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SONIA KOVALÉVSKAYA
o LA PASIÓN INTELECTUAL DE VIVIR

03/04/2017

Para mi hermana María.Una mujer de gran corazón. Con una mente despierta, inquisitiva y llena de curiosidad por todas las cosas.

 
E n un principio, Sonia Kovalévskaya lo tenía todo para ser feliz y estar satisfecha con su destino. Era una mujer guapa, inteligente y con fortuna, hija de una familia noble de la Rusia de mediados del siglo XIX. Pero algo le impedía sentirse bien consigo misma. A pesar de su nacimiento privilegiado, tuvo que luchar mucho para que su talento fuera reconocido, primero por sus propios padres, reacios a que una mujer perteneciente a la aristocracia estudiara y trabajase, y luego por la sociedad de su época, renuente a que las mujeres, más allá de la clase social, emprendieran estudios y se convirtieran en seres cultos e independientes por el simple hecho de haber nacido mujer.

Sonia fue una matemática excepcional, la primera mujer que se doctoró en esta disciplina y consiguió ser profesora de Universidad, además escribió obras de literatura y fue una de las pioneras del movimiento por la emancipación de la mujer. Dejando atrás prejuicios de clase, recibió la influencia de las nuevas ideas sociales que durante aquellos tiempos revueltos encarno el nihilismo, movimiento de gran auge sobre todo entre la juventud y que luchaba por una sociedad más justa y libre en la tiránica Rusia de los zares.

En una época en que a las mujeres le estaba vedado acceder a la cultura y a la educación, en que carecían totalmente de independencia para actuar libremente, su espíritu libre y decidido y su genio matemático la ayudaron a superar estos obstáculos que se interponían en sus aspiraciones personales, como eran alcanzar las más altas cotas del pensamiento científico y literario. Su talento como escritora se puso asimismo de manifiesto en diversas obras, entre las que destacan sus conmovedoras memorias tituladas Recuerdos de la infancia, libro que recomiendo encarecidamente a todos los que gusten de la buena literatura, pero con especial atención a las mujeres que deseen conocer cómo se creó su destino colectivo. Por otra parte sus logros científicos ayudaron a que otras mujeres emprendieran el mismo camino de liberación y desarrollo personal como individuos, luchando contra los prejuicios imperantes en una en sociedad cerrada que se lo impedía tan sólo por el hecho der haber nacido mujer. En la década de 1850, Europa, y por extensión Rusia, se vio sacudida por una gran agitación política y social, el movimiento romántico estaba en su apogeo y los jóvenes se rebelaron contra los obsoletos y rancios principios que regían en la jerárquica y clasista sociedad de entonces, y cuya ideas progresistas pretendían cambiar el mundo. En un año tan tardío como 1861 fue cuando los siervos rusos consiguieron la libertad gracias a un decreto del zar Alejandro II. Rusia se enfrentó a diversos intentos de reforma, la juventud reclamaba una mayor participación en los asuntos que le concernían, como eran la educación universitaria, y las mujeres no fueron ajenas a estos nuevos aires reformadores, y algunas féminas más osadas comenzaron a perseguir su propia emancipación como mujeres.

Sonia vivió inmersa en las ideas y acontecimientos de su época, siendo una de las primeras mujeres en abrirse camino, senda que habrían de seguir muchas otras a continuación, en una ardua tarea de emancipación personal. Para poder estudiar tuvo que abandonar su país y pedir permisos especiales para asistir a clase, que cuando le fueron negados se vio obligada a recurrir a las clases particulares. Sus publicaciones científicas le dieron mucho prestigio, sobre todo a raíz de la obtención del reputado Premio Bordin otorgado por la Academia de Ciencia de París, pero, a pesar de ello y de contar con un doctorado en matemáticas, siempre hubo de vencer la resistencia social que acarreaba su condición de mujer, y que de haber sido hombre le hubieran concedido sin vacilar. Como mujer que era, las normas le impedían ingresar en la Academia de Ciencias de San Petersburgo, y únicamente en la progresista y liberal Universidad de Estocolmo pudo obtener un puesto de trabajo como profesora, ya que ninguna otra universidad europea se dignaba admitir a mujeres en su claustro docente. En su breve e intensa vida, trabó amistad y relación con eminentes científicos como Darwin y escritores como Ibsen, Dostoievsky y George Eliot, seudónimo de la escritora británica Mary Anne Evans, de quien fue amiga íntima. Por desgracia, su prematura muerte a los 41 años, truncó una vida dedicada a la ciencia y a la lucha por los derechos de la mujer.


 

 
S ofía Vasilíevna Korvin-Krukovskaya, más conocida como Sonia Kovalévskaya, nació el 15 de enero de 1850 en Moscú, hija del general Vasili Korvin-Krukovski y de Elizaveta Shubert, de origen germano, ambos pertenecientes a la nobleza rusa. Fue la mediana de tres hermanos, Anna, más conocida como Aniuta, seis años mayor que ella y la persona que ejerció mayor influencia en su vida, y su hermano pequeño Fiodor, llamado Fédia, tres años más joven.

Desde muy niña sintió, si no el rechazo, la indiferencia de sus padres, que esperaban ansiosamente el nacimiento de un hijo varón y para quienes la llegada de una niña supuso una gran decepción. En un espíritu tan sensible como el suyo, este sentimiento debió resultar extremadamente doloroso.

En sus memorias señala que escuchó decir a su niñera: “Tanto el señor como la señora hubieran querido tener un hijo…Todo estaba preparado para un varón; un crucifijo para el bautismo y un gorrito con los lazos azules. Pero nació otra niña. La señora quedo tan decepcionada que no quiso ni mirarla”.

Cuando tenía seis años, su padre abandonó el ejército y la familia al completo se trasladó a su hacienda de Palibino, donde Sonia pasaría el resto de su niñez y adolescencia, como bien nos cuenta en Recueros de la infancia, la autobiografía que escribió sobre aquel periodo de su existencia.

No recibió una educación formal, sino que siguiendo las costumbres de aquel tiempo para las mujeres, su educación entre los seis y los doce años le fue confiada a una institutriz inglesa llamada Marguerite Franzovna, una mujer dura y estricta que no supo entender la especial sensibilidad e inteligencia de una niña dotada de excepcional precocidad y talento.

Aunque los castigos corporales estaban prohibidos, la institutriz se encargaba de colocar un cartel colgando de la espalda de la pequeña Sonia, en el que hacía constar con grandes letras la falta que había cometido, y con este letrero debía moverse por la casa. Cuando la falta se consideraba de mayor gravedad, la obligaba a contárselo directamente a su padre, visita que atormentaba a la pobre niña, que lloraba rogando le fuera evitado este castigo, pero la institutriz no cedía a pesar de poder presenciar por sí misma el doloroso y traumático efecto que tales escarmientos producían en la niña.

“Cuando había cometido alguna falta, me colgaba en la espalda un letrero en el que estaba escrita mi falta con grandes letras y tenía que aparecer en la mesa con ese adorno. Odiaba tanto ese castigo que cuando la institutriz me amenazaba con él se disipaba inmediatamente mi sueño

Sonia amaba los libros, pero la lectura le estaba rigurosamente limitada a unos escasos ejemplares considerados aptos para su educación, por lo que para satisfacer su ansia debía transgredir las normas y leer a hurtadillas los numerosos volúmenes que componían la biblioteca familiar. Aunque leía todo cuanto caía en sus manos, adoraba especialmente la poesía, pero los versos le estaban estrictamente prohibidos bajo aquella especie de ley marcial en la que se educaba, y la niña tenía que aprender de memoria los versos que leía o que escribía.

“Como la mayoría de los niños que crecen en soledad, yo me había creado un mundo imaginario lleno de sueños y fantasías, cuya existencia nadie sospechaba.

Amaba la poesía con pasión. El ritmo de los poemas ejercía sobre mí un efecto tan maravilloso, que desde la edad de cinco años ya componía versos.

Sin embargo mi institutriz no aprobaba estas ocupaciones; tenía muy claras sus ideas sobre el modelo de una niña sana y normal que más tarde se convertiría en una señorita ejemplar y los versos no entraban en su concepto de educación. Perseguía con ardor mis gustos poéticos: si por desgracia caía en sus manos un trozo de papel con mis poemas, me colgaba el letrero en la espalda”.

No solo prohibía y cortaba de raíz todo intento poético, también censuraba y controlaba los libros que podía leer. Pero Sonia se apoderaba de cuantos libros caían en sus manos y los leía a escondidas, lo que no impidió que en ocasiones fuera sorprendida en flagrante delito de lectura, como ella misma cuenta en su autobiografía:

“Normalmente mi estrategia tiene éxito. Oigo los pasos de la institutriz en la escalera, y antes de que entre tengo tiempo de dejar el libro; ella se queda convencida de que he estado todo el tiempo jugando con la pelota, como una niña bien educada. Sin embargo dos o tres veces me sorprendió en flagrante delito, tan absorbida estaba con mi lectura que sin advertir su proximidad, me pareció que la institutriz salía de la nada”.

Por fortuna, dos de sus tíos estimularon en ella las ansias de aprender y educarse, tanto en ciencia como en literatura. Pero su mayor cómplice fue su hermana mayor Aniuta, entusiasta del teatro, y que en su rebeldía juvenil se había hecho nihilista, como muchos otros jóvenes de su generación. También escribía artículos firmados con el seudónimo de Juri Ovrelov, como El sueño, que fue publicado en el diario La Época de Dostoyesky.

“A través de él (su tío Piotr Korvin-Krukovski) oí hablar sobre la cuadratura del círculo, asíntotas y muchas cosas semejantes cuyo sentido desde luego no comprendía, pero que influía en mi fantasía y me inspiraron una especie de pasión por las matemáticas, para mí una ciencia superior y enigmática que revela a quienes la dominan un mundo nuevo y maravillosos al que la mayoría de los mortales no tienen acceso”.

Sonia no limitó su interés a la literatura. Sentía especial predilección por las matemáticas, pero su padre, que detestaba a las mujeres cultas, le prohibió expresamente dedicarse a estas materias que consideraba exclusivas de hombres. Sonia consiguió un libro de álgebra que leía a escondidas cuando todos dormían.

Sin instrucción previa y sin ayuda de nadie, debió abrirse camino por sí sola, de modo que estudió altas matemáticas por sus propios medios, un hecho realmente asombroso y extraordinariamente difícil. Pero era tal el empeño de la pequeña Sonia por aprender que, pese a su extrema juventud y nula preparación, logró por sí misma ir adquiriendo los complejos conocimientos matemáticos que desconocía por completo y que se requerían para poder descifrar el libro. Hasta el punto de llegar a conclusiones matemáticas y desarrollar conceptos que otros habían alcanzado exactamente igual en sus estudios.

Tras mucho insistir y gracias sobre todo a la mediación de sus dos tíos y de un vecino profesor de matemáticas que había quedado admirado de sus dotes intelectuales, su padre consintió al fin que Sonia recibiera clases particulares. El profesor particular quedó asombrado por la rapidez y facilidad con la que aprendía “como si los hubiera sabido de antemano”.

Sonia relata en su memorias que cuando se fueron a vivir al campo, no hubo suficiente papel pintado para cubrir todas las paredes de la casa, quedando el cuarto de los niños sin empapelar, por lo que para suplir esta carencia se utilizaron los pliegos de papel de un viejo libro de matemática sobre cálculo diferencial e integral, curiosa estampación para un dormitorio infantil. No obstante, para Sonia fue algo providencial, como un regalo del cielo, y a pesar de que desconocía los extraños signos que podían verse en las paredes de la habitación, quedó completamente prendida de ellos, pasando las horas muertas en absorta contemplación de números y ecuaciones, que a tan temprana edad le resultaban del todo incompresibles, pero que más tarde, cuando comenzó a estudiar matemáticas, cobraron su verdadero significado.

A causa del gran número de cuartos, el papel pintado no alcanzó para el cuarto de los niños….Se esperó a otra ocasión y durante muchos años la habitación estuvo empapelada con escritos antiguos. Por casualidad se habían empelado para este empapelado provisional las conferencias litografiadas de los cursos de Ostrogradski sobre Cálculo Diferencial e Integral…Estos pliegos abigarrados de antiguas e incomprensibles fórmulas reclamaron pronto mi atención. Me acuerdo como de niña me quedaba parada horas enteras delante de esta pared enigmática, intentando descifrar al menos frases sueltas y descubrir el orden consecutivo que debían seguir las hojas. Esta contemplación prolongada y cotidiana acabo por grabar en mi memoria la imagen externa de muchas fórmulas, incluso el texto, que en ese momento me resultaba incomprensibles, dejó una huella profunda en mi mente”.

En la década de 1860 surgió en toda Rusia un movimiento juvenil denominado nihilismo que, en su lucha contra las viejas estructuras sociales, se enfrentó al principio de autoridad y luchó por la liberación de los siervos y la emancipación de la mujer. Los nihilistas querían cambiar la sociedad y hacer de Rusia un país más libre, próspero y culto, y esto solamente podía lograse mediante el desarrollo de las capacidades personales de cada individuo, sin importar la clase social o de género.

Su hermana Aniuta, una joven bonita, alta y con una larga cabellera rubia, había conocido estas ideas renovadoras a través del hijo del pope y trasmitió sus principios nihilistas a su hermana pequeña, que siempre había albergado una gran admiración hacia su hermana mayor y cuya influencia aceptaba sin replicar.

En 1865, la familia regresó a Moscú para que los hijos siguieran estudiando, aunque en aquella época no estaba admitido que las mujeres pudieran asistir a las clases de la universidad.

Pero esta prohibición no consiguió impedir que las mujeres más decididas pudieran aprender. Sólo había una forma de lograrlo, y era salir al extranjero y estudiar o asistir a universidades francesas, alemanas o suizas, más liberales en estos aspectos. Ante la negativa de la mayoría de los padres a consentir el viaje de estudios, la hijas optaron por una medida radical dentro del disimulo y engaño que aparentaba. El procedimiento, bastante empleado entonces, era el matrimonio de conveniencia. Buscaban a un joven que compartiera sus ideas revolucionarias y que estuviera dispuesto a asumir este arreglo matrimonial, que las liberaba de la sujeción paterna, y juntos viajaban fuera para poder estudiar.

Sonia y su amiga Zhana se lo propusieron a diversos jóvenes sin éxito, hasta que dieron con el candidato ideal, un estudiante llamado Vladimir Kovalevsky, hijo de buena familia, y que con el tiempo sería uno de los fundadores de la Paleontología Evolutiva, quien estaba dispuesto a contraer matrimonio con Sonia. A pesar de su juventud, lograron vencer, no sin dificultades, la resistencia del general Korvin-Krukovski para que accediera a consentir el matrimonio de su joven hija. Por fin la boda se celebró en 1868. Sonia tenía 18 años. Empezaba para ella una nueva vida, libre del asfixiante ambiente familiar y de la opresiva y retrógrada Rusia zarista.

En la primavera de 1869 llegaron a Viena, donde a Sonia le fue vetada la asistencia a clase, pero tras mucho insistir consiguió que la admitieran como oyente. En 1870, se trasladaron a Berlín para estudiar con Karl Weierstrass, considerado el padre del análisis matemático, quien escribió sobre Sonia a Lazarus Fusch, conocido por sus contribuciones al estudio de las ecuaciones diferenciales, presentando los resultados obtenidos para que pudiera recibir el doctorado:

“En cuanto a la formación matemática de la señora Sonia Kovalévskaya en general, yo puedo aseguraros que he tenido pocos alumnos con los que pueda comparar su capacidad intelectual, su energía y su entusiasmo para la ciencia”.

En Berlín las cosas le fueron aun peor, ya que ni siquiera podía asistir como oyente, de modo que solicitó recibir clases particulares del eminente matemático. Weierstrass quedó asombrado por la precocidad de la joven rusa, y para ponerla a prueba le dio una serie de problemas de difícil resolución, que Sonia resolvió brillantemente, con soluciones claras y originales. La impresión fue tal que accedió a enseñarle en privado.

Durante cuatro años estudió con el reputado matemático alemán. Tiempo en el que trabajó además en varios proyectos científicos originales. Sonia escribió al respecto:

“Estos años tuvieron la más profunda influencia en mi carrera matemática. Determinaron irrevocable y definitivamente la dirección que seguiría mi labor científica: todo mi trabajo ha sido hecho en el espíritu de Weierstrass”.

Aun siendo miembros de una familia aristocrática, los jóvenes vivían en difíciles condiciones, pero que compensaba el hecho de poder entregarse a su pasión por el conocimiento y la ciencia.

Su hermana mayor Aniuta era una mujer notable, aficionada a la literatura, que escribió algunos artículos que fueron publicados en el periódico literario que editaba Dostoievski, con quien trabó amistad, llegando el escritor a solicitar su mano en matrimonio, pero fue rechazado. En 1866 había abandonado Rusia para ir a Ginebra con la intención de estudiar medicina. Durante su estancia en Suiza, se relacionó con radicales rusos y, más importante aún para ella, conoció a Victor Jaclard, un joven estudiante de medicina recientemente exiliado de Francia por sus ideas revolucionarias. También trató a Marx y Bakunin, y acabó por unirse a la Primera Internacional como miembro de la sección rusa.

Sin el consentimiento de sus padres, había viajado a París mientras tanto en compañía de Jaclard, quien pudo regresar a Francia gracias a la caída de Napoleón III en 1870. Pero en lugar de encerrase a estudiar en un pequeño y sórdido cuarto de pensión como su hermana, Aniuta estaba decidida a vivir la vida política y literaria de la capital francesa. En 1871 participó activamente en la Comuna de Paris. Había establecido relación amorosa con Víctor Jaclard, el joven líder comunero, y durante el sitio de la ciudad por las tropas gubernamentales permaneció con el hombre que amaba a pesar del peligro.

Anna Jaclard, como se la conocía, intervino en el comité sobre los derechos de la mujer, en la educación de las niñas, escribió para la revista La Sociale, y conoció de cerca a la anarquista Louise Michel y a la escritora André Leo, con quienes, entre otras, fundó la Unión de Mujeres para luchar por la igualdad salarial, el sufragio femenino, la violencia doméstica y el cierre de los burdeles.

Sonia atravesó las líneas enemigas y logró entrar en la ciudad sitiada pese al cerco y permanecer con su hermana unas semanas, para regresar más tarde a Berlín con el fin de continuar sus estudios.

Tras la derrota de la Comuna, Jaclard fue condenado a muerte y ella a trabajos forzados a perpetuidad en la colonia penal de Nueva Caledonia en el Pacífico, en donde fue confinada Louise Michel durante siete largos y duros años. Aniuta pidió a Sonia que intercediera ante su padre para que este hiciera valer su influencia y salvara a su compañero. De esta manera, el general Korvin-Krukovski se enteró al fin de la vida real de sus hijas en el extranjero, Aniuta conviviendo con un hombre sin estar casada y Sonia manteniendo un matrimonio ficticio con un esposo con el que ni siquiera convivía. El viejo general aceptó la situación con más tolerancia de la que cabía suponer en un hombre mayor y de su talante, lo que le granjeó el afecto filial de sus hijas al final de su vida.

En octubre de 1871, con la ayuda de Fedia, el hermano pequeño, y de su padre, el general Korvin-Krukovski, consiguieron por fin escapar de la prisión donde ambos estaban confinados. Primero huyeron a Suiza y luego a Londres, donde se alojaron en la casa de Karl Marx.

No obstante esta dificultades, Sonia continuó con sus estudios y en 1874 logró por fin doctorase. Lo hizo en la universidad de Göttingen, que, pese a su reticencia inicial y a todas las trabas que puso, acabó por otorgarle el ansiado nombramiento en base a la brillantez de su tesis doctoral, con el grado de doctora “Cum laude”, además de ser publicada en una prestigiosa revista matemática reservada exclusivamente a las mentes más destacadas. Su trabajo sobre ecuaciones en derivadas parciales continúa siendo fundamental en este campo, de modo que al enunciado principal se le conoce como el teorema de Cauchy-Kovalévskaya. Sonia se convirtió en la primera mujer en el mundo que obtuvo un doctorado en matemáticas.

En un alarde de incongruencia propio de aquellos tiempos, a pesar de su titulación, no podía trabajar en ninguna universidad por el mero hecho de ser una mujer. En Rusia solicitó permiso para presentarse a la pruebas de admisión para profesores universitarios, pero el Ministro de Educación se lo denegó expresamente.

Durante ese periodo, quizá abatida por la muerte de su padre y por la negativa oficial a ejercer su profesión, Sonia abandonó el estudio de las matemáticas y se centró en escribir artículos científicos y críticas de teatro.

La relación con su fingido marido había dado paso a una mayor intimidad, que con el tiempo supuso el nacimiento de una hija, en 1878, llamada Sofía Vladimírovna Kovalévskaya, a quien apodaron Fufa.

Una conferencia sobre integrales abelianas la devolvió al mundo académico. El profesor sueco Gósta Mittag-Leffler, alumno de Weierstrass, había acudido al congreso científico celebrado en San Petersburgo, con el objeto de animarla a reanudar su trabajo matemático. Por mediación de este profesor, Sonia solicitó una plaza en la universidad de Estocolmo, un centro nuevo y más progresista que permitía el acceso de la mujer a los estudios en igualdad de condiciones que los hombres.

Las dificultades en el hogar debido a un distanciamiento del matrimonio, a la que se sumaron otros problemas de índole económica, la impulsaron a tomar la determinación de dejar su casa, su país y tratar de ganarse la vida mediante la enseñanza en el extranjero. Pero ni en Moscú, ni Berlín ni París consiguió puesto alguno por la única razón de su condición femenina que la apartaba de cualquier posibilidad de ocupar un puesto docente.

El 15 de abril de 1883, Kovalevsky , que había fracasado en los negocios tras realizar varias especulaciones financieras desastrosas, se suicidó ingiriendo una botella de cloroformo para no tener que afrontar las acusaciones de fraude, llevado quizá por el remordimiento de haber arruinado su vida y a su familia.

La noticia de la muerte de su marido sumió a Sonia en un estado de trance del que no se recuperó hasta pasados cinco días. Fue su pasión por las matemáticas lo que la ayudó a superar tan trágica desgracia.

Por fin, en noviembre de 1883, la universidad de Estocolmo le ofreció un puesto docente, en un principio no remunerado, hasta comprobar su competencia como profesora. El asunto llamó la atención de la prensa que publicó el sorprendente suceso que suponía que una mujer diera clases en la universidad, una institución tradicionalmente dominada por los hombres y que siempre había vetado el acceso de la mujer al conocimiento y la educación. Pero no todos recibieron la noticia con agrado. El famoso dramaturgo August Strindberg, escribió en un artículo:

“Una mujer profesora de matemáticas es un fenómeno pernicioso y desagradable, incluso se podría decir que es una monstruosidad”.

En Suecia se hizo amiga de Anna-Charlotte Leffler, escritora y hermana de Mittag-Leffler, con quien compartía sus ideas sobre la emancipación de la mujer. Ambas mujeres no tardaron en colaborar juntas, y fruto de su trabajo en común fue el drama La lucha por la felicidad. Su relación fue tan estrecha y cercana que, cuando murió Sonia, Anna se encargó de escribir su biografía.

Tras superar el primer año de prueba, en 1884, fue nombrada oficialmente profesora por un periodo de cinco años más. Durante los cinco años siguientes, Sonia impartió tres cursos por semana sobre la introducción algebraica a la teoría abeliana, cursos que en Alemania eran considerados de alto nivel por su gran dificultad, además de supervisar el trabajo de sus alumnos y proseguir con sus investigaciones. Escribió numerosos artículos que eran publicados en las más acreditadas revistas de ciencia.

En 1887, decidió presentar un trabajo al prestigioso Premio Bordin, que la Academia de Ciencias de Paris convocaba para los originales dedicados a resolver el problema mecánico de la rotación de un cuerpo sólido alrededor de un punto fijo sometido a la ley de la gravedad. Para Sonia suponía una de las cosas más bellas del mundo encontrar la solución de un problema científico y poder discutirla y compartirla con otros matemáticos.

Aquel verano debió regresar a Rusia para cuidar a su hermana gravemente enferma por una enfermedad del corazón que la mantenía inmovilizada, sin dejarle siquiera leer ni escribir. Al comienzo del nuevo curso, volvió a Estocolmo acompañada de su hija Fufa.

Hasta entonces había vivido en una pensión, entregada por completo a sus clases y sus trabajos matemáticos, pero la presencia de su hija la obligó a buscar una casa donde alojarse y dedicar tiempo al cuidado y educación de la niña.

Según dicen, Sonia compartía ese rasgo de la personalidad que parece ya un estereotipo entre sabios y científicos de genio pero despistados, incapaz de hacer frente a las vulgares nimiedades de la existencia cotidiana, absorbida como estaba por cuestiones de mayor calado intelectual.

En el otoño de 1887, recibió la noticia de la muerte de su querida hermana Aniuta, que había regresado a Rusia junto con Victor Jaclard, ella dedicada a trabajar principalmente como periodista y traductora, y él como profesor de francés. Este funesto suceso, junto con el fracaso de su obra conjunta con Anna-Charlotte, la sumió en un estado depresivo.

Contribuyó a sacarla de la depresión, la investigación matemática que deseaba presentar al Premio Bordin, y el haber conocido a un hombre, jurista de profesión, llamado Maksim Kovalevsky, pariente lejano de su fallecido marido. Maksim Maksimovich Kovalevsky era el más destacado sociólogo de Rusia, de cuyo Instituto Internacional de Sociología llegó a ser presidente en 1905. También fue profesor de sociología en el Instituto Psico-Neurológico.

En la navidades de 1888, la Academia Francesa de Ciencias acordó concederle el galardón por su trabajo sobre el problema de la rotación de un cuerpo alrededor de un punto fijo. Por la excepcional calidad de su obra, decidieron asimismo elevar el monto del premio de 3000 a 5000 francos. Esta distinción era de las más importantes que cualquiera podía recibir en el mundo científico de la época. El presidente de la Academia dijo sobre ella:

“Nuestros miembros han encontrado que su trabajo no es solo testimonio de un conocimiento profundo y amplio, sino también de una gran mente creativa”.

Sin embargo, cuando volvió a Estocolmo, las relaciones con Makxim y el esfuerzo realizado la habían dejado totalmente agotada y deprimida, de modo que comía mal y dormía peor y se sentía incapaz de calmar sus nervios.

Solicitó un breve permiso por problemas de salud, con el fin de salir de una ciudad que la asfixiaba y a la que consideraba especialmente provinciana, y, al mismo tiempo, buscar un nuevo puesto en París gracias al premio obtenido, a pesar de que en mayo de 1889 la universidad de Estocolmo la había nombrado profesora vitalicia.

Fue entonces cuando llevada por un acceso de melancolía, comenzó a escribir un libro autobiográfico al que tituló Recuerdos de la infancia (en España se tradujo por Memorias de juventud).

La propia Sonia encontraba natural esta doble entrega a la literatura y las matemáticas, algo que ciertas personas podían considerar contradictorio cuando no opuesto, como si fueran ámbitos enfrentados. Sonia creía que tanto el escritor y poeta como el científico y matemático debían ver en la realidad lo que los demás no ven. Además las matemáticas, según ella, exigían un alto grado de imaginación.

“El hecho es que (las matemáticas) es la ciencia que más imaginación necesita. Uno de los grandes matemáticos de nuestro siglo dice muy acertadamente que es imposible ser matemático sin ser un poeta del espíritu. A mí me parece que el poeta debe ser capaz de ver lo que los demás no ven, debe ver más profundamente que otras personas. Y el matemático debe hacer lo mismo”.

La relación de amor con Maksim sufrió altibajos que la hacían sentirse triste. Como ella afirmaba, su necesidad de ternura y amor era mayor que su ambición. Anna-Charlotte escribió sobre su amiga:

"Desde entonces la ciencia daba valor a su vida; todo lo demás, la felicidad personal, el amor, la naturaleza y los sueños de la imaginación eran la locura; la solución de un problema científico era el objetivo más elevado que alguien puede proponer, y poder compartir y discutir esta ideas intelectuales, suponía para ella, la cosa más bella del mundo”.

Escribió por aquel tiempo una novela llamada Vera Barantsova, la historia de una joven revolucionaria, que fue publicada en Suecia en 1892, al año siguiente de su muerte, y que en Rusia recibió el título de Una nihilista (1906).

En mayo de 1890, viajó a Rusia con la intención de ingresar en la Academia de Ciencias de San Petersburgo, lo cual le posibilitaría salir de Estocolmo, estancia que consideraba poco menos que un exilio. Pero de nuevo se volvió a dar de bruces con el consabido rechazo de la mayoría de los miembros que se opusieron a su nombramiento, en base a unas supuestas criticas de sus trabajos matemáticos, que analizadas más tarde se comprobaron completamente infundadas, un simple pretexto para impedir el nombramiento de una mujer. Hasta recibió un escrito del Ministro de Educación comunicándole que sólo podría ser maestra de mujeres porque en Rusia no se permitía que una mujer ocupara cargos universitarios, sin importar sus méritos y capacidades.

Sonia viajó a Berlín, donde se encontró con su amiga Anna-Charlotte, y más tarde con Makxim, que venía de Oxford. Confesó a su amiga que a pesar de considerarle “como el mejor de los camaradas y el más agradable de los amigos”, no estaba dispuesta sin embargo a perder su independencia por contraer un nuevo matrimonio.

“No quería ser tan banal, ni imitar a las mujeres que renuncian a su carrera personal cuando encuentran a un marido. Nunca dejaré Estocolmo sin haber asegurado antes una posición mejor, o sin haber conseguido como escritora suficiente prestigio para vivir de ello”.

El inicio del curso fue difícil, se sentía triste y abatida, nerviosa, y sólo hallaba solaz y descanso en sus investigaciones matemáticas.

“Estoy recibiendo cartas de felicitación de todo el mundo, pero por una extraña jugada del destino no me he sentido en toda mi vida tan infeliz como ahora. Tan infeliz como un perro; pero a favor de los perros espero que ellos no puedan sentirse tan infelices como los hombres y sobre todo como las mujeres”.

En navidad se reunió en Niza con Makxim para hacer montañismo. Durante el viaje de regreso, para evitar una epidemia de gripe que asolaba Copenhague, atravesó las islas danesas. El trayecto fue largo y difícil, y tuvo que caminar bajo la tormenta cargada con su equipaje, lo que la hizo enfermar. Cuando llegó a Estocolmo se encontraba totalmente exhausta, al límite de sus fuerzas.

Dio unos días de clase, pero, cuando no pudo más, debió guardar cama sumida en una completa postración. El 10 de febrero de 1891, con tan sólo 41 años, falleció de pulmonía.

Muchos periódicos recogieron la noticia de su muerte alabando a una mujer excepcional, que tanto había hecho por la ciencia y la liberación de las mujeres. En Rusia, sin embargo, el Ministro declaró: “Se ha oído hablar mucho de esta mujer que en el fondo no era más que una nihilista”.

Sonia no sólo abrió las puertas a otras mujeres que le siguieron, fue pionera y un ejemplo inspirador para otras en todo el mundo. No obstante, hasta 1908 en Francia, Marie Curie no fue nombrada profesora de universidad, y hasta 1933 en EEUU, para que Emmy Noether fuese profesora de matemáticas. Sonia Kovalévskaya está considerada entre los mejores matemáticos gracias a sus trabajos de investigación, e introdujo novedosos métodos que provocaron grandes cambios y reformas en diferentes áreas de las matemáticas. Su enorme talento y habilidad para penetrar las relaciones más complicadas del análisis son inigualables. Entre otros, el resultado más importante consistió en demostrar que los famosos anillos de Saturno tenían forma oval. El conjunto de su obra marcó una enorme influencia en las matemáticas del siglo XX.

El prestigioso matemático sueco Magnus Gustaf Mittag-Leffler escribió a su muerte las palabras que mejor definen a esta singular y excepcional mujer:

Sonia Kovalévskaya tendrá un lugar eminente en la historia de las matemáticas. Pero no es solo como matemática o como escritora por lo que se debe apreciar a esta mujer de tanto valor y originalidad. Como persona era aún más extraordinaria de lo que se puede pensar de su obra. Todos aquellos que la conocieron y estuvieron cerca de ella, recodarán siempre la impresión viva y poderosa que su personalidad les produjo".

Sonia Kovalévskaya fue la primera mujer en obtener el grado de doctora en matemáticas, fue además una nihilista rusa que no dudaba de sus posturas políticas, comprometida siempre con la causa de la libertad y la justicia, ideas a las que se mantuvo fiel durante su corta vida. Por si no bastara,fue portavoz de los derechos de la mujer en un tiempo en que ésta se hallaba sometida por una sociedad carente de igualdad entre sus miembros. Todas estas cosas hicieron de ella una amenaza para la caduca, obsoleta y machista comunidad científica europea, dominada como el resto de la sociedad de entonces exclusivamente por hombres.

El cráter lunar "Kovalevskaya" lleva este nombre en su honor, al igual que el asteroide 1859, figura estelar que forma parte del cinturón exterior de asteroides y tarda 2099 días en completar una órbita alrededor del Sol.

BIBLIOGRAFIA:

-SONIA KOVALÉVSKAYA – María Molero y Adela Salvador.

Ediciones El Orto (2002) Biblioteca de mujeres Nº 43

-MEMORIAS DE JUVENTUD – Sofía Kowalewskaia

Editorial Herder (1997)

-SOFYA KOVALEVSKAYA (en ruso: Софья Ковалевская), película de 1985, dirigida por Ayan Shakhmaliyeva y protagonizada por Elena Safonova.

1 Comment

  1. Jesús dice:

    Extraordinario artículo. Por desgracia muchas han sido las mujeres sumidas en el olvido.
    Gracias por sacarla y darla a conocer.

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