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EN PRISIÓN

“Toda injusticia cometida sobre un individuo, es en último término sentida por toda la humanidad” KROPOTKIN

 
N o sé si alguna vez has visto una cárcel de cerca. Me refiero a verla con tus propios ojos, a tocar sus barrotes y paredes, a oler su pestilente hedor, a sentirte abrumado entre sus altos y grises muros.

Por motivos que no vienen al caso, he tenido la desafortunada ocasión de echar un vistazo personalmente a varias cárceles españolas. Conozco bien lo que significa ser detenido, procesado y condenado en este país. No necesito que las películas y los libros me ilustren sobre cómo son realmente. La realidad siempre es más cruda que aquello que nos cuentan. La cárcel me pareció terrible, un lugar duro y opresor, el infierno en la Tierra. Sin duda alguna, estar en prisión supone un enorme castigo.

Las prisiones son un fiel reflejo de la clase de sociedad que hemos construido. Vivimos en un mundo enfermo, que sigue siendo tan injusto, cruel, violento, desigual, insolidario y clasista como lo ha sido siempre. Y las cosas no tienen visos de mejorar. La violencia y opresión que existe dentro de los muros de la cárcel son una expresión exacta de lo que ocurre fuera.

De tal modo nos hemos acostumbrado a la presencia de las cárceles que hemos llegado a minimizar el impacto que la privación de libertad ejerce sobre una persona y sobre su futuro. El aislamiento de las personas consideradas un riesgo para la sociedad parece ser la única forma de entender la cuestión. Y de esta manera se endurecen las penas y se definen nuevos delitos y castigos.

Si nos preguntamos sobre la utilidad de las cárceles, la respuesta obvia es que sirven para proteger a la sociedad de los criminales, personas consideradas peligrosas, que han cometido delitos y que deben estar apartadas de los demás. Pero se trata de una respuesta falsa por varias razones. La primera es que no todos los condenados son realmente peligrosos. La segunda y más importante, es que no cumplen un efecto disuasorio. Y si alguien piensa lo contrario se encuentra en un profundo error. La prueba está en que por más que se endurecen las penas, el crimen sigue aumentando. Las cárceles están llenas, a rebosar, con una población reclusa en incremento. El nivel de reincidencia es muy alto. El temor a ser castigado no actúa con tanta fuerza como las causas que empujan a cometer los delitos.



 

 
E s cierto que todas las personas nacen marcadas de antemano. La vida de cada uno está determinada no sólo por el destino o por sus actos, por su propia personalidad y carácter, sino también por el lugar y la familia en que nace, la educación que recibe, los recursos económicos que tiene, el afecto o maltrato que ha recibido, la salud o el vigor que posee, en definitiva, por todo su entorno.

La mayor parte de los presos son personas con graves carencias afectivas, sociales, educativas, familiares. Pobreza, enfermedad, desarraigo, malos tratos, dibujan el perfil de la mayoría de los que están en prisión. Muchos son analfabetos. Sus delitos pueden ser diferentes, pero sus vidas son muy parecidas. Y el crimen es el extremo al que algunas llegan. Sin embargo, no se debe minimizar la importancia de los delitos ni la responsabilidad de quienes los cometen. También hay personas con vidas muy duras y difíciles que nunca han delinquido, que jamás han hecho daño a nadie, que son honestas a carta cabal. Aun así, creo que deberíamos ponernos en el lugar del otro y tratar de entender. No digo justificar, ni perdonar. Sólo entender. Los delitos producen mucho daño a otras personas, pero también a quienes los cometen. El mal, como un boomerang, siempre regresa a la mano que lo ocasiona.


Otro importante aspecto a tener en cuenta es la desproporción que existe entre las penas aplicadas a los pequeños y los grandes delitos. Esta desigual aplicación de la justicia explica por qué las cárceles están llenas de pobres, enfermos y marginados. Los pobres no tienen las mismas oportunidades que los ricos. Estos últimos disponen de mayores recursos para eludir la responsabilidad penal de sus actos. Estamos cansados de verlo. Hartos de ver como los ricos y poderosos – políticos, banqueros, empresarios, aristócratas y famosos- se libran con total impunidad o bien con penas menores, mientras que los pobres se pudren en prisión durante años. Las cárceles están pobladas mayoritariamente por personas sin medios económicos. Las leyes, que deberían servir para proteger a los más débiles, demuestran en su aplicación real que no todos somos iguales ni se nos trata de la misma manera. Es fácil comprobar que la mayor parte de los presos son pobres, en muchas ocasiones enfermos o drogodependientes, y que su estancia en prisión únicamente sirve para reforzar su condición de marginalidad. En resumen, la cárcel ofrece muy escasas o más bien nulas oportunidades para que una persona con antecedentes pueda rehacer su vida.

Observamos la superficie de las cosas, pero no vemos nada. Renunciamos a preguntarnos por qué suceden y si podemos hacer algo para remediarlo. Si somos incapaces de mirar el fondo de las cosas, difícilmente sabremos cómo afrontarlas. Si nos resistimos a explorar, a indagar, a cuestionarnos este mundo y a nosotros mismos como individuos y como especie, nos limitaremos a continuar con los mismos errores de siempre. Levantar muros tras los que aislar a la gente no sirve de nada. Las cárceles seguirán abarrotadas. No se trata de reprimir el delito, sino de prevenir que se cometa. Una sociedad segura se construye sobre la base de la igualdad y la justicia social. Y esta seguridad se logra no incidiendo en el problema, sino en las causas que lo originan. En cambio, ¿qué hacemos? Cualquier cosa antes que buscar las razones de los problemas, de implementar medidas para encauzar correctamente los conflictos, de adoptar políticas preventivas o de educar a la gente en otros valores distintos.

No sé a otros, pero a mí me altera la conciencia saber que asisto impotente a una injusticia. Puede que sea imposible cambiar el mundo, pero sé que es preciso actuar, que hacer algo de valor real está al alcance de muchos de nosotros. Modificando cosas aparentemente pequeñas e insignificantes es posible conseguir cambios que ni siquiera somos capaces de imaginar.

Me produce amargura pensar que quizás no sea posible cambiar esta sociedad en que vivimos, que la mayoría ni siquiera se plantea aventurarse a cuestionar a fondo el orden social que impera en el mundo. El miedo y el egoísmo nos han vuelto demasiado conformistas. Pensamos que nada se puede hacer, que nuestra pequeña aportación nada habrá de cambiar, todo ello para acabar justificando lo que pasa. Es la única manera de no sentir vergüenza de nosotros mismos. Pero no debemos olvidar algo muy importante: no hacer nada nos convierte en cómplices de la injusticia.

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