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JACK BLACK
Memorias de un ladrón

Jack Black es una figura esencialmente desconocida; incluso su nombre real es incierto. En un artículo periodístico de 1912 afirma llamarse Thomas Callaghan, aunque sabemos, según nos cuenta él mismo, que decidió abandonar su verdadero nombre al echarse a la aventura. Uno de sus apodos entre los criminales era Blacky. Vagabundo y ladrón profesional, si en la actualidad se le conoce es gracias a las memorias que escribió al final de su vida.

You Can't Win, traducida al español como Nadie gana, es la autobiografía del ladrón Jack Black escrita en la década de 1920 y publicada por primera vez en 1926. Describe la vida de Black en la carretera, en la prisión y en sus diversos viajes por el oeste de Estados Unidos y Canadá, desde finales de la década de 1880 hasta principios del siglo XX. El libro ejerció una gran influencia sobre William S. Burroughs y otros escritores de la generación Beat.

Nadie gana apareció originalmente como serial en el San Francisco Call-Bulletin bajo la dirección editorial de Fremont Older. Fue tan popular que se volvió a publicar en formato de libro, traducido a varios idiomas. El libro constituye un relato extraordinario sobre los bajos fondos en la Norteamérica de finales de siglo, cuando el país estaba dejando atrás el violento mundo de los pioneros del Oeste y comenzaba el poderoso y no menos agresivo proceso industrial que le condujo a ser la nación más rica del planeta, a costa indudablemente del sacrificio de millones de emigrantes. Jack Black es uno de esos escritores cuya vida se convirtió en literatura.

 
J ack Black nació en Canadá (Vancouver, 1881), pero casi toda su vida transcurrió en los Estados Unidos. Pasó su infancia en Misuri. Cuando murió la madre, su padre vendió la casa y se trasladaron a un hotel. Huérfano a los diez años, su padre lo interna en una escuela católica.

Me veo a mí mismo de pie en los anchos escalones de la escuela-convento de las Hermanas. A los catorce años, después de tres en la escuela hogar, la dejo para irme a casa de mi padre y luego a otro colegio de chicos mayores.

Pronto aquel hijo único supuso una carga para un padre constantemente de viaje y ocupado por su trabajo. Sería en Kansas City, en su adolescencia carente de figura paterna, donde tuvo el primer contacto con el mundo criminal.

De carácter rebelde, no tardó en lanzarse a la aventura y convertirse en vagabundo y ladrón profesional. Black vivió con un pie en el siglo XIX y otro en el XX, cuando se forjaron las leyendas de famosos forajidos como Jesse James, Billy el Niño o la banda de Butch Cassydy y Sundace Kid. Eran los últimos tiempos del Salvaje Oeste, un tipo de vida específicamente americana de la que dio cuenta en sus memorias.

Aquel fue el comienzo de una carrera al margen de la ley que Black narra con maestría, desde los primeros trabajos con un tal Smiler, que le enseña a robar en las casas por las noches, hasta los trabajos más importantes que realizará al final de su vida delictiva. Con el tiempo Jack Black se fue convirtiendo en un ladrón profesional.

Desde el día que dejé a mi padre mi camino había quedado trazado, entre la gente torcida. No había pasado ni una hora en compañía de un hombre honrado… si vives con lobos aprendes a aullar.

Jack Black narra su picaresca vida, plena de peripecias como vagabundo, viajando sin cesar en trenes de mercancía que cruzaban el país de un extremo a otro, y sus golpes como ladrón, que en más de una ocasión le conducen a la cárcel, a los campos de trabajo y a las celdas de castigo. Con gran talento como escritor, describe las pensiones baratas, las tabernas de mala muerte, las guaridas de ladrones, las salas de apuestas, los burdeles, los fumaderos de opio - para satisfacer su adicción a esta droga-, y los campamentos de vagabundos. Un mundo desaparecido hoy en día.

He pasado casi toda mi vida en compañía de gente sin suerte y, aunque yo nunca me he visto a mí mismo como un desgraciado, siempre me han tomado por ello.

En sus páginas cobran vida personajes fuera de lo común, entre los que destacan Sanctimonious Kid, Foot-and-a-half George o Salt Chunk Mary. Miembros de la familia Johnson, como eran conocidos en su propio ambiente los vagabundos, los ladrones y otros desheredados de la fortuna que llevaba una existencia errante al margen de la sociedad.

El escritor William S. Burroughs, recuerda en el prólogo a uno de ellos, Old George - un reventador de cajas fuertes que viaja de polizón en los trenes, al que le faltan dos dedos de manipular los explosivos- que le dice: “Eras un tipo legal, pero ahora eres carne de perro”, y le dispara cuatro veces por encima de la hoguera del campamento de vagabundos, y yo siento cómo le impactan las balas. Se cayó con el pelo dentro de la hoguera.

El mundo de Jack Black se desmorona paulatinamente: sus amigos mueren, son encarcelados o bien desaparecen en la frontera del Oeste. Él, por su parte, experimenta una serie de infortunios, hasta el momento en que es capturado una vez más y condenado a ocho años de prisión debido al perjurio de una mujer.

Mis primeros meses en la cárcel fueron bastante duros. Todo lo que hice fue odiar a Irish Annie y planear maneras de vengarme. Mantuve la pista a través de amigos, así me enteré que su castigo comenzó cuando regresó a Canadá. Sus chicas la abandonaron cuando se dieron cuenta que me delató; sus amigos en Tenderloin la evitaban como si tuviera lepra. Expulsada por los marginados, tomó cuanto tenía y partió hacia la fiebre del oro en Alaska.

Al final, el libro se convierte en una historia de salvación: Jack Black abandona las drogas y sale de la cárcel gracias a la fianza de un mecenas.

Jack Black tituló su libro You can’t win (Nadie gana)”, dice Burroughs. “Bueno, ¿quién puede? El ganador nunca se lleva nada. ¿Hubiera preferido pasar su tiempo en un trabajo de nueve horas? No lo creo”.

Sin embargo, Jack Black alega que escribió su relato con la intención de advertir a los lectores sobre los males y riesgos del crimen. Desde luego, para él, esta aventura resultó dura y peligrosa, pero también libre e intensa. En sus escritos no deja de criticar la ineficacia y crueldad del sistema penitenciario y judicial, que con su empeño centrado en el castigo cierra las posibilidades de cualquier reforma individual.

Poco más sabemos sobre este hombre misterioso, salvo lo que tiene a bien referirnos él mismo en su libro autobiográfico: Ahora soy bibliotecario en el San Francisco Call, y sigue diciendo:

Antes de los 20 ya había estado en el banquillo por robo con allanamiento. A los treinta era un miembro respetado de la hermandad de los “yeggs”*, un tipo de ladrón del que se sabe muy poco. Es silencioso, reservado, lleno de cautela, siempre viajando, siempre “trabajando” de noche. Rehúye la luces, no se aleja de los suyos casi nunca y jamás emerge a la superficie. Por ir a todos lados con su automática siempre lista, es el que manda en los bajos fondos.

Mientras hacía esta ruta tomé muy pocos vasos de vino, casi nunca vi sonreír a una mujer y muy pocas veces oí una canción. En esos 25 años viví todas esas cosas, y ahora voy a escribirlas.

Y voy a escribirlas como las viví. Con un sonrisa.

Después de su última condena en la cárcel, Jack Black, se hizo amigo de Fremont Older y trabajó para su periódico, The San Francisco Call. Fueron estos unos años de tranquilidad, que dedicó a escribir sus memorias y algunos artículos para la revista Harper´s. Trabajó en su autobiografía con Rose Wilder Lane y, finalmente, compuso ensayos y dio conferencias en todo el país sobre la reforma de la prisión, popularizando el debate sobre los abusos del sistema penitenciario en el siglo XX.

Se cree que se suicidó en 1932, arrojándose a las aguas del puerto de Nueva York, ya que les dijo a sus amigos que si la vida se tornaba demasiado sombría, iría al puerto de Nueva York y tras llenar sus bolsillos con piedras se lanzaría al mar. Jack describe ese estado de ánimo como "listo para el río".

• Hobos, bums, gay cats, dingbats, yeggs, tramps, todas son sinónimos.

BIBLIOGRAFIA:

Nadie gana (Ediciones Escalera, 2009)


 

 
¿ QUÉ PASA CON LAS PERSONAS HONESTAS?

Extraído de un artículo publicado en Harper's Magazine (junio de 1929).

Vivimos en un tiempo violento. La sociedad lucha contra los delincuentes con métodos criminales, contra los brutos con métodos brutales y contra los asesinos con métodos asesinos, sin siquiera analizar la cuestión de si esto no conduce a una escalada de la violencia. ¿Hay algún precedente en la historia que indique que este método puede funcionar?

Con la excepción de aquellos que habían cometido crímenes pasionales, ninguno había abrazado la carrera delictiva de la noche a la mañana. Para la mayoría de ellos, una cosa había traído otra y habían llegado lenta, gradualmente.

Es inútil querer mantener el orden aterrorizando a los criminales. Los criminales endurecidos son aún más violentos porque los privan de una segunda oportunidad. Leyes…que destruyen toda esperanza, son leyes violentas que generan violencia. En el mejor de los casos, ponen al delincuente en un callejón sin salida.

Del mismo modo, frente a un aumento preocupante de la delincuencia, los expertos se apresuran a la acción, bajo la presión de una multitud de ciudadanos enojados que desearían que los crímenes cesen de la noche a la mañana. Presentan nuevas leyes cuando ya hay más leyes de las que pueden hacer cumplir. Recomiendan penas más duras, mientras que la experiencia ha demostrado en todas partes y siempre que no funciona… La violencia no es un remedio efectivo contra la violencia.

En suma, ¿qué reprocho a las personas honestas? Yo sostengo que multiplicar las leyes y endurecer las condenas sólo puede llevar a más crímenes y violencia... Debemos centrarnos más en la prevención que en la represión... Solo descubriendo las causas del crimen podemos esperar prevenirlos... Las personas honestas toman el problema al revés. Si dedicaran más interés a la silla del bebe, verían cómo se llena de telarañas la silla eléctrica. Solo ven los crímenes, y nunca las razones que empujan a los criminales a actuar; solo ven en lo que se han convertido, y nunca lo que los hizo ser lo que son.

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