche. El conductor siguió sus instrucciones hasta llegar junto a un barco muy oscuro y tan grande y alto como un enorme edificio de pisos. Me bajaron del taxi, el capitán le dio una buena propina al taxista y luego subimos a bordo. Yo seguía asustada y perdida. Era muy tarde y había un gran silencio. Sólo se escuchaba un sordo rumor que provenía de las tripas del buque. Por lo demás, parecía un lugar desierto, como si no hubiera nadie, aunque unas pocas luces permanecían encendidas en el puente de mando. Supongo que la mayor parte de la tripulación estaría de juerga en la ciudad. Me llevó a su camarote. Yo quería terminar cuanto antes, pero él siguió bebiendo hasta ponerse desagradable y violento. Le cogí miedo. Por suerte, al final estaba tan borracho que terminó por quedarse dormido. Yo aproveché para marcharme, pero me extravié en aquel laberinto interminable de pasillos y escaleras, hasta que me tropecé con un tipo de uniforme que me sacó del barco y me echó pasarela abajo" – sonrió tristemente al concluir. Luego miró su reloj de pulsera, que marcaba casi las diez – Es muy tarde. Tengo que irme.

Era aquel un lugar retirado por el que rara vez se dejaba caer nadie. Eché un vistazo a mí alrededor. El mar estaba en calma y el aire era frío y diáfano. En la distancia se alzaba un bosque de metal formado por las altas estructuras de las grúas que manejaban los contenedores, apilados en interminables murallas de abigarrados colores, mientras los mercantes y los gigantescos buques rolón mantenían sus compuertas abiertas en los muelles de carga como si de las enormes fauces de monstruos marinos se tratara, al tiempo que varias largas filas de camiones de gran tonelaje aguardaban impacientes su turno para salir. Más allá, a lo lejos, en la “zona franca”, se divisaban numerosos almacenes y edificios de oficinas, en cuyos despachos se gestionaba cuanta mercancía pasaba por el puerto. Estábamos los dos solos.

-Escúchame bien – le dije – Si te cogen los guardamuelles, o, peor aún, la policía, te detienen y te deportan. No tienes permiso de residencia y tampoco puedes estar dentro del puerto sin autorización. ¿Me entiendes?

Asintió con un gesto.

- ¿Te fías de mí? – le pregunté a bocajarro.

Me miró un instante en silencio con sus bonitos ojos grises y, a pesar del miedo y el recelo que asomaba en ellos, dijo:

-Sí, me fio, pareces un tío legal.

Sonreí y le ofrecí un cigarrillo liado. Yo lié otro para mí y luego arrimé el mechero al suyo.

-No puedes salir ahora tú sola. Te cogerían fácilmente. Tienes que esperar aquí a que termine la jornada. Yo puedo sacarte escondida en mi coche, igual que entraste. ¿Qué me contestas?

Fumó pensativamente mirándose la puntera de las botas, alzó la cabeza, me miro directamente a los ojos y pregunto:

-¿No me pasará nada?

-Yo me la juego igual que tú si nos pillan. ¿Qué voy a decir? ¿Qué te sacaba oculta en el maletero para hacerte un favor? Todo el mundo pensará que fui yo quien te metió a escondidas en el puerto para hacer negocio. Seré tu chulo. ¿Sabes lo que es un chulo?

-Conozco la palabra.

-Y tú, ¿tienes chulo?

-Debo dar parte de lo que gano a un ruso, un tipo llamado Vladimir. Él fue quien me trajo a tu país.

-Bueno ya nos ocuparemos de tu amigo más tarde. Ahora aprovecha para dormir un poco si te apetece.

Le expliqué cómo localizar mi coche. Por suerte, estaba aparcado no muy lejos de allí, a la entrada del muelle, junto a una vieja caseta de hormigón y chapa que hacía las veces de improvisado vestuario. Debía sacarla de incognito en el maletero de mi Seat 1200 Sport. El espacio era reducido, menos mal que la chica era pequeña y menuda. Una rubia delgada y no muy alta, pero con un bonito rostro eslavo. Le entregué las lleves con la mejor de mis sonrisas, una sonrisa llena de confianza y seguridad. Después regresé a la faena y esperé ansiosamente a que llegara el final de mi turno a mediodía.

Cuando llegó la hora, me quité la ropa de trabajo a toda prisa y me cambié sin esperar a lavarme. Quería ser de los primeros en fichar y largarme. Estaba impaciente por abandonar el puerto.

Al llegar al coche, aparcado al fondo de la explanada, ella dormitaba sobre el asiento del acompañante echado hacia tras. Se incorporó al verme y sonrió con desgana mientras se desperezaba. No había nadie, así que le hice un gesto señalando el maletero abierto, salió del auto y se introdujo en su interior sin decir nada, quedando allí dentro encogida, mirándome con sus tristes y bonitos ojos grises.

-Es cosa de unos minutos, aguanta un poco – le dije al cerrar.

Subí al coche y puse el motor en marcha. Mientras conducía despacio hacia la puerta más próxima, no dejaba de pensar en que ojala conociera a los guardias del control. Tuve suerte. Conocía a uno de ellos. Confiaba en poder salir sin tener que abrir el maletero, como a veces ocurría en los controles de salida.

-¿Qué tal, Oscar, cómo te va? –saludé deteniéndome a su altura.

-Me quejaría pero me va a dar igual. Afortunado tú que te llegó la hora de plegar.

-Yo he cumplido con mi trabajo, ahora te toca a ti. Y el mío es mucho más importante que el tuyo. Por lo menos hago algo útil.

-No me toques los huevos y lárgate de aquí.

-¿No me va a registrar, señor agente? Llevo whisky y tabaco rubio de contrabando.

-Anda y que te jodan.

-Ya me gustaría – hice un gesto de despedida - Buen servicio.

Alzó la barrera y yo continúe adelante. Libre. Suspiré de alivio. Nuca se sabía con los jodidos guardias. Como bien dicen en “La Jungla de asfalto”, nunca puedes fiarte de un policía, cuando menos te lo esperas se ponen de parte de la ley.

Tras dejar atrás el puerto y buscar un lugar alejado de miradas indiscretas, Katia subió delante y la llevé conmigo al apartamento del barrio del Pi donde me había mudado recientemente, tomó una ducha caliente mientras yo preparaba algo de comer y luego durmió la siesta. Al anochecer, se marchó. Quedamos en vernos. Y así fue.

Mi relación con ella fue breve, apenas un par de meses en los que salimos juntos en varias ocasiones. Aunque hablaba el idioma con dificultad, teníamos una edad parecida y nos resultaba fácil entendernos. Además, nos caímos bien desde el principio. Recuerdo que solíamos pasear por Las Ramblas, comíamos en algún restaurante de la parte antigua de la ciudad, y más tarde íbamos a tomar unas copas y a bailar, para terminar la noche en mi casa. A pesar de su existencia desgraciada, Katia tenía la risa fácil y todavía no se había amargado en exceso. Después la perdí de vista. Sin explicaciones, sin despedidas. Simplemente, desapareció sin dejar rastro. Y nunca más volví a saber de ella. Pronto la olvidé. Pero no del todo. Ha pasado mucho tiempo desde entonces, y sin embargo, a veces, como ahora, me pregunto qué habrá sido de su vida.

1 Comment

  1. Felix dice:

    Aunque sabes que no soy un apasionado de la ficción, he de reconocer que la historia me ha gustado.
    Incluso, ahora que lo pienso, me ha hecho dudar de si solo era ficción.

    Qué diablos, confieso: he terminado con una media sonrisa queriendo creer que fue real…

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