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TRAVESIA CON RAQUETAS 7

24/05/2017

DÍA 7 - Viernes 03-03-2017

 
H oy es el último día con raquetas en el Parque Nacional de Oulanka.

Cuando entramos en la cabaña la chica ya no está, ha tenido que partir temprano. Nosotros a lo nuestro. Derretimos nieve para el café, té o cacao en mi caso, para algún termo y para lavar los platos y el pequeño aseo personal, es decir, lavarse los dientes, no da para más.

La ruta que nos queda es corta, unos 3 o 4 kilómetros, con destino de nuevo a Juuma.

Jaime decide, no sabemos por qué motivo, evitar un recorrido alterno para llegar. Un paso de escaleras o un puente que califica "de la muerte". Es una expresión que ha utilizado en otros tramos y que entiendo se debe a que el grupo que conduce no es muy avezado en técnicas de marcha con raquetas, o tal vez sea simplemente por su propio cansancio. Creo que su cabeza lo que quiere es terminar pronto con esta travesía.

Antes de abandonar la cabaña, Jaime nos enseña cómo hacer fuego sobre la nieve. Primero colocamos varios leños a modo de cama y con otros se hacen las paredes, dejando espacio para el paso del aire. En su interior se enciende el fuego. Tiene conocimientos sobrados para sobrevivir en distintos medios y dirige una escuela de supervivencia en Madrid. Lo dicho, una lástima no haber sacado más rendimiento de él en este viaje.

Recogemos las tiendas, dejamos limpia y con leña la cabaña y luego emprendemos la marcha.

Esta parte de la ruta cercana a Juuma es bastante frecuentada y, cuando estamos a punto de partir, vemos llegar a una familia con sus perros. Su presencia hace que me acuerde de Franki, al que he tenido que dejar en una residencia muy a mi pesar y más aún el suyo. Es un mestizo, medio mastín y husky, que hallé abandonado hace ya unos años y, desde entonces, comparte mi vida. Pienso en lo que hubiera gozado en el país de la nieve. Habría sido un buen compañero, como ya lo es cuando vamos juntos a la montaña.

Andrea se encarga del único pulka que llevamos con nosotros. Al ser poca distancia, no quiere que nadie la releve. Es de una energía inagotable esta mujer. En apenas dos semanas, volverá a irse con sus padres y su hermana a Islandia, un viaje que les ha organizado y donde hará de guía.

Alrededor de las 12,30 llegamos a un antiguo molino reconvertido en refugio para excursionistas. Se llama Molino de Myllykoski. El río que antaño movía sus palas lleva mucha fuerza, con peligrosos saltos de agua. Nos tomamos un respiro para sacar unas fotos.

Poco después alcanzamos el punto final de la travesía. Estamos en Juuma. Nos fundimos en un abrazo todo el grupo conscientes de que ha llegado a término nuestra aventura. Más llevadera para algunos, más sufrida para otros. Más intensa, más bella, más gratificante, en función de las expectativas que se marcara cada uno o que esperase le aportaría esta travesía. Cada uno se llevará sus propios recuerdos y lo que ha significado este viaje.

Para mí no es más que una travesía, una más de mis salidas al medio natural. Claro está, me llevo la aventura de lo desconocido, algo que me atrae y me atrapa. Lo desconocido de un país diferente, una región extraña, mi limitación con el inglés, conocer gente nueva, para mí es un reto muy atractivo. Todo entonces te puede sorprender para bien o mal, pero me gusta tener que descubrirlo. Ha sido una experiencia muy intensa, esa es la principal sensación que me llevo al finalizar el viaje.

Nos deshacemos del pulka entre risas, como si supusiera una especie de liberación. No lo echaremos en falta, desde luego.


 

 
D epositamos las raquetas en el porche junto con los bastones. No han resultado incomodas durante tantas horas de marcha, incluso había tramos en los que no hubieran sido necesarias al estar la senda parcialmente despejada por el paso de las motos de nieve, pero también se agradece despojarse de ellas.

Entramos en un típico restaurante finlandés con pieles de reno en las paredes, viejas raquetas de madera símbolo de épocas anteriores y, coronando el salón, una gran chimenea de piedra.

Jaime invita a tomar un café o té, que acompañamos con un trozo de pastel, mientras mencionamos lo bien que sienta poder hacer uso de nuevo de los baños con agua caliente del restaurante, privados de las comodidades urbanas durante estos seis días. Es cuando faltan, aunque sea por breve tiempo, como en nuestro caso, cuando echas de menos estas pequeñas cosas que normalmente no suelen apreciarse en lo que valen.

Un taxi con remolque llega para recogernos y llevar los pulkas, raquetas y mochilas. Nos traslada al complejo de Ruka donde nos alojamos el primer día. Descargamos toda la impedimenta y luego procedemos a vaciar los pulkas, cuyo contenido habrá de servir a un nuevo grupo dirigido por Jaime, en esta ocasión una ruta con esquíes que emprenderá al cabo de un par de días.

Volvemos a encontrar nuestras austeras habitaciones. Lo primero y más urgente es darse una ducha caliente, placer largamente añorado. Me desprendo de la ropa, casi una segunda piel, que he usado constantemente estos días. En estos casos no vale ser muy delicado, ni hay que hacer ascos a la ausencia de limpieza corporal.

Delante del espejo compruebo los estragos de la prueba que ha supuesto esta travesía invernal. Tengo los hombros enrojecidos y doloridos de portar la pesada mochila, el cabello encrespado y tieso, la barba desaliñada y el rostro fatigado y ojeroso. Nada que no pueda solucionar una ducha, abundante comida y un buen descanso. Algo que no podré hacer hasta que llegue a casa, pues mañana toca madrugar: a las 04:30 horas un coche nos conducirá al aeropuerto de Kuusammo para coger el vuelo de regreso a España.

Nos gustaría disfrutar de una auténtica sauna finlandesa, al estilo tradicional, pero desafortunadamente la del albergue está rota. Un contratiempo que tratamos de solucionar yendo a otra más distante. Seguimos las indicaciones que nos han dado, pero al cabo de un rato de andar a la intemperie, el frío y la noche nos obligan a desistir. Una pena.

De vuelta en nuestras habitaciones, nos disponemos a preparar la cena con los últimos restos de lo que llevábamos, a la que añadimos, para darnos un regalo, una tarta de sobre y unas cervezas compradas en el supermercado del complejo. Tampoco hay ocasión para conocer la gastronomía finlandesa en su variedad típica lapona. Otra pena.

En fin, brindamos por el éxito de la travesía en el calor y comodidad de la habitación. No da tiempo a mucho más. Hay que preparar el equipaje para mañana, empaquetar el material de la agencia que llevaremos de vuelta a España y después intentar descansar o dormir algo.

Supone un enorme placer estar de nuevo en una cama, sobre un mullido colchón, poder estirar las piernas y moverse sin sentir pegado a ti el aliento y el cuerpo de tu compañero. Habituado estos días a temperaturas más bajas, el cálido ambiente de la habitación se me antoja un tanto insoportable, pero el cansancio acumulado pronto me hace conciliar el sueño.

Un rato antes, pude sentir el gélido aire de la noche boreal mientras fumaba un último cigarrillo y me despedía mentalmente de esta bonita región.

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