Durante mis años de montañero aficionado me entregué con entusiasmo a las rocas y a la nieve, pero mis logros fueron ínfimos, casi inapreciables. A mí me bastaba con salir, y poder respirar aire puro, y sentir el sol, la lluvia y el viento en la cara, y ver todo aquel espacio abierto ante mis ojos, y sentirme libre y despreocupado, bien por un tiempo, disfrutando de las alturas, con los pies colgando en el vacío, contemplando sin prisa y con calma el esplendoroso mundo que se divisaba desde tan alta atalaya.