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POLVO DE ESTRELLAS

05/03/2017

Jack Whale era geólogo y se dedicaba a investigar los campos de hielo azul en la Tierra de Dronning Maud, en la Antártida. Llevaba un año destinado en la base polar Scott-Amundsen, situada a 89º S, casi en pleno Polo Sur geográfico. Se trataba de una antigua estación científica construida por los norteamericanos en 1957 y cuya población se veía reducida, de entre un centenar de personas en verano, a un pequeño grupo de 15 personas en invierno. Jack Whale era uno de ellos.

 
J ack Whale era un hombre grande, corpulento, con las facciones acusadas, un tanto simiescas; era feo, pero su fealdad no carecía de cierto atractivo, quizás proveniente de la expresión serena de sus ojos azules e intensos, el acusado mentón cubierto por una espesa barba rojiza y, sobre todo, de su propio carácter enérgico, tenaz y taciturno. Tenía el cabello de un color ceniciento y lo llevaba cortado al rape. A sus 37 años de edad seguía soltero. Era geólogo y se dedicaba a investigar los campos de hielo azul en la Tierra de Dronning Maud, en la Antártida. Llevaba un año destinado en la base polar Scott-Amundsen, situada a 89º S, casi en pleno Polo Sur geográfico. Se trataba de una antigua estación científica construida por los norteamericanos en 1957 y cuya población se veía reducida, de entre un centenar de miembros en verano, a un pequeño grupo de 15 personas en invierno. Jack Whale era uno de ellos.

Había constituido un anhelo largamente acariciado por Jack el viajar al Polo Sur, un viejo sueño que por fin había visto satisfecho. El lugar se mostró tan hermoso y hostil con él como siempre lo había hecho con todos cuantos visitaron antes aquellas remotas y desoladas tierras. La Antártida era el continente más desconocido, el más inhóspito, el más seco y el más frío del planeta, donde se habían llegado a registrar las temperaturas más bajas: menos 90 grados centígrados. Y por si estas condiciones no fueran ya de por sí suficientemente rigurosas y extremas, había que añadir un fenómeno no menos extraño y perturbador, ya que la Antártida es el único continente donde existen seis meses de luz solar seguidos de otros seis de oscuridad. El Polo Sur es el mayor campo de hielo de la Tierra. Es el continente blanco.

Por todo ello, su estancia había resultado más dura y complicada de lo previsto. Su trabajo iba con retraso, un proyecto en el que llevaba invertidos muchos años de su vida. Además, tras una larga temporada dedicada exclusivamente a la investigación de estudio, ardía en deseos de sentir el sol y estar al aire libre de nuevo, fuera del reducido campo de la base.

En cuanto las condiciones climáticas lo permitieron, Jack salió muy temprano de las instalaciones polares para ir a recoger los datos de varios aparatos de medición. Partió solo, contraviniendo de esta manera las estrictas normas que especificaban que nadie debía abandonar la base para internarse en solitario en campo abierto. Todos ellos eran científicos, gente más acostumbrada a un laboratorio, un despacho o una universidad, que a las inclemencias de la vida en un territorio salvaje y desértico.

No obstante, uno de los mayores inconvenientes que debían soportar los habitantes de la base era la convivencia en grupo durante largas temporadas en un espacio limitado. Esto significaba que a diario estaban obligados a ver las mismas caras, lo cual, sin la menor oportunidad de escape durante mucho tiempo, podía llegar a suponer un hastío insoportable.

El simple deseo de estar a solas por unas horas, algo tan necesario como el aire para algunas personas, hizo que Jack contraviniese las normas y saliera solo aquella mañana de finales de invierno.

Se había aficionado al trineo en lugar de la más prosaica y utilitaria moto de nieve. Los animales habían compartido el duro invierno antártico con el reducido grupo de científicos. Enganchó el tiro de perros a su trineo y, azuzándolos con voces, los hizo correr por el blanco y silencioso manto de nieve que cubría por entero la tierra helada. La temperatura era muy baja, veinte grados bajo cero, pero se trataba de un frío seco y estimulante. Jack corría junto al trineo o descansaba a ratos un trecho, dejándose arrastrar sobre los patines, mientras conducía la reata hacia su no muy lejano destino.

Era la primera vez que estaba solo desde hacía varios meses.

El trineo iba marcando una pista sobre la nieve helada. Tras un periodo de prolongada y forzosa inactividad, los perros volvían de nuevo a ejercitar los músculos y corrían al trote con ritmo lento pero acompasado. En el silencio blanco tan sólo se escuchaba el crujir de las pisadas sobre la nieve compacta junto al sonido silbante del propio trineo avanzando con regular velocidad. El aliento condensado de sus jadeos fluía de los hocicos de los animales, seis excelentes perros nórdicos de tiro. El frío resultaba intenso, helador, pero Jack iba bien protegido con un chaquetón impermeable, pesadas botas, manoplas de piel en las manos y un grueso gorro de lana cubriéndole la cabeza.

El aire resultaba claro y luminoso bajo el intenso azul del cielo, resaltando aun con mayor intensidad el blanco impoluto del paisaje antártico. Era como un día recién estrenado. Uno podía imaginar que se trataba del primer día de la creación, pues todo cuanto se extendía ante la vista parecía inmaculado y nuevo, a pesar de llevar millones de años en continuo proceso de formación.

Cuando al cabo de casi una hora llegó al punto donde el perforador mecánico había practicado un profundo agujero en el hielo, el banderín de señales que indicaba su posición en la distancia apenas se dejaba entrever, cubierto como estaba por un espeso manto de nieve. Jack detuvo el trineo y procedió a la recogida de muestras. Luego continuó su marcha por aquel yermo páramo en busca de su siguiente objetivo, situado más al sur, en dirección al remoto mar de Ross. Y sin darse cuenta se fue alejando más y más. Estaba embriagado por la placentera sensación de correr en solitario junto a los perros, sintiendo el aire cortante en el rostro.

Pasado el mediodía, cuando ya prácticamente había terminado su labor, la claridad de aquel brillante y soleado día invernal se apagó de repente. En cuestión de pocos minutos, el tiempo se tornó inesperadamente oscuro, gélido y ventoso. Una tormenta de nieve se estaba aproximando a marchas forzadas por la misma ruta que había seguido el trineo.

A pesar de su experiencia polar, Jack no era un hombre avezado a sobrevivir en una tierra tan dura e inhóspita como aquella, y por primera vez sintió unas punzadas de preocupación al verse solo en medio de aquel inmenso vacío helado. Se hallaba en la meseta antártica, una superficie de varios miles de kilómetros de hielos permanentes. En la lejanía del horizonte, casi invisible a sus ojos, se levantaba la formidable muralla de las Montañas Transantárticas, una línea montañosa que divide el continente en dos.

El sol se había ocultado tras espesos nubarrones negros. Comenzó a soplar un fuerte viento blanco, la temperatura cayó en picado y no tardó en desatarse una gran ventisca de nieve. Jack a duras penas podía avanzar en su camino de regreso a la base. Aferrado al trineo, progresaba con dificultad, luchando contra el intenso vendaval que le azotaba como si quisiera arrancarle del suelo. La nieve formaba remolinos que le impedían ver con claridad. La sensación térmica provocada por el fortísimo viento había hecho descender la temperatura muchos grados bajo cero. El cielo se había oscurecido de inmediato y la tempestad cobraba a cada minuto que pasaba un aspecto más siniestro y amenazante.

Ni la menor presencia de vegetación. Ni el menor atisbo de vida humana o animal. Solamente hielo y nieve bajo el cielo gris hasta el distante horizonte. Había extraviado la orientación hacia la base y la tormenta le había alejado de las rutas habituales. Estaba completamente perdido.

La situación se tornó crítica en cuestión de poco tiempo y Jack comenzó a preocuparse. Pues no sólo había infringido las normas en cuanto a salir en solitario, sino que además había sido tan imprudente como para hacerlo sin alimentos de reserva y, peor aún, sin tienda de campaña. Trató de comunicarse por radio con la base, pero las interferencias debido a la ventisca hacían imposible la comunicación.

Fue entonces cuando, al atravesar la áspera y rugosa llanura antártica batida por el gélido temporal, advirtió la sombra imprecisa de un solitario pico montañoso a lo lejos, erguido como una gigantesca antena de roca volcánica en medio del extenso campo de hielo. Sin pérdida de tiempo, gritó a los perros para dirigir el trineo hacia el nunatak, como llamaban en un lenguaje más propio de tierras boreales a este tipo de macizo aislado, que le serviría de improvisada protección durante la tormenta.

Solamente esperaba encontrar un cortaviento o, en el mejor de los casos, una hendidura donde guarecerse provisionalmente, pero cuál no sería su sorpresa al distinguir en la base de la montaña una especia de gruta. Oculta entre altos peñascos nevados, atisbó a ver la honda y oscura oquedad por casualidad. En aquella cueva abierta en la roca erosionada por el hielo milenario podría hallar resguardo. Pensó que la suerte le había sonreído al dar con aquel refugio natural.

La cueva no era alta, lo justo para permitirle andar erguido, aunque sí parecía muy profunda a medida que se estrechaba. Apenas llegaba claridad allí dentro. Desenganchó el tiro de perros del trineo. Sin embargo, los animales, pese a su insistencia, se negaron obstinadamente a pasar dentro, al tiempo que no cesaban de gruñir, aullar y moverse inquietos, como si una amenaza desconocida se ocultara en su interior. Nunca los había visto comportase de aquel modo tan extraño, hasta el punto de infundir dudas en él antes de penetrar en la gruta. Pero no tenía otra opción; era cuestión de vida o muerte.

Al cabo de unos pocos minutos, los perros recobraron la calma sin que Jack supiera bien la razón. Atribuyó su raro e inusual comportamiento a la tormenta. Los perros no tardaron en cavar un profundo agujero en la nieve y, enroscado el hocico bajo el rabo como si fueran pelotas de pelo, pronto quedaron ocultos bajo un espeso manto helado que apenas dejaba entrever sus formas. Y de aquella manera instintiva se dispusieron a esperar el fin del mal tiempo. No habían comido nada en todo el día.

De manera insospechada, a Jack le asaltó el temor de lo que pudiera albergar aquella estrecha y siniestra grieta, pero desechó tales pensamientos por irracionales. Además, decidió que prefería afrontar tal riesgo antes que salir y enfrentarse a la terrible y rugiente ventisca de afuera. Iluminó con el frontal su interior. Nada pudo ver, salvo la lóbrega oscuridad donde se perdía el haz de luz. Por fortuna, la cueva parecía hallarse completamente vacía.

Jack arrastró el ligero trineo hasta la gruta para protegerlo de la nevada. Luego descargó su mochila y dispuso las cosas necesarias para una acampada de emergencia. Se preguntó qué pensarían en la base ante su tardanza. Sabía también que mientras continuara aquel endiablado tiempo nadie podría aventurarse fuera. No podía contar, por tanto, con que ningún equipo de rescate saliera en su búsqueda. Únicamente cabía esperar con paciencia a que cesara la tormenta para intentar recorrer el camino de regreso a la estación.


 

 
A hora comprendía lo imprudente que había sido al apartarse él solo de las rutas conocidas. Una imprudencia que podía costarle caro. No ignoraba el riesgo que corría y cómo, en aquellas desoladas tierras polares, algo así podía suponer la muerte de un hombre. Y aunque no dudaba de que sus compañeros emprenderían su búsqueda en cuanto las condiciones del tiempo lo permitieran, confiaba de todas formas en poder regresar a la base por sus propios medios. Lamentaba también haber hecho caso omiso de las recomendaciones que debían adoptarse hasta en las menores salidas y no haber llevado consigo uno de los equipos portátiles de radio, más potente que el pequeño transmisor que portaba, inútil por completo en condiciones tan adversas como aquellas. Además la brújula resultaba inservible en aquellas latitudes australes, en las que debían orientarse por otros medios cuando la niebla, llamada whiteout, era tan baja que llegaba a fundir el cielo con la tierra. Cuando todo era blanco, sin referencias para guiarse, con las que poder ubicarse y tomar un rumbo exacto. En esos casos, como estaba aprendiendo por dolorosa y apremiante experiencia, la orientación juega un papel primordial.

Pero de nada valía lamentarse ya. Lo que había considerado como una excursión de unas pocas horas se había convertido, de forma inesperada y súbita, en una azarosa aventura.

La tormenta no tenía visos de amainar, por el contrario, se fue recrudeciendo aún más a medida que anochecía. Jack comió parte de las escasas vituallas que llevaba consigo y dejó algo para más tarde. Unos tragos de café del termo, unas cuantas galletas y una chocolatina no calmaron su apetito, pero al menos sirvieron para hacerle recobrar fuerzas.

El tiempo se alargaba interminable. Los perros habían desaparecido bajo una capa de nieve, totalmente inmóviles bajo sus cobijos helados, y únicamente una pequeña protuberancia delataba su presencia. Fuera continuaba nevando con fuerza. El viento, de una intensidad realmente impresionante – capaz en ocasiones de alcanzar velocidades de más de 100 km. por hora -, rugía enfurecido en el exterior. Jack se había metido en su saco de plumas y fumaba pipa tras pipa.

Aquella forzosa inactividad pronto se le antojó intolerable. Estar allí, quieto y solo, pensando en las posibilidades que tenía de salvarse, le alteraba los nervios. No tenía miedo, ya que confiaba en que, tarde o temprano, un grupo de rescate daría con su pista. A lo sumo podían suponer unos días de hambre.

Jack llevaba horas al abrigo de la gruta. Esta debía ser bastante larga y profunda ya que el haz de luz de su frontal se perdía en la profundidad de sus entrañas. Entonces, sin saber cómo, se le ocurrió la idea de emplear aquel tiempo perdido en explorar su interior. Seguramente fuese el primer hombre en pisar aquel terreno virgen.

La cueva tenía un trazado irregular y sinuoso, con bajadas que se hacían cada vez más constantes. Su altura variaba a medida que se internaba en ella, con largos tramos en los que no podía permanecer de pie, debiendo avanzar encorvado, e incluso de rodillas. El silencio era absoluto, roto tan sólo por el ruido de sus pisadas en la roca helada.

Al cabo de un centenar de metros creyó haber llegado a lo que parecía el final de la caverna. Esta se abría en una amplia bóveda, alta, oscura, de ambiente enrarecido y tan silenciosa e impresionante como una iglesia vacía en mitad de la noche. El suelo, el techo y las paredes estaban plagados de insólitas formas y extrañas figuras labradas en la piedra con la paciencia de siglos.

Al encontrase allí dentro, en las profundidades de la tierra, Jack sintió una rara sensación. Sin saber el motivo, su pulso comenzó a latir aceleradamente, como si un desconocido temor se hubiera adueñado de su persona. Jack no padecía de claustrofobia, ni era la primera vez que, como geólogo, se internaba en los abismos de una gruta. Pero, por alguna misteriosa razón, aquella cueva perdida parecía albergar una presencia especial e inexplicable, una sensación física que emanaba de su cerrado y opresivo ambiente.

Y de pronto, medio oculto tras un saliente rocoso, descubrió algo que le hizo estremecerse de pies a cabeza, una increíble sorpresa que le aguardaba escondida en lo más recóndito de la cueva.

Era como una pálida mancha de luz, un débil fulgor luminoso que parpadeaba amenazando con extinguirse. Jack nunca había visto nada semejante, ignorando qué clase de objeto podía producir tal resplandor, pero se trataba, sin duda, de algo completamente desconocido. Pensó que tal vez pudiera tratarse de una roca que brillaba con luz propia debido a su composición química. Un hecho realmente insólito.

Impulsado por su innata curiosidad científica, Jack se aproximó al lugar de donde provenía aquel extraña fosforescencia, y lo que allí vio le dejó absolutamente atónito. No podía creer lo que estaba viendo, y hasta hubo un momento que dudó de su cordura y creyó estar soñando, como si todo fuera fruto de una alucinación. No podía ser cierto, se dijo al límite de su asombro.

Lo que tenía frente a sus pasmados ojos era un ser fuera de este mundo, sin parecido alguno a cualquier otra cosa existente. Algo completamente irreal. Recordaba vagamente a una figura humana, aunque más pequeña, como de un metro y medio escaso de altura, delgado, de apariencia inconsistente, como si no estuviera hecho de nada corpóreo o material. Era como una figura difusa de luz, como un holograma, pero con volumen y dimensiones reales. Era difícil definirlo ya que no tenía parecido con nada conocido hasta entonces.

Jack ignoraba por completo qué podía ser aquello, algo para lo que no tenía palabras ya que carecía de nombre. Desde luego, no se trataba de un animal ni de un objeto inanimado. Pero fuera lo que fuese, transmitía un contacto casi humano, aunque nada más alejado de la consistencia humana. Jack pensó que debía tratarse de algún tipo de vida extraterrestre, fuera de lo humanamente conocido. Pero, ¿de qué clase? Imposible asegurarlo; sin embrago, de lo que no tenía la menor duda es de que aquel extraordinario ser tenía vida, aunque a juzgar por la difusa palidez que le envolvía, debía estar prácticamente extinguida. Daba la impresión de encontrarse muy débil, al límite de su resistencia y a punto ya de sucumbir.

Uno no podía dejar de pensar que, en esencia, aquella extraña figura estaba más cerca del ser humano que cualquier otra clase de vida existente sobre la tierra, como un lejano pariente o un antiguo antepasado. Era como una partícula de vida cósmica. Mostraba unos rasgos asombrosamente sensibles, que sin llegar a formar un rostro, eran una especie de cara, en el que destacaban un par de ojos de un intenso y brillante color negro, como jamás había visto antes, que encerraban una mirada perdida y desamparada, unos ojos que transmitían una inmensa tristeza y melancolía – muy similar a la abatida mirada que puede verse en algunos animales que languidecen tras las rejas de su jaula en los parques zoológicos-, sin perder por ello su expresión de extrema inteligencia, más una exigua boca y dos pequeños orificios faltos de nariz, que le conferían un aspecto extrañamente familiar.

Por un instante sintió miedo ante aquel ser desconocido, pero fue una sensación pasajera que no tardó en desaparecer. Una especie de voz en su interior le infundió calma, asegurándole que no debía sentir temor alguno. Jack no podía explicarlo racionalmente, pero eran claros pensamientos que llegaban a su mente y que sabía con total certeza que provenían de aquel ser que tenía frente a sí. De la misma manera supo también que se estaba muriendo, pero sin dolor ni padecimiento alguno, como una luz que se extingue o una corriente que se agota.

Jack permaneció junto a aquel ser vivo durante largo tiempo. El asombro inicial dejó paso a la curiosidad por indagar y conocer aún más de aquel excepcional ser procedente de otro mundo. Al tocarlo sintió un cálido contacto, aunque no corpóreo, sino como procedente de una frágil fuente de energía.

El tiempo transcurrió lentamente. Jack sabía que debía permanecer a su lado porque nadie quiere morir solo sin sentir una mano amiga. Y en aquel momento, eso era Jack, un amigo, fueran cuales fuesen las insalvables barreras que los separaban. Ambos sabían que compartían una misma naturaleza, algo difícil de explicar en términos comunes. Todo lo que existe en el universo está relacionado de alguna manera. ¿O acaso no somos todos, estrella, piedra, árbol, animal u hombre, partes integrantes de un mismo cosmos?

Aquel peregrino ser expiró de madrugada. Y cuando por fin murió, Jack lo supo de inmediato. Dejó de percibir sensaciones procedentes de él. Ahora sólo emitía una pálida fosforescencia, apenas una débil luz grisácea. Jack lo tocó con la mano y sintió su frío contacto. No había nada que hacer. Se había extinguido. Estaba muerto.

Entonces le vino a la mente que, sin pretenderlo y de manera totalmente casual y fortuita, había hecho el más importante y trascendental descubrimiento de la historia. Si aquellos fríos restos pudieran ser trasladados a un laboratorio para ser investigados podrían esclarecer muchos de los misterios de la ciencia, de cómo la vida se había propagado y diversificado adoptando otras formas diferentes a la humana, y por encima de todo demostraría que no estábamos solos en el Universo.

Al volver a tocarlo fue como si se deshiciera. Ahora que había perdido la energía que emanaba, se estaba enfriando muy rápidamente y, al simple contacto, se desmenuzaba en partículas de fino polvo. Lo mejor sería dejarlo allí, tal como estaba, y volver con un equipo apropiado para su posterior traslado a la base.

Jack pensó en cómo habría ido a parar aquel insólito ser hasta tan remoto rincón, si le habría ocurrido algo parecido a lo que le había pasado a él mismo. Era posible que hubiera llegado a nuestro planeta procedente del espacio, quizás extraviado o tal vez debido a cualquier otra causa desconocida, y una vez en la Tierra, por algún motivo, hubiera carecido del impulso necesario para salir de nuevo al exterior; luego, tal vez buscó refugio en aquel solitario desierto helado, esperando morir en un lugar donde nadie pudiera hallarle. De esto quizás hiciera mucho tiempo. ¿Cuánto? Imposible de calcular. Tal vez años, puede que incluso siglos. Era difícil pensar en términos similares de espacio y tiempo, como si tuviéramos patrones diferentes.

Jack buscó en su mochila una bolsa de cierre hermético, la abrió y con mucho cuidado guardó unos pocos gramos de aquel finísimo polvo estelar en su interior. Después decidió salir de la gruta. Ansiaba poder anunciar al mundo entero su increíble y sensacional hallazgo. Estaba convencido de que nada más conocerse la noticia se produciría una auténtica revolución cultural de consecuencias incalculables. Por primera vez se tendrían pruebas irrefutables de la existencia de vida extraterrestre. Aquel descubrimiento podía cambiar la historia y el destino de la humanidad.

Apresuradamente regresó sobre sus pasos hacia la salida de la cueva. Fuera palidecía un tenue sol que apenas dejaba entrever nada del brumoso paisaje exterior. Los perros notaron su presencia y comenzaron a salir de sus escondrijos sacudiéndose la nieve. Estaba amaneciendo y la tormenta había amainado considerablemente.

Aunque hubiera sido más prudente esperar, Jack decidió abandonar el refugio y regresar a la base sin pérdida de tiempo. Estaba impaciente por comunicar su extraordinario descubrimiento. Enganchó el tiro de perros al trineo y marchó hacia terreno abierto. El cielo estaba gris, pero había dejado de nevar y la temperatura había subido unos pocos grados.

Fue entonces, en el camino de vuelta, cuando sucedió lo imprevisto. Al atravesar una superficie aparentemente sólida, que en otras circunstancias hubiera sorteado con mayor cautela, la endeble capa de nieve se resquebrajó de pronto bajo sus pies y Jack se hundió en una estrecha y profunda grieta. El peor destino que le podía suceder. Uno de sus mayores miedos se hizo de pronto realidad. Tragado por un sima.

Las grietas constituyen uno de los peores riesgos a los que ha de enfrentarse quien viaja por el continente blanco. Debido a la acción de viento y la nieve, la mayoría de las grietas quedan ocultas, tapadas por un ligero espesor de nieve blanda, que se derrumba fácilmente al paso de alguien.

Y esto fue lo que, por desgracia, le ocurrió a Jack. Cayó rodando pendiente abajo por el gigantesco embudo, perdiendo el gorro y las manoplas y golpeándose con fuerza en la cabeza. Nadie podría ayudarle a salir de allí. Por suerte, los perros se habían librado del accidente. El trineo pegó una sacudida y saltó fuera de la hendidura. Los animales se detuvieron no muy lejos al notar la falta del hombre que les guiaba.

Se hallaba tendido en lo más hondo y sombrío de la sima, donde apenas llegaba atisbo alguno de luz, a una profundidad considerable de la fisura que le había tragado de repente, en una trampa mortal. El frío extremo que le atenazaba resultaba insoportable. Le dolían las manos y no tardó en sentir la rigidez en sus dedos entumecidos como si fueran pedazos de madera. Sentía el cuerpo magullado y dolorido por la caída, pero al parecer intacto. La sangre se congelaba al contacto con el frío extremo. Y una negra oscuridad comenzaba a invadirlo todo.

Lo más grave era que no disponía de forma alguna de salir de la grieta sin ayuda del exterior. Cuando supo que iba a morir sin más remedio, le invadió una súbita oleada de pánico, una angustia atroz ante la desesperada situación en que se encontraba. Fue en ese momento cuando realmente comenzó a sentir miedo, miedo de verdad, un temor que le hizo estremecerse. No quería morir y, sobre todo, que con su muerte se perdiera la prueba de su increíble y trascendental descubrimiento.

A partir de entonces todo fue de mal en peor. Un dolor insoportable se fue adueñando de sus rígidas extremidades. Perdía vitalidad a cada minuto y una fuerte opresión en el pecho le impedía respirar con normalidad. Estaba extenuado, al límite de sus mermadas fuerzas. Aun así, luchó por combatir la mortal sensación de agotamiento que se iba adueñando de su cuerpo aterido. Y continuó gritando. Mientras gritase, aunque fuera al vacío y al silencio, mantendría un mínimo resto de vida que conservar.

Cuando superó el límite de su resistencia, cayó desplomado en la nieve. No podía hacer el más leve movimiento sin sentir que estaba a punto de fallecer. A duras penas podía controlar el fuerte temblor que le agitaba. No podía seguir adelante. Era del todo imposible. Y de forma rápida fue sintiendo el abrazo de la muerte helada apoderándose de su cuerpo exhausto.

Los perros comenzaron a gruñir y aullar lastimosamente. Ventearon su cuerpo congelado y sin vida y luego se lanzaron en una frenética carrera dejando abandonado al hombre. Guiados por su instinto probablemente conseguirían alcanzar la base para anunciar su desaparición.

Horas más tarde, cuando ya había muerto, se desencadenó una ventisca de nieve que cubrió su cadáver con un blanco sudario.

1 Comment

  1. ángela dice:

    Ha llegado a mis oídos el “silencio blanco” de ese día “recién estrenado” . y hasta tuve que abrigarme,,,, y derramé unas lagrimas ante “el blanco sudario”

    Simplemente, un placer

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