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SOCIO, MI PERRO

25/03/2017

Soy un hombre de perros. Y como amante de los perros, podría escribir largo y tendido sobre ellos. Cuando uno ha vivido con un perro durante años, a veces por única compañía, se llega a conocerlos íntimamente y, por tanto, a apreciarles sin más remedio.

 
S oy un hombre de perros. Y como amante de los perros, podría escribir largo y tendido sobre ellos. Cuando uno ha vivido con un perro durante años, a veces por única compañía, se llega a conocerlos íntimamente y, por tanto, a apreciarles sin más remedio. Y si hay perros malos es porque sus dueños los han convertido en malvados a base de un trato cruel. Por los demás, cada animal tiene su propia personalidad, de tal manera que se puede decir que algunos tienen tanto o más carácter que mucha gente. Los hay nerviosos, tozudos y torpes, o listos, capaces y diligentes, igual que las personas, aunque la bondad o maldad de un perro está en función directa, como decía, de la clase de ser humano que le acompaña y lo alimenta.

Algunos de mis mejores amigos han sido perros. Los he querido y ellos me han devuelto con creces el cariño dado; estoy seguro de que me han demostrado mayor afecto que la mayoría de la gente que he conocido. Una de las mejores y más gratas sensaciones que se pueden sentir en esta vida es la de tener la amistad de un perro fiel.

Dicho esto, es fácil comprender el entusiasmo que despiertan en mí los perros, hasta el punto de no entender mi existencia sin la presencia de un perro a mi lado. Han compartido mi vida desde hace muchos años. Son leales compañeros en los buenos y en los malos tiempos. Un perro constituye la compañía ideal, el elemento que compensa y hace soportable la soledad. Todo esto parece más propio de un ser humano, pero también se le puede atribuir a un perro. Incontables personas en todo el mundo pueden atestiguar lo que digo. Gente para quienes su perro ha pasado a ser un miembro más de la familia, cuando no toda su familia.

Siempre me gustó que Schopenhauer, el pesimista y gruñón filósofo alemán que detestaba a la humanidad en su conjunto, salvara de su odio a los animales, sobre todo a los perros, y dejara una partida en su herencia para el cuidado y mantenimiento de Atma, el perrillo de lanas que le acompañaba en todos sus paseos y se tendía a sus pies mientras escribía sus grandes obras filosóficas. Ejemplo que he seguido, pues me atormentaría eternamente saber que mis perros han quedado abandonados a su suerte tras mi muerte.

Es la condena y el privilegio canino. La dependencia que ha llegado a tener del ser humano este noble animal, le ha privado de su natural sentido de la libertad. Ya no podría sobrevivir en el mundo actual sin la mano protectora del hombre, para quien supone animal de compañía, alimento y trabajo, pues muchos canes se ganan trabajando el alimento que comen. Hasta ese extremo han llegado en su asimilación de las costumbres humanas.

Bien, han sido numerosos los perros que han pasado ya por mi vida: Hermes, un perro lobo grande y juguetón; Lua, negra como el carbón y viva como una chispa; Thelma, mi preciosa medio husky, salvaje e indómita hasta el final; Canuto, el chuchete callejero que se pegó a mí en un aparcamiento madrileño, todo bondad e inocencia; Brisa, aun con sus patas traseras operadas era veloz como el rayo; Fivi, una flaca perrita callejera con los ojos más que bonitos que he visto jamás en un animal, y cuyo apellido debía ser Houdini a juzgar por sus innato talento para la fuga, estuvo un tiempo y ahora aprende el alemán de Schopenhauer; y Gerry Durrell y Maggie Simpson, dos pequeños greñudos, unidos como hermanos, que van juntos a todas partes, dos ángeles con cara de perro, que son mi gozo y alegría en estos momentos. Todos ellos han sido únicos y excepcionales a su manera individual, cada uno con sus rasgos peculiares que lo diferenciaban de los otros, y no me refiero tan sólo al tamaño o al aspecto externo, sino a sus personalidades particulares. Todos ellos supieron ganarse mi afecto y confianza. Todos ellos me dieron compañía y satisfacción. Todos ellos merecen mi cariño, gratitud y recuerdo. Todos y cada uno de ellos tiene un hueco en mi corazón para siempre.

Pero por alguna razón que no atino bien a comprender, hay uno que merece mención aparte, uno que siempre será mi perro. Se trata de Socio, un chucho callejero que llegó a mi vida un buen día, traído por el azar, y se quedó para compartir juntos nuestro destino común. Ya no volvió a separarse de mí hasta que murió, tras diez años de cercana y feliz convivencia. Con este animal establecí una conexión muy especial, quizás por lo apegado que estábamos el uno al otro, o tal vez porque nuestros temperamentos congeniaron de forma muy fuerte y estrecha. Durante el tiempo que estuvimos juntos, allí donde yo estaba se podía apostar que, salvo las obligadas ausencias del trabajo, el perro siempre permanecía a mi lado. Y puedo decir con orgullo que, excepto sus primeros años de vida, que contaré más adelante, el resto de su existencia fue placentera, alegre y caninamente dichosa.

En las ocasiones en que fue posible, y cuando el perro así lo demandaba, he procurado dejarles la puerta abierta de casa. Con Socio lo hacíamos desde el primer momento, en su etapa inicial de medio pensionista. Luego prosiguió la costumbre, menos los años que pasamos en la ciudad. Pero incluso entre el gentío y el tráfico urbano, podía dejarlo solo. Aunque esto pueda parecer una temeridad, no lo era. Y nunca tuve que lamentarlo. Estaba seguro por completo de que al salir del estanco, la librería o la tienda de la esquina, Socio seguiría esperando fuera pacientemente, a pie firme, como siempre ocurrió.

A todos nos parecen nuestros hijos y nuestros perros los mejores y, sin duda, una gran parte lo son para sus familias. Es natural. Sin embargo, he tenido muchos perros (perdón por la expresión, que sirva únicamente para hacernos entender; nunca he tenido ánimo de posesión hacia nadie, personas o animales; los perros simplemente compartían mi vida, como un buen amigo que un día llega a casa y se queda a vivir), y puedo asegurar que no he conocido a ninguno como él.

Eran muchas las particularidades que lo diferenciaban de los demás perros, para empezar su alegría tranquila prácticamente inalterable, que era su rasgo esencial de carácter, la expresión de su personalidad canina. Resultaba admirable su extraordinaria capacidad de adaptación a todo tipo de entornos, lugares y personas diversas. Vivió conmigo en pueblos y ciudades, en casas con patio y jardín o en pisos minúsculos, a través de cuyo balcón observaba la calle, varios pisos más abajo. Le tocó vivir en bastantes sitios diferentes, ya que me acompañó allá donde me llevaban mis diversos empleos.

Por suerte para Socio, fueron unos años en los que abandoné casi por completo el hábito de escribir, al que me había dedicado con una pasión desbordada y exclusiva desde la adolescencia. Pero que, al fin y al cabo, era preciso reconocerlo, me había conducido a un callejón sin salida. Cuando se tienen diecisiete años y se apuesta todo a una sola carta, la jugada es muy arriesgada. En mi caso, perdí, fracasé en alcanzar mi sueño de hacerme escritor profesional. Para ganarme la vida, tuve que trabajar en cualquier cosa, la mayoría empleos sin futuro, al menos para mí.

Llegó un momento en que me vi obligado a tomar una determinación al respecto. Una decisión que entrañaba cierta dosis de dolor, como si me amputarán un brazo. Tenía que romper con un pasado que me mantenía atado es una espiral autodestructiva, debía librarme del peso muerto en forma de bola de hierro que arrastraban los convictos en la antigüedad, pues algo así era escribir en el vacío.

De modo que mi escapada del pueblo, donde me había entregado plenamente a escribir durante unos años, no solo era una salida física sino también una escapada mental. Tenía que renovarme o morir, y lo cierto es que me gustaba vivir, a pesar de todo. En un plan deliberado de cambio de vida y de costumbres, casi podría decirse que hasta de personalidad, abandoné la silla de escritor y me centré en las actividades corporales, yo, alguien que había prestado nula atención a su propio cuerpo mientras trataba de cultivar su intelecto. Esta renovación suponía una especie de sanación física y de salvación espiritual.

Por fortuna, encontré dos deportes que me gustaron desde el primer contacto y a los que me dediqué en cuerpo y alma muchos años. Uno fue al boxeo, fantástico como entrenamiento físico, al que además hallé muy divertido; me gustaba boxear: saltar a la cuerda, hacer sombra, golpear el saco y cruzar los guantes un par de asaltos. Me lo pasaba bien y nunca he estado en mejor forma. A lo que también contribuyó el buen ambiente del gimnasio, un local grande, de altos techos y aspecto un tanto decaído, con sobrias y rigurosas máquinas de culturismo y un espacio aparte para el ring y los sacos.

Desgraciadamente, la experiencia fue breve. Al cabo de un par de años, el gimnasio cerró sus puertas y fue vendido para instalar una gran tienda de chinos. Probé en otros más modernos, pero ya no era boxeo auténtico sino otras modalidades de lucha que incluían patadas, de manera que guardé mis guantes en la vieja bolsa de deporte y dije adiós a mi pesar.

En aquel tiempo, recuerdo correr por el parque con Socio pegado a mis talones, o más frecuentemente aún, siguiéndole las huellas tras su espeso rabo marrón, con un tórrido calor en verano y frío y lluvia en invierno, en un programa personal de endurecimiento físico, del que creo que él disfrutaba más que yo, a juzgar por el entusiasmo que mostraba al verme calzar las zapatillas.

Más importante y decisiva fue la pasión que durante unos años despertó en mí la práctica del montañismo. Fue un descubrimiento por el que debo eterno agradecimiento a mi hermano menor, el auténtico montañero de la familia. Mi hermano siempre ha demostrado poseer espíritu aventurero y ya desde niño le gustó acampar al aire libre y emprender excursiones campo a través. A su lado, soy un simple aficionado, un caminante de montaña que en cada salida sueña con ser alpinista.

Como no ignoraba que el alpinismo entraña cierta dosis de riesgo, realicé mis cursos de aprendizaje en la escuela de Madrid, luego escalé un poco en la Pedriza y Gredos fue el escenario de mis más que modestas hazañas montañeras, lo que hace de mí un humilde aficionado, aunque como muchos otros, mi amor por las montañas es tan inmenso como esas grandes moles de roca maciza. No son simples espacios naturales, sino que tienen una presencia física y espiritual impresionante. No es de extrañar que en muchas culturas sean consideradas como la residencia de los dioses, por el misterio, amenaza y sensación de fuerza natural incontenible que desprenden las altas cumbres. El ser humano que pisa las montañas cobra un sentido real de las medidas que ocupa en el Universo. Siente la pequeñez e insignificancia de su persona y a la vez la grandeza de ánimo que alberga el espíritu y el corazón humano.

Por toda la mítica que se atribuye al montañismo como forjador del carácter y exponente máximo de una acción aventurera y de extremo peligro, puede resultar un lugar común afirmar lo mucho que ha influido en mí. Pero la realidad es así. Las frecuentes salidas a las montañas me ayudaron a mantener la cordura en una época un tanto difícil de mi vida. El opresivo ambiente que vivía en un jodido trabajo de mierda, donde apenas podía respirar, me hacía ansiar las escapadas que hacía con mi hermano en busca de aire libre y espacios naturales y salvajes. Durante unas pocas horas o varios días, hacía acopio de oxígeno y libertad, alejado de mi gris existencia ciudadana, con el que enfrentar de nuevo mis demonios personales.

Y Socio siempre estuvo allí, en verano durmiendo a mi lado bajo las estrellas en un improvisado campamento de montaña, o dentro de la tienda en invierno, bien apretujado entre el gigante de mi hermano y quien esto suscribe. Ese perro subió y bajó por sitios no siempre fáciles, pero en su afán de seguirme nunca se quedó atrás, aunque es verdad que a veces tuvimos que ayudarle a trepar o descender por pasos excesivamente empinados y pedregosos. Demostró siempre un coraje, una entrega y una resistencia fuera de lo común. Lo recuerdo ahora y no deja de conmoverme. Ciertamente, era un perro digno de asombro y admiración.

Esos años coincidieron con Socio. Ya he contado como el día que me marchaba del pueblo, donde había vivido durante varios años, con la furgoneta en marcha, abrí la puerta del vehículo y Socio se coló dentro, en nuestras vidas, para siempre.

Tuvo la suerte de vivir mucho tiempo suelto, de salir con frecuencia a parques y montañas, a ríos y campos, en los que podía sentirse completamente libre. Entonces corría con el rabo en alto, lanzándose tras cualquier estímulo que le saliera al paso, siguiendo una pista con el hocico pegado al suelo persiguiendo conejos o haciendo levantar el vuelo a bandadas de palomas. En todo momento era la viva estampa del placer de existir.


 

 
S ocio era un mestizo sin raza definida, tal vez con algún ancestro lejano de golden retriever a juzgar por su espeso pelo rojizo, las orejas grandes y caídas y el rabo peludo y largo como un florido plumero, siempre erguido y en constante movimiento, extremidades del cuerpo que no solo le servían de timón y antenas, sino también para expresar una extensa y variada gama de emociones y deseos, ya mantuviera estas partes alternativamente tensas y levantadas o alicaídas y agachadas. Pero su capacidad de expresión a través de la mímica gestual era realmente notable, sobre todo proviniendo de un perro que en muy raras ocasiones ladraba o gruñía.

Tenía un carácter confiado, sereno, dócil, pero contento y vital al mismo tiempo, una alegría tranquila, como he dicho antes, nada agresivo ni violento, pero fiero y valiente en un apuro, y de una fidelidad y apego absolutos, además de esforzado hasta límites insospechados.

Socio era como mi sombra, allí donde yo iba el venía conmigo. No necesitaba una correa al cuello para llevarlo. Aprendió por su cuenta a caminar a mi lado. Y, al igual que esto, nunca hizo falta enseñarle cómo tenía que comportarse, ni hubo que adiestrarle previamente, como si un sentido innato le hiciera comprender lo que se esperaba de él.

La verdad es que, ahora que lo pienso, hasta en eso demostró tener un talento natural fuera de serie. Cuando nos conocimos, ya era un perro adulto, aunque todavía joven. El veterinario al que lo llevamos para sus primeras vacunas y reconocimientos, aseguró que debía rondar los dos años de edad. Además de por su constitución física, parece ser que es la edad aproximada en que sacan al campo a los perros más jóvenes para que los más viejos y experimentados los enseñen a cazar. Y Socio, a juzgar por su aspecto, con toda seguridad corrió la desgraciada suerte de estos canes cazadores.

Yo vivía entonces en un pequeño pueblo próximo a Toledo, a donde me había mudado harto de vivir en los oscuros y angostos callejones toledanos que ahogaban las casas impidiendo la llegada de la luz del sol. Y fui allí, poco antes de nuestra partida, cuando un buen día apareció por la calle un perro callejero de espeso pelo rubio al que pronto se le unió un compañero, un canijo de lanas grises también abandonado, ambos dedicados a deambular libremente por el pueblo. Se podía ver a la extraña pareja en la plaza, hurgando entre los cubos de basura o huyendo perseguidos por otros perros del lugar.

Poco a poco se fue acercando a nuestra casa, al principio sólo para comer y beber y luego para pasar las frías noches de invierno dentro del garaje, sobre una vieja manta junto a la caldera de leña. La cuestión es que, cuando llegó el momento de marcharnos definitivamente, tuvimos que decidir que hacíamos con él. En unos pocos meses le habíamos cogido cariño, ya que era un animal que se hacía querer fácilmente.

La furgoneta estaba cargada con nuestros escasos enseres, la casa limpia y vacía, lista para ser abandonada, otra mudanza más en lo que venía siendo un largo e interminable peregrinar. Casi más que una simple decisión fue una acto instintivo. Vamos, que se venga, no podemos dejarle en la calle, nos dijimos Ana y yo en algo en lo que estábamos completamente de acuerdo.

Se trató sin duda de una de las decisiones más afortunadas que he tomado en mi vida, algo por lo que siempre estaré agradecido al destino o al azar que dispuso así las cosas. Mi encuentro con Socio fue providencial. Y nunca tuve que arrepentirme de mi repentina determinación. Jamás. Al contrario, siempre la he considerado como una bendición, uno de los mejores regalos que me ha deparado la vida, que me llegó en forma de perro.

Con los años pudimos reconstruir un poco el pasado de Socio. Unas radiografías hechas posteriormente mostraron que tenía el cuerpo acribillado de perdigones, multitud de puntitos negros que podían palparse a través de su piel, de tal modo alojados en su organismo que nunca podría pasar a través de un arco detector de metal. El pobre animal estaba literalmente cubierto de plomos, como si alguien hubiera disparado una escopeta contra él. Aquel disparo, además de permanentes señales físicas, también le dejó indelebles secuelas anímicas, ya que nunca logró superar el miedo que le daban los cohetes y otras detonaciones que sonaban como un estampido. El síndrome de Vietnam, que le traía brutales recuerdos del pasado.

Una vecina, una chica joven que también se ocupaba de cualquier bicho errante que llegara hasta su puerta, nos contó que lo había encontrado por casualidad su marido, aficionado a la cetrería, en una salida al campo para entrenar a su halcón. Fue entonces cuando tropezó con un animal casi agonizante, en medio del terreno donde se había desplomado sin fuerzas para seguir adelante, completamente solo y abocado a una muerte de perros.

Entre los dos comenzaron a llevar agua y comida hasta el lugar donde yacía moribundo, y, milagro, paulatinamente fue mejorando, hasta lograr recuperarse del todo al cabo de un tiempo. Después, cosa normal, los siguió al pueblo cercano, en el que se estableció aun sin pertenecer a nadie.

Comenzó a rondar por nuestra calle, donde encontró alimento y cobijo ocasional, además de meterse en líos. Sabemos de buena tinta que entró en la iglesia como ejemplo del filósofo cínico griego, que se coló en las escuelas municipales en busca de los bocadillos a la hora del recreo, y que le expulsaron de más de un patio donde le llevó su innata e insaciable curiosidad perruna.

Son tantos los recuerdos que guardo de él que no se bien por dónde empezar. Si pienso en aquellos años juntos, con sus cosas buenas y malas, sus alegrías y desdichas, siempre encontré reconfortante la compañía de mi perro. Escribió conmigo en largas noches de fuego, permaneció a mi lado cuando me sentía solo y abatido por el mundo, o bien cuando emprendíamos con entusiasmo un nuevo viaje hacia un destino desconocido.

Me acompañó en la mayoría de mis salidas a la montaña, ya fuera en pleno y caluroso verano o en el más crudo y gélido invierno. Me seguía incansable, con la lengua fuera, abrasado de calor, buscando la imprevista sombra de algún matorral en los arduos senderos de montaña, o buscaba cobijo dentro de la tienda de campaña haciéndose un hueco entre los sacos, aportándonos calor mutuo, mientras fuera arreciaba la tormenta o nevaba blandamente el día entero.

He aprendido mucho de mis perros, ya que tienen numerosas cosas que enseñarnos. Pero de Socio es de quien más aprendí. Aprendí a saber diferenciar el verdadero coraje de la pura bravuconería, a ser leal sin resultar posesivo, a mostrarme alegre y sereno a la vez, y, sobre todo, a vivir y disfrutar de cada momento de la vida lo mejor posible. Pues esa enseñanza era la que me comunicaba cada mañana cuando se lanzaba sobre mí en la cama, ya que dormía conmigo en la habitación sobre un viejo y mullido saco de montaña, y me urgía a aprovechar el día que empezaba. Vamos, parecían decir sus vivaces ojos marrones, las orejas erguidas y su inquieto rabo agitándose como una bandera de señales con un único mensaje: ¡vamos, es hora de vivir!

A mucha gente le sorprendía la actitud y el comportamiento de Socio en el parque, donde le sacaba para que se relacionara con otros perros, además de pasear y tomar el aire y el sol. Llamaba la atención cuando corría y saltaba de alegría desbocada e irrefrenable y luego se revolcaba patas arriba sobre la hierba en pletórica explosión de vitalidad animal, un rasgo muy peculiar suyo, que a todos los que lo presenciaban por primera vez dejaba asombrados. Cuando me miraba parecía entender lo que le decía, adivinando mi estado de ánimo por la entonación de la voz. Con Socio, a veces tenía la sensación de que era capaz de reír, cuando me miraba y enseñaba los dientes arrugando el hocico sin llegar a gruñir.

Muchos perros han merecido una tumba, siendo la más famosa quizás la que Lord Byron dedicó a su terranova Boatswain, con su célebre epitafio que recomiendo como corroboración de mis palabras. Muchos han sido los perros que fueron fieles y leales a su amos, hasta llegar al sacrifico de sí mismos. Un perro que quiere a su dueño nunca le traiciona. El deseo de estar a su lado es el mayor empeño de su vida.

Nunca he podido comprender ni aceptar que se haga daño a tan noble y admirable animal, una criatura que reúne en grado sumo algunas de las mejores cualidades: fuerza, valor, resistencia, lealtad. Y de una cosa estoy completamente seguro: a quien no le quiere su perro es, sin duda, una mala persona. Pero si tratas bien a un perro, no sólo tendrás un fiel compañero de por vida, sino más importante todavía, encontrarás el mejor amigo. Alguien que no te critica, no te traiciona, no te maltrata, y que siempre permanecerá a tu lado de buen grado. Como dijo Mark Twain, eso es mucho más de lo que gran parte de los humanos es capaz de hacer.

"Cuanto más conozco a los humanos, más quiero a mi perro."

Cita atribuida a Diógenes de Sínope

"Recoges a un perro que anda muerto de hambre, lo engordas y no te morderá. Esa es la diferencia más notable entre un perro y un hombre"

Mark Twain

"Aquí reposan los restos de una criatura que fue bella sin vanidad, fuerte sin insolencia, valiente sin ferocidad y tuvo todas las virtudes del hombre y ninguno de sus defectos"

Lord Byron

"La compasión hacia los animales está tan estrechamente ligada a la bondad de carácter que se puede afirmar con seguridad que quien es cruel con los animales no puede ser una buena persona"

Ni el mundo es un artilugio para nuestro uso ni los animales son un producto de fábrica para nuestra utilidad

El hombre no debe compasión a los animales, sino justicia

El hombre ha hecho de la Tierra un infierno para los animales

"El que no ha tenido un perro no sabe qué es querer y ser querido"

Arthur Schopenhauer

1 Comment

  1. Jesús dice:

    Tuve la enorme suerte de compartir tiempo con vuestro compañero Socio. Uno de los mejores perros que he conocido a lo largo de mi ya extensa y espero larga vida rodeado de perros, que igual que tú, ya forman parte de mi vida y que no podré prescindir de su compañía.
    Socio, era un perro tranquilo, muy tranquilo, calmado, pero a la vez seguía teniendo ese espíritu de perro vagabundo, independiente. Cosa que me encantaba. No era el típico perro faldón o pelusero.
    Me encantaba cuando me lo dejabas en casa y a pesar de las reticencias de Ana a dejarlo con mi perro Berni solos, la verdad es que se llevaban bien o por lo menos se respetaban. Socio pasaba de todo, un perro pasota, de vive y deja vivir. Pero a la vez, a veces sacaba su lado perruno y se ponían los dos a ladrar a los gatos del vecino.
    Gracias por dejarme compartir su vida también.
    Y a pesar de las dificultades que hubiera pasado antes de acogerlo en vuestra casa, la verdad es que tuvo o tuvisteis la fortuna de cruzaros en vuestros caminos.
    Lo dicho, Socio, un gran perro.

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