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TRAVESIA CON RAQUETAS 6

24/05/2017

DÍA 6 – Jueves 02-03-2017

 
L as chicas ya están despiertas en la otra tienda, se escuchan sus voces, sus risas. Nosotros somos más remolones y austeros en palabras al despertar, si acaso un gesto seguido de un ¿qué tal has dormido?, por todo saludo.

Me he despertado bastante durante la noche, como siempre hay irregularidades en el terreno que, por mucho que nos esforcemos en alisar, no se consigue y hace que te acuerdes continuamente de un buen colchón.

La mañana es fría y el cielo amanece cubierto.

Cuando nos preparamos para partir, llegan un chico y una chica realizando la ruta con raquetas. Ella, que luce unas largas rastas y no usa ropa técnica, se colocará durante una parte del trayecto detrás de nosotros. No sabemos si es por la compañía, por no perderse o esperar que nosotros abramos huella, pero cuando hacemos una parada para beber, continúa ella sola.

Esta parte de la travesía ya no es tan boscosa y cruzamos más zonas abiertas. Divisamos asentamientos de cabañas que parecen ser fincas privadas. Casas de fachada de madera roja bermellón con listones blancos, motos de nieve y cobertizos o leñeras. Sin embargo, no vemos a persona alguna, solo edificaciones aisladas en mitad de la nada.

No es hasta casi el final cuando llegamos, según advierto por los postes de la luz, a un núcleo de población de apenas una docena de casas. Estamos en Juuma. Se trata de una serie de cabañas de madera y un restaurante. Un lugar donde descansar, pescar, hacer senderismo, descenso de ríos o cualquier otra actividad que brinde el entorno. Aquí dejamos dos de los pulkas con parte de nuestras pertenencias y del equipo, ya que para la ruta final de mañana con uno solo nos basta. En él llevaremos los últimos restos de comida, la cocina, botiquín, cuerdas y una de las palas.

Haciendo uso de los frontales, cruzamos el puente colgante Niskakoski que cruza el bravo río Kitxajoki. El ruido del agua en la oscuridad indica que se trata de un río caudaloso. El foco de luz muestra que nos hallamos al borde de la orilla. Por nada del mundo me gustaría caer arrastrado por el pulka ribera abajo, engullido en la tenebrosidad de la corriente. La cascada que, según Jaime, no vemos tiene que ser uno de los mayores atractivos de la zona.

Varios jóvenes aparecen frente a nosotros por el sendero surgidos de repente de las tinieblas de la noche polar. Caminan ligeros y seguros, livianos en su carga, mientras nosotros, portando a las espaldas grandes mochilas y tirando de los pesados trineos, como mulos de recua, avanzamos con pasos cortos y movimientos torpes.

Está nevando.


 

 
C omo ya viene siendo habitual, para llegar a la cabaña tenemos que descender un tramo de escaleras, por lo que hacemos uso de las cuerdas y los sistemas de anclaje de fortuna con nuestras fuerzas, ya un poco escasas.

En la cabaña vemos a la chica que viaja sola y sin ropa técnica, cosa que nos llama la atención, especialmente a Jaime, que señala que esa ropa de algodón en una tormenta, o simplemente mojada bajo estas temperaturas, pronto forjaría una coraza helada, es decir, que tendría serios problemas. Por lo menos, nos ha calentado la cabaña.

Es una habitación minúscula con dos tarimas a modo de literas ocupando todo una pared, una mesa y dos bancos de madera y una hermosa estufa en el rincón. De parecido corte y con las mismas infraestructuras a las que hemos visitado, pero de menor tamaño. Cuenta con una leñera y dos casetas de baños, uno para chicos y otro para chicas. También suelen disponer de un espacio para el compostaje, en el que solemos echar los desperdicios de la comida.

Intentamos no hacer ruido ya que está durmiendo dentro de su saco, pero resulta misión imposible. Extendemos los mojados sacos encima de las tarimas para secarlos con el calor del fuego. La humedad no es lo que mejor le va a la pluma, así que es preciso eliminar hasta la última gota de condensación. Nos quitamos la ropa exterior técnica y la colgamos también a secar. Entre unas prendas y otras, aquello parece el tenderete de un mercadillo callejero.

Descanso al quitarme las botas, que están cumpliendo a la perfección con lo esperado, mantienen perfectamente el calor y no calan. Son una buena prueba para ellas. Pero tengo unas pequeñas rozaduras en los talones que ya empiezo a notar cuando andamos.

Ya cambiados, nos disponemos a realizar nuestra última cena de travesía, intentando devorar todo lo posible. Cuanto menos llevemos, más ligera será la carga que arrastraremos con el pulka. Así lo manifestamos con un poco de desprecio ante semejante artilugio, que ha sido motivo de sorna y rechazo durante toda la travesía. Cada día suponía un suplicio colocarnos el arnés para tirar de una pesada carga. Pero estas cosas encierran un componente innegable de sufrimiento, que es preciso pagar para vivir experiencias únicas e inolvidables. Hablando de torturas, Jaime no tiene fin con sus chistes.

Hoy durante la ruta hemos estado hablando mientras caminábamos. Tenemos películas en común. Ya en los primeros días hizo mención de una de mis favoritas, Las aventuras de Jeremiah Johnson. Ahora hablamos de Hacia Rutas Salvajes y de Christopher McCandless, el joven americano que se aventuró sin equipamiento y conocimientos en plena naturaleza salvaje de Alaska y los motivos por los que murió. Le hablo de El último cazador de Nicolás Vanier y, para mi asombro, Jaime, que frecuenta como guía Alaska y conoce la ciudad de Dawson, dice que los lugareños, los auténticos tramperos, no quisieron participar en el rodaje, y que su protagonista, Norman Winter, fue sacado de un bar y no es en nada el avezado trampero que representa en la película. Que ni siquiera la actriz que hace de su mujer es india y que en aquella zona no le tienen mucho aprecio a Nicolás Vanier. Cuando se lo cuente a mi hermano, que adora esa película, le sorprenderá mucho también.

¿Quién sabe? Aun así, mi aprecio por la obra de Vanier, tanto por sus documentales como por sus relatos de viajes – recomiendo leer La odisea blanca, su único libro editado en español hasta la fecha-, no se verá mermada un ápice. Y aunque El último cazador fuese realmente una enorme patraña, una obra de ficción en lugar de un documento vivo sobre un trampero de nuestros tiempos, no por ello dejaría de ser una gran película. Una de las aficiones de Jaime y Andrea es el buceo. Ambos se preguntan si han estado en este océano o en tal mar. Y hablan de lo fabuloso de algunas de sus inmersiones. De bucear acompañados de diferentes clases de tiburones o rayas. De sumergirse en el agua por la noche.

Aprovecho la ocasión para mencionar que hubiera sido verdaderamente ameno que Jaime, protagonista de tantas azarosas experiencias en su calidad de explorador polar, nos hubiera hecho oyentes de sus relatos de viajes y aventuras. Pero no estaba el curtido viajero para cuentos y se los guardó para sí mismo.

Me siento en el pequeño porche de la cabaña, sin más distracciones que el sonido del río, que se escucha cerca y profundo en la oscuridad. Un remanso de paz. Mientras contemplo el cielo estrellado, libre de contaminación lumínica, lio un cigarrillo. Me hace feliz encontrarme aquí, en una de las regiones más fascinantes y salvajes de la tierra.

El viaje está llegando a su fin, e intento reconstruir mentalmente todo lo sucedido durante la travesía, los pasos dados, los dolores de espalda, el frío intenso, la nieve sobre mi cara y bajo mis pies, pero por encima de todo me llevo el recuerdo de la belleza de estos bosques boreales. Los espacios abiertos completamente nevados, las montañas y la naturaleza constituyen mi mayor pasión. Algo por lo que merece la pena estar vivo.

Los tramos complicados de salvar con las raquetas y los pulkas, me afianzan como conocedor de este tipo de terreno, bien aquí en Finlandia o en los Pirineos, Gredos o Navacerrada, mis lugares habituales de recreo en España.

Se hace tarde y me voy a dormir en el reducido espacio de la tienda, mi incómodo refugio durante las últimas cinco noches.

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