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EL EXPLORADOR RICHARD F. BURTON
Una vida de aventuras

10/06/2017

La vida de Richard Francis Burton puede calificarse de plena y extraordinaria. Plena porque tuvo una juventud de acción, una madurez de lucha y una vejez de meditación. Y extraordinaria porque viajó por el mundo entero, llegando a sitios donde nunca antes había estado un europeo. Su existencia parece extraída de una novela de aventuras urdida por la imaginativa mente de un escritor, como si los emocionantes episodios y lances en los que se vio envuelto formaran parte de la ficción, y estuvieran más allá de los límites de la realidad cotidiana, en un espacio que corresponde al mundo de los mitos y las leyendas.

 
B urton fue un oficial inglés, viajero y explorador, lingüista, escritor y traductor, etnógrafo y antropólogo, además de cónsul y uno de los mayores expertos en África de toda la Inglaterra victoriana del siglo XIX, en una época en que este continente, llamado la “tumba del hombre blanco”, seguía siendo hostil y prácticamente desconocido en su totalidad para occidente. La extraordinaria vida de Burton, marcada por sus constantes hazañas, le emplaza por derecho propio como uno de los más grandes e intrépidos aventureros de todos los tiempos.

Burton estaba poseído por el afán de descubrir y conocer cosas nuevas, en probar todo aquello que fuese diferente, y mejor cuanto más audaz y peligroso resultara, ya se tratase de guerras, viajes, literatura, sexo, drogas, idiomas, culturas y exploraciones a lugares remotos e incógnitos, con un espíritu de aventura que le mantuvo en incesante actividad e inquietud durante toda su vida.

Burton fue el primer occidental en entrar en la ciudad prohibida de Harar en Etiopía (1854), y uno de los primeros también en acceder a las ciudades santas de Medina y La Meca (1853), que el islam protegía con gran celo de la visita de infieles. También fue uno de los primeros exploradores en adentrarse en el desconocido y peligroso interior del continente africano con la misión de hallar el nacimiento del río Nilo, un misterio que había interesado a la humanidad desde los tiempos antiguos (1856-1860). Fracasó en su intento. El mérito de conseguir desvelar esta importante incógnita geográfica recayó en su compañero de aventuras: el teniente John Hanning Speke, un inglés rico, altivo y estirado, además de abstemio y mojigato, que despreciaba aprender las lenguas nativas y trabar amistad con gentes de otras razas, pero que, gracias a la fortuna familiar y a una indudable ambición y tenacidad, logró averiguar en dos viajes sucesivos que el viejo Nilo nacía en el corazón de África, en un lago al que bautizó con el nombre de Victoria en honor a la reina británica.

Para suerte suya, Burton vino al mundo en Inglaterra, en el seno de una rica familia que nunca hizo mayor esfuerzo que vivir bien de sus rentas. Durante la niñez llevó una vida errante por Europa, junto con sus padres y hermanos, principalmente en Italia y Francia. El padre abandonó el rigor del ejército siendo joven y pasó el resto de su vida sin más ocupación que la caza. La madre provenía de una familia adinerada.

Su legendario don de lenguas no sólo le hizo un excelente políglota, ya que hablaba fluidamente 29 idiomas y más de 40 dialectos, aprendidos con portentosa rapidez mediante un sistema de su invención, además le permitió ser un excelente traductor. Muy apreciadas por los eruditos son sus traducciones de Os Luisiadas de Camoens, Las mil y unas noches (por primera vez en una versión completa, sin expurgar ni censurar sus pasajes más eróticos y escabrosos) y del clásico hindú de las artes amatorias, El Kama Sutra.

Burton resultó ser un buen escritor. Publicó numerosos libros, la gran mayoría sobre sus propios viajes, convertidos por el arte de su pluma en relatos aventuras aderezados con una amplia erudición sobre diversos temas: filosofía, religión, botánica, historia, geografía, arte, etc., en una especie de saber enciclopédico, hasta el punto de constituir verdaderos tratados antropológicos al describir con detalle las diferentes costumbres que descubrió en sus viajes por territorios inexplorados, materia de la que puede considerarse un precursor, narrado todo ello en un estilo ameno y elegante. Para escándalo de la puritana moral de la sociedad de su época, mostró siempre un especial interés por las drogas y las variopintas prácticas sexuales de los pueblos que conocía. Los libros que escribió narrando sus expediciones son apasionantes relatos de viajes y aventuras, que aun hoy día se disfrutan con enorme placer.

Era un consumado espadachín, en su doble acepción del que sabe manejar bien la espada y es a la vez valiente y amigo de pendencias, hasta el punto de que se le consideraba uno de los mejores esgrimistas del Imperio Británico. Siempre demostró una verdadera pasión por la esgrima, a la que consideraba “el gran solaz de su vida”. Y prueba de ello, son los dos libros que escribió sobre el tema:Manual de uso de la bayoneta, que acabó siendo adoptado por el ejército inglés, y El libro de la espada, un extenso tratado sobre la historia, el manejo y la filosofía marcial que anima este arma clásica de combate. Era un hombre alto y apuesto (media 1.80 cm.), fibroso, fuerte y resistente; tenía asimismo un semblante rudo, sombrío y duro de los que no se olvidan, en el que destacaban con inusitada intensidad unos penetrantes ojos negros, cuya mirada cautivadora se encargó el mismo de resaltar mediante sus dotes para la hipnosis. En una de sus primeras incursiones en África, durante un ataque nocturno a su campamento, una lanza le atravesó la cara, marcándole las mejillas con una enorme e imborrable cicatriz. No hay más que contemplar las fotografías y cuadros que se conservan de él, en los que suele aparecer con frecuencia ataviado con ropajes exóticos y un gran bigote oscuro cruzándole el rostro, para percibir al primer vistazo que era un hombre dotado de un magnetismo y un carisma especial.

El testimonio de los que le conocieron suele coincidir en describir a Burton como un hombre impresionante, tanto físicamente como por su fuerte carácter, llegando a mostrarse iracundo en ocasiones; un tipo de cuidado que en las altas horas de la noche se tornaba incluso peligroso cuando en una mano llevaba la botella y en la otra portaba un revolver. Entonces parecía como si el demonio se hubiera apoderado de su ser. Los apodos de rufián, gitano y diablo que le dieron sus camaradas resultan ilustrativos de su verdadera personalidad.

A diferencia de otros viajeros notables cuyo mayor empeño estribaba en realizar una hazaña meritoria que trajera gloria, riqueza y fama a su nombre, como fueron Speke o Stanley, Burton sentía pasión por los viajes y la aventura, además de mostrar un verdadero interés por conocer nuevos pueblos y culturas. Adoptaba su vestimenta, sus usos y costumbres, aprendía su lengua, se hacía uno más entre ellos, camuflándose de esta manera para llegar a tratarlos con mayor intimidad, una cercanía que le proporcionaba un mejor conocimiento del mundo y sus gentes.

Solía hacerse pasar por médico para conseguir libre acceso a las casas y los harenes musulmanes, vedados a los hombres, salvo para los eunucos encargados de su vigilancia. Llegó a ser un entendido en el Corán y, aunque durante media vida lució al cuello una medalla de la virgen –regalo de su católica esposa al partir para África-, nunca profesó religión alguna. Es más, manifestó públicamente y por escrito su rechazo a las instituciones religiosas ya fueran de un credo u otro. A pesar de que no era un hombre religioso, mantuvo un gran interés por algunas ramas del saber esotérico, como el ocultismo y el sufismo. Sobre la religión escribió: Cuanto más estudio la religión mas convencido estoy de que el hombre nunca ha adorado otra cosa más que a sí mismo”.

En enero de 1861, con 40 años de edad, contrajo matrimonio en una ceremonia secreta debido a la oposición de la familia de su mujer. Ella se llamaba Isabel Arundell, tenía 29 años y provenía de una familia rica y aristocrática. Era una mujer inquieta, soñadora, romántica, culta y muy devota, con un catolicismo proselitista que la inducía a convertir a los paganos, y que trató de inculcar en vano a su marido. Viajó por medio mundo, escribió varios libros de viajes sobre sus experiencias, más una biografía laudatoria de Burton a su muerte, y fue una esposa fiel y entregada hasta el final. Menos clara queda la fidelidad de Burton hacia ella, ya que tenía tendencia a desaparecer durante meses, años incluso, en largas expediciones, que sólo remitieron en la vejez.

Isabel cometió un error imperdonable que causó un grave daño a la imagen de su marido y que, por añadidura, supuso una pérdida irreparable para el resto del mundo: a la muerte de Burton, quemó los diarios secretos del explorador y algunos libros aún no publicados, supuestamente con el fin de proteger su memoria.

¿Qué contenían los diarios para merecer el fuego? Nunca lo sabremos. Durante gran parte de su vida – una práctica habitual en aquellos tiempos –, Burton llevó una relación de su existencia, un tesoro inestimable que nos hubiera ofrecido el retrato más íntimo y cercano de aquel hombre tan singular, complejo y brillante. Fue la decisión de una vieja beata que se hallaba dominada por estrechas miras católicas y victorianas.

Burton no sólo fue un viajero, también fue un explorador de la mente. Estudioso de otras culturas, como hemos dicho, adoptaba fácilmente las lenguas y costumbres nativas, interesándose por cosas tales como los rituales, los juegos, las drogas o el sexo, en un afán por descubrir y experimentar nuevos conocimientos. De más de uno de sus libros se ha dicho que fueron en su día los mejores documentos para conocer a pueblos extranjeros. Sobresalían por su extensa y rica erudición, además de constituir la mirada más objetiva, lúcida y perspicaz de cuantas se habían llevado a cabo hasta entonces, e incluso posteriormente. Su visión de los árabes, de las tribus negras africanas o hindúes, de los mormones o los indios de las praderas, incluso de sus propios contemporáneos europeos, sin olvidar a sus compatriotas británicos– de los que no tenía un buen concepto, dicho sea de paso-, siguen siendo oportunas y válidas en gran medida actualmente.

En una sociedad puritana en la que la represión sexual era la norma, los escritos de Burton eran inusualmente sinceros en mostrar abiertamente su interés por la sexualidad. Sus relatos de viaje revelaban detalles de la vida amatoria de los pueblos que resultaron escandalosos para el inglés victoriano, ofreciendo indicios suficientes como para suponer que no se trataba de un simple conocimiento teórico basado en observaciones.

Su feroz independencia y su acidez verbal y escrita, no le granjearon muchas estimas. Objeto de envidias y menosprecios, no alcanzó a tener en vida la relevancia de otros exploradores mejor dotados para la adulación y las relaciones sociales. Sus logros fueron magníficos, únicos en muchos sentidos, pero la recompensa no estuvo a la altura de sus méritos.

Postergado en consulados de segunda o tercera fila, situados en lugares remotos y apartados, de escasa importancia internacional, únicamente al final – y por un breve espacio de dos años, hasta que fue separado del cargo “por entrometerse demasiado” en los asuntos públicos – llegó a ser cónsul de Damasco; la mayor parte del tiempo ocupó consulados que más parecían un castigo y una condena al ostracismo. Sirvan de ejemplo los años baldíos que vivió en Santos, una pequeña ciudad costera de Brasil, de la que escapó antes de perecer por las fiebres y el tedio.

Cuando murió, los médicos descubrieron que tenía el cuerpo cubierto de cicatrices, producto de sus muchos duelos y combates; algunos historiadores sugieren que también eran consecuencia de participar en ritos lacerantes sufíes, filosofía mística que conoció durante sus largas estancias en oriente y por la que demostró un gran interés.

Richard Burton fue siempre un personaje controvertido, al que su falta de respeto por la autoridad y las convenciones sociales le crearon muchos enemigos y una reputación de cínico e incluso depravado de la que nunca se libró. Los rumores que circulaban sobre él le cerraron las puertas de la alta sociedad inglesa. Por otra parte, nunca ahorró acerbas críticas al colonialismo, aunque es preciso reconocer que al mismo tiempo prodigaba consejos para extender y mejorar la dominación británica.

Solamente un puñado de amigos (entre sus amistades destacan Monckton Milnes, propietario de una de las mayores bibliotecas privadas de literatura erótica, el pornógrafo Frederick Hankey y el poeta decadente y alcohólico Algernon Swinburne) reconoció sin ambages sus muchos e indiscutibles logros personales. En la vejez le fueron reconocidos de forma oficial los servicios prestados a su país y fue nombrado Sir por la reina. No obstante, pese a ser un hombre de genio y talento, la mayor parte de su vida fue continuamente relegado a puestos de segunda categoría. Era una persona demasiado compleja e independiente como para ser aceptado por la rígida sociedad de su tiempo.

“Haz lo que tu hombría te empuje a hacer, no esperes aprobación excepto de ti mismo”


 

 
R ichard Francis Burton nació en Torquay, Inglaterra, el 19 de marzo de 1821 y murió en Trieste, entonces Imperio Austrohúngaro, el 20 de octubre de 1890, a la edad de 69 años, de un ataque al corazón. La reina Victoria le había nombrado caballero en 1866. Hablaba fluidamente veintinueve lenguas y más de cuarenta dialectos, mediante un sistema de aprendizaje de su invención que facilitaba su ya de por sí innato y portentoso don de lenguas. Era un consumado orientalista y traductor. Realizó la primera traducción integra de Las mil y una noches y del Kama Sutra, así como del poema clásico portugués Os Lusíadas, de Camoens. Pero por encima de todo, fue uno de los más grandes exploradores de la historia.

Entre 1851 y 1853, viajó en solitario a la ciudad prohibida de la Meca, para lo que se disfrazó de peregrino árabe, proeza sobre la que escribió un libro titulado Mi peregrinación a la Meca y Medina. Exploró el interior de África con el teniente John Hanning Speke, llegando en 1858 al lago Tanganica, desconocido en occidente. También viajó a lo largo y ancho de los Estados Unidos, un mundo pionero donde trató a vaqueros, indios nativos y mormones., que describió en su libro La ciudad de los santos. Fundó la Sociedad Antropológica de Londres junto con el Dr. James Hunt. Debido a sus particulares y heterodoxos puntos de vista sobre el sexo y la poligamia recibió el rechazo de la puritana sociedad británica de su época.

El padre, Joseph Netterville Burton, irlandés de nacimiento, era teniente coronel del ejército británico, cargo que desempeñó brevemente durante su juventud; luego dedicó el resto de sus días a cazar y vivir de las rentas. La madre, Martha Baker, provenía de una rica familia de Hertfordshire. Tuvo dos hermanos, Maria Katherine Elizabeth y Edward Joseph. La familia de Burton se trasladó al continente en 1825, viviendo durante años en Francia e Italia. Burton mostró desde niño una gran facilidad para los idiomas.

En 1840, Richard ingresó en el Trinity College de Oxford. A pesar de su inteligencia y de su habilidad para los idiomas – a los 19 años había aprendido francés, italiano, latín, griego y el dialecto napolitano-, fue un mal estudiante, demasiado inquieto y turbulento par las estrictas y encorsetadas normas que regían la vida académica. En los dos años que pasó en Oxford, retó a duelo a un estudiante por burlarse de su bigote, estudió árabe, aprendió cetrería y esgrima, y participó en una carrera de caballos campo a través en una deliberada violación de las normas universitarias, pues se consideraba una actividad propia de gente de baja clase social. Al final, le expulsaron de la universidad.

En 1842, con 21 años, Burton se alistó en el ejército de la Compañía de las Indias Orientales, que en aquel momento estaba combatiendo en la Primera Guerra Afgana. Esta Compañía había sido creada con el fin de garantizar el monopolio del comercio inglés con la India, un acuerdo reconocido por la reina Isabel I en 1600. Le destinaron al Decimoctavo de Infantería Nativa de Bombay, bajo el mando del general Charles Napier. Su servicio en la India tampoco fue apacible. Sus duras críticas a la política colonial, le granjearon una mala reputación en la cerrada y exclusiva comunidad británica.

Llevado por su pasión lingüista, en breve tiempo aprendió algunas de las lenguas principales de la India: sánscrito, hindi, gujarati, punjabi y maratí, así como armenio, persa y árabe, que le capacitaron para ser nombrado intérprete oficial del regimiento. También mantenía un grupo de monos domesticados con la idea de aprender su lenguaje, del que llegó a conocer algunos sonidos. El interés de Burton por la cultura hindú y su tendencia a mezclarse con la gente del país, no encontró más que el rechazo de sus colegas militares, que lo acusaban de «volverse nativo» y le llamaban «el negro blanco». Otros de sus apodos era “Dick el rufián”, por su “ferocidad demoníaca como luchador y porque había luchado con más enemigos en combate singular que ningún otro hombre de sus tiempos”.

Se le encomendó cartografiar la provincia del Sind (actual Pakistán), labor que le proporcionó el aprendizaje de los instrumentos de medición, un conocimiento que le resultaría muy útil posteriormente en su viajes de exploración. Por aquel entonces empezó a viajar disfrazado con el falso nombre de Mirza Abdullah, siendo tal su maestría y dominio del idioma y las costumbres locales que a menudo lograba pasar desapercibido entre la población indígena y sus compañeros oficiales.

Bajo las órdenes directas del general Napier, participó en algunas misiones secretas aprovechando sus dotes para el camuflaje. Se sabe que realizó una investigación encubierta sobre varios burdeles para homosexuales de los que se decía que eran frecuentados por ingleses, y en el que las prostitutas eran chicos jóvenes. La indagación trató de mantenerse secreta, pero acabó trascendiendo y ensució su nombre al atribuírsele una participación activa en las prácticas sexuales descritas en el informe. Esta mancha le acompañó durante el resto de su vida; sus enemigos lo sacaban a relucir para desprestigiarle.

En marzo de 1849 regresó a Europa de baja por enfermedad. Aprovechó la estancia para publicar su primer libro: Goa y las montañas azules, una guía de este pequeño reino de la India. En la ciudad francesa de Boulogne, a donde se dirigió para visitar la escuela de esgrima, conoció a su futura esposa, Isabel Arundell, una joven de 19 años proveniente de una rica y católica familia inglesa dedicada al comercio de vinos.

Burton tenía un proyecto que contó con la aprobación de la Royal Geographical Society y la autorización de la Compañía Británica de las Indias Orientales para un permiso indefinido del ejército. Los siete años pasados en la India le habían capacitado para peregrinar a La Meca, al familiarizarle con las costumbres y el comportamiento de los musulmanes. Fue este viaje el que hizo famoso a Burton. Lo había planeado cuando viajaba disfrazado por la región musulmana de Sind, y se había preparado minuciosamente para la tarea mediante el estudio y la práctica, incluyendo el hacerse circuncidar para reducir el riesgo de ser descubierto.

Burton no fue el primer europeo que entró en la Meca, ya lo hizo antes Ludovico de Verthema en 1503 (probablemente el primero de todos), y posteriormente el español Domingo Badía bajo el nombre de Alí Bey en 1807, pero sin duda su peregrinaje fue el más famoso y mejor documentado de todos ellos. Adoptó varios disfraces, incluyendo el de “pastún”, una etnia persa con un idioma y unas costumbres religiosas propias, para justificar cualquier peculiaridad que lo hiciera diferente al común de peregrinos árabes.

El viaje de Burton a La Meca, realizado entre 1851 y 1853, resultó bastante accidentado. La caravana fue atacada por los bandidos, un hecho bastante frecuente en la época. Sin embargo, el mayor riesgo lo entrañaba su condición de europeo. Como él mismo escribió: “Aunque ni el Corán ni el sultán piden la muerte del judío o cristiano que traspasen las columnas que denotan los límites del santuario, nada puede salvar a un europeo descubierto por el populacho o a uno que tras la peregrinación se ha mostrado a sí mismo como infiel”.

Entre otras muchas peripecias y avatares, Burton cuenta que una noche se apartó de la caravana para orinar y, creyéndose a solas, orinó de pie, como un occidental, y no en cuclillas como lo haría un musulmán. Por desgracia, fue visto por un joven árabe de la caravana y, para evitar que le delatara ante los demás, se abalanzó sobre el hombre y lo degolló. La narración del viaje apareció en 1855 con el título de Mi peregrinación a Medina y a la Meca.

El siguiente viaje le llevó a explorar el interior de Somalia. Burton emprendió la primera parte del viaje en solitario. Fue el primer hombre blanco en conseguir entrar en la ciudad prohibida de Harar, en enero de 1855, considerada la cuarta ciudad santa del islam y un importante centro comercial del Cuerno de África. La expedición duró cuatro meses. Burton no solo consiguió llegar a la capital etíope, sino que fue presentado al Emir y permaneció diez días bajo su hospitalidad. La vuelta estuvo plagada de problemas por falta de suministros y habría muerto de sed si no llega a divisar pájaros del desierto que le indicaron la cercanía de agua.

Tras esta aventura, emprendió una nueva exploración en compañía de los tenientes John H. Speke, G. E. Herne y William Stroyan, así como un grupo de porteadores. A los pocos días de viaje, la partida de Burton fue atacada por alrededor de doscientos guerreros somalíes, a la que hicieron frente con sus armas de fuego y del que lograron sobrevivir a duras penas. En la lucha, Stroyan resultó muerto y Speke fue capturado y herido en once partes antes de conseguir escapar. A Burton le atravesó la cara una lanza de parte a parte, herida que le dejó una gran e indeleble cicatriz en pleno rostro, acentuando su aspecto duro y salvaje, como es posible apreciar en retratos y fotografías.

El fracaso de la expedición fue criticado por las autoridades y se ordenó abrir una investigación - que duraría dos años - para determinar las causas del desastre. Burton quedó exonerado de culpa, pero este episodio le perseguiría durante toda su carrera. Describe el brutal ataque en su libro Mis primeros pasos en África Oriental (1856).

En 1855, Burton se reincorporó al ejército con la intención de participar en la Guerra de Crimea. Sirvió en los Beatson's Horse, un cuerpo de guerreros locales bajo el mando del general Beatson, en los Dardanelos. Cuando las tropas se amotinaron negándose a obedecer las órdenes, fueron eliminados como unidad. Burton fue mencionado de forma negativa durante la investigación que siguió.

A su regreso a Inglaterra en 1856, la Real Sociedad geográfica financió otra expedición en la que Burton debía explorar un “mar interior” del que se tenían noticias y sobre el que se especulaba que podía ser el nacimiento del Nilo. El viaje era arriesgado, ya que, para llegar al origen del río, imposible de subir ascendiendo su curso natural, debían adentrarse en un territorio del que apenas se sabía nada, salvo que estaba poblado por tribus feroces y hostiles, algunas de ellas caníbales. Antes de salir para el África Central, Burton e Isabel Arundell se comprometieron secretamente en matrimonio. La boda quedó aplazada hasta su regreso. Por otra parte, la familia de ella no simpatizaba con Burton, a quien consideraban un hombre poco respetable, con mala reputación, descreído en cuestiones religiosas y, por añadidura, sin medios de fortuna. Por fin, tras una larga espera de diez años, contrajeron matrimonio el 22 de enero de 1861, cuando Burton, de 40 años de edad, había corrido ya mucho mundo y era prácticamente un alcohólico.

En esta ocasión, de nuevo volvió a contar con el teniente Speke. Los dos juntos y una caravana de 130 porteadores africanos y 30 animales de carga, partieron el 27 de junio de 1857 de la costa oriental de África en dirección oeste, en busca de esa gran masa de agua que describían los nativos y que se hallaba situada muy lejos, en el mismo corazón de África, en una región que recibía el sugerente nombre de Las Montañas de la Luna. Como guía local llevaban a un negro llamado Sidi Mubarak, más conocido como “Bombay, un antiguo esclavo que había aprendido inglés sirviendo a su amo en la India, que estaba familiarizado con las costumbres y lenguas de la región.

“Obtuve autorización para formar en la comarca de Zanzíbar una expedición cuyo principal objeto era determinar los límites del lago llamado mar de Ujidji, examinar las diversas producciones de aquella región casi desconocida, y estudiar el carácter y las costumbres de sus habitantes."

"Hacía un calor tan sofocante que nos ahogábamos; el sol abrasaba, y nubes de mosquitos hacían las noches intolerables."

"Al día siguiente, cuando nos pusimos en camino, estaba tan débil que, no pudiendo tenerme en pie, me vi obligado a montar en mi asno. ¡Y hacía diez días solamente que habíamos salido de Caolé!"

"Más lejos, en el Duthumi, las fiebres que comenzaban a generalizarse entre nosotros y que a mí me duraron veinte días, nos obligaron a detenernos cerca de una semana en casa de un astuto bribón llamado Seid-ben-Selim. Los accesos tenían poca violencia, si se los compara con los de las fiebres del Sind, y sin embargo me abatieron por completo. Durante las crisis y largo tiempo después de su terminación, experimenté el extraño efecto de un dualismo que comprendía perfectamente: era yo, tal como siempre me he conocido, pero formando dos personas que disputaban y se contradecían sin cesar. Pasaba las noches sin dormir, y la fiebre me producía visiones espantosas que algunas veces me estremecían y me asustaban. El capitán Speke, aún más seriamente enfermo que yo, estaba abatido por el mal, que no le cesaba un momento y parecía afectarle al cerebro, como si fuera producto de una insolación."

Desde el comienzo, el viaje hacia el interior estuvo plagado de problemas. Los porteadores desertaban en la noche, robando materiales y suministros de la expedición. Ambos exploradores fueron víctimas de enfermedades tropicales que hicieron muy difícil y penoso el avance. Speke quedó sordo temporalmente al intentar desalojar de su oído un diminuto escarabajo. Por su parte, Burton estuvo incapacitado para caminar durante parte de la expedición y tuvo que ser transportado por los porteadores. Burton escribió en una carta a su amigo Monckton Milnes: “Bogando en un tronco ahuecado, a miles de millas río arriba, con tan sólo una infinitésima probabilidad de regresar. Me pregunto por qué seguimos y no tengo respuesta. Me pregunto y el eco me contesta: ¨condenando loco, lo manda el diablo”.

La rutina habitual de cada jornada estaba organizada. A las cuatro de la mañana todos se despertaban y, tras desayunar, a las cinco emprendían la marcha con Burton y Speke cerrando el grupo a pie o montados en asnos. A las once de la mañana, cuando el calor era sofocante, se detenían y descansaban para comer. Dormían en cuanto se ponía el sol y a las cuatro de la madrugada volvían a empezar.

Tras largos meses de dura marcha, la expedición llegó al Lago Tanganika en febrero de 1858. Era un inmenso lago, pero buena parte de su equipo de topografía se había perdido, estropeado o robado, de modo que fueron incapaces de realizar las mediciones oportunas. Burton cayó enfermo de nuevo, permaneciendo en Tabora para recuperarse, mientras Speke continuaba explorando solo. Salió hacia el norte, donde finalmente acabó localizando un enorme lago, el mayor del continente africano y el segundo lago de agua dulce más grande del planeta tras el Lago Superior en Estados Unidos, al que bautizó como Victoria. La falta de tiempo e instrumentos adecuados le impidió reconocer la zona y hacer las comprobaciones necesarias, pero quedó convencido de que aquel inmenso lago era la tan largamente buscada fuente del Nilo.

“Aunque el lago era enorme no pudimos comprobar que fuera el nacimiento del Nilo. Seguimos su brazos de agua, pero acababan secándose o convirtiéndose en marismas impenetrables. Algunos hombres bebieron aguas fétidas, enfermando de disentería, malaria y desesperación.”

Ambos exploradores escribieron una detallada descripción del viaje: Burton en Las regiones de los lagos del África Ecuatorial (1860), y Speke en Diario del descubrimiento de las fuentes del Nilo (1863).

“Mientras trepábamos penosamente, pues el suelo faltaba a veces bajo nuestros pies, la sed, la fatiga y la tos nos obligaban a cada momento a echarnos para descansar."

"Hacía ciento treinta y tres días que habíamos dejado la costa y llevábamos recorrida una distancia de cerca de mil kilómetros, cuando, el 7 de noviembre, nos dispusimos a entrar en Cazé, depósito comercial que los árabes han establecido en esta provincia."

"Mi estado, a decir verdad, no podía ser peor. Estaba más muerto que vivo y sólo con gran trabajo podía soportar el movimiento que imprimían los porteadores a mi hamaca."

"La puesta de sol es en las Montañas de la Luna un espectáculo verdaderamente delicioso…Nada más encantador que este primer aspecto del lago Tanganica, apaciblemente recostado en el seno de las montañas, calentando sus aguas bajo el influjo de los ardientes rayos del sol de los trópicos. Veíamos a nuestros pies desfiladeros y barrancos de aspecto salvaje, por los cuales trepaba trabajosamente el sendero…”

“Fue aquello un verdadero delirio para el alma y un vértigo para los ojos. Lo olvidé todo, absolutamente todo, peligros, fatigas, enfermedades e incertidumbres del regreso. Confieso sinceramente que hubiera aceptado el doble de los males que hasta allí habíamos tenido que sufrir."

El viaje duró tres años y dejó a los dos expedicionarios exhaustos y con la salud maltrecha. Las diferencias entre ellos se habían acentuado a raíz de sus discusiones sobre si el lago descubierto por Speke era la fuente real del Nilo, como sostenía éste, o simplemente se trataba de meras conjeturas sin la menor base científica como pretendía Burton. Como consecuencia de sus disputas, regresaron a casa por separado.

Como era habitual en él, Burton realizó detalladas anotaciones de la geografía, las costumbres y las lenguas de las diferentes tribus que se encontró. Sus notas fueron de gran valor para futuras expediciones.

Una vez en Inglaterra, Speke contravino el acuerdo establecido entre los dos compañeros, y, sin aguardar a Burton, expuso sus conclusiones ante la Royal Society. En consecuencia, fue aclamado como el descubridor del Nilo, y la fama y la gloria recayó exclusivamente sobre su nombre. Se convirtió en una celebridad, siendo recibido en todas partes como un héroe nacional.

Speke no perdió tiempo y, al calor de su reciente prestigio, organizó una nueva expedición para culminar su descubrimiento. En 1863, salió de Inglaterra acompañado de James Grant, al que Speke hizo firmar un documento en el que aquél, entre otras cosas, se comprometía a: “Renuncio a todos mis derechos a publicar... mi propia narración hasta que sea aprobada por el capitán Speke o la Royal Geographic Society”.

Partieron de nuevo de Zanzíbar y, en una marcha sin concesiones, en la que siguieron la misma ruta que en el viaje anterior, no tardaron en alcanzar el lago Victoria. La expedición recibió la hospitalidad del rey Matesa I, al que Speke regaló un fusil, que el monarca probó matando de un disparo a uno de sus súbditos. El 28 de julio de 1862, Speke alcanzaba el punto en que nace el Nilo y siguió el rio hasta Khartoum, desde donde telegrafió a Londres: “El Nilo ha sido fijado”. Sin embargo, en ocasiones se vio obligado a separarse de la orilla debido a la accidentada orografía del terreno, perdiendo la pista del curso del río, y Burton y otros exploradores, entre ellos el ilustre Dr. Livingstone, se mostraron escépticos acerca de que el lago Victoria fuera el verdadero manantial del Nilo. En su autorizada opinión, no había pruebas concluyentes.

Lo que siguió fue una amarga y prolongada disputa pública entre los dos hombres que dañó gravemente la reputación de ambos. Hay varias razones por las que se distanciaron. Dejando aparte la rivalidad profesional, eran además dos personalidades diferentes y hasta contrapuestas: Burton vividor y provocativo, un hombre complejo, con un carácter férreo e independiente, que se veía involucrado con frecuencia en asuntos turbios y al que no parecían importarle las normas sociales; en cambio, Speke era una persona acorde con la puritana moral victoriana de la época; era un caballero y un oficial, era rico de cuna y jamás trabajó, dedicando su tiempo a la caza y, luego, a las expediciones, nunca se mezclaba con los nativos, ni mantenía contacto con las mujeres indígenas, como insiste en aclarar en su libro. No podía haber dos hombres más distintos. A todo este cúmulo de celos y rivalidades que enturbiaron su relación, habría que añadir además ciertos problemas con las deudas sin pagar cuando dejaron África, de las que Speke responsabilizaba a Burton. Por último, estaba el asunto del nacimiento del Nilo, sin duda el mayor descubrimiento para un explorador de la época, sobre el que, tras enconadas discusiones, con partidarios de uno y otro bando, no se había llegado a ningún acuerdo.

El 16 de septiembre de 1864, Burton y Speke iban a celebrar un extenso debate público ante a la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia, un encuentro que la prensa denominó “el duelo del Nilo”. Sin embargo, el día anterior, Speke murió debido a un disparo de su propia escopeta mientras cazaba en la finca de un pariente. Debido a que no hubo testigos directos del suceso, se ha especulado ampliamente acerca de si fue un suicidio o un accidente. Burton estaba en el salón de debates para dar comienzo a su disertación cuando comunicaron la noticia de la muerte de Speke. Visiblemente consternado, decidió cancelar su discurso. Escribió a su amigo Frank Wilson: “Nunca se sabrá nada de la muerte de Speke. Yo le vi a la una y media el día de la inauguración, y a las cuatro de la tarde había muerto. Los más caritativos dirán que se pegó un tiro; los más despiadados dirán que se lo pegué yo”.

En 1862, Burton fue nombrado cónsul británico en Fernando Poo, actualmente Bioko, antigua colonia española de Guinea Ecuatorial, una isla pobre, remota y plagada de enfermedades tropicales que diezmaban a la población europea. Era un mal destino, al que Burton viajó solo, sin la compañía de su esposa. Durante su estancia se dedicó a explorar la costa occidental africana, realizando una travesía por el río Congo hasta más allá de las cataratas de Yellala, viaje que describió en Dos viajes a la tierra de los gorilas y las cataratas del Congo (1876).

En septiembre de 1864, fue destinado a la población de Santos, en Brasil, un pequeño puerto brasileño situado al sur de Río de Janeiro. Isabel se reunió con su marido en 1865. Siguiendo con sus exploraciones, Burton viajó en canoa por el río San Francisco, desde su nacimiento hasta la Catarata de Paulo Afonso. En 1868 renunció a su cargo consular, envió a Isabel de regreso a Europa y él se dedicó a viajar por Paraguay, un país sumido en una guerra que describió en Cartas de los campos de batalla del Paraguay (1870). La Guerra de la Triple Alianza o Guerra del Paraguay, fue el conflicto militar en el cual la Triple Alianza ―una coalición formada por Brasil, Argentina y Uruguay― se enfrentó militarmente contra Paraguay entre 1864 y 1870, contienda que supuso una derrota devastadora para este último país, diezmó a la población paraguaya y redujo considerablemente su territorio nacional.

En 1869, estando en Lima, le llegó el nombramiento de cónsul en Damasco con una pagar mayor. Era un destino ambicionado por Burton, experto orientalista. Mientras él recorría Sudamérica, Isabel hizo uso de sus contactos con personajes importantes de la política británica para que intercedieran por su marido otorgándole un destino más acorde con su capacidad y méritos personales. Fue aquella una época difícil para Burton, un hombre de mediana edad, sin fortuna propia, que se veía relegado a puestos consulares de segundo y tercer orden. Durante ese tiempo bebía en exceso, descuidó su apariencia y, según algunos testimonios, se tornó un individuo de trato difícil y peligroso.

Antes de hacerse cargo de su puesto, viajó a Europa, tomó las aguas en balnearios, se sometió a tratamiento para curar sus problemas de salud y, con gran esfuerzo de su parte, logró abandonar el hábito de la bebida. Celebres son las veladas alcohólicas en compañía del pintor Frederic Leighton y el poeta Algernon Swinburne.

Se trasladó a Damasco con su mujer. Alquilaron una villa que llenaron de animales de todo tipo, caballos, perros, aves, monos, formando una especie de zoológico particular. A pesar de que mantuvieron relaciones cordiales con la población, al cabo de dos años le cesaron debido a las quejas provocadas por la injerencia de Burton en los asuntos locales.

Retornaron a Inglaterra, donde Isabel emprendió una campaña para rehabilitar el nombre de su marido, objeto de fuertes críticas entre la clase política. Numerosas personas escribieron y testificaron a favor de Burton, haciendo elogios de su honradez e independencia, logrando que hasta la presa le brindara su apoyo. Además, muchos comerciantes musulmanes solicitaron su regreso al atribuirle la caída en desgracia del odiado Rashid Pachá, gobernador de la ciudad de Damasco, ante el sultán otomano de Constantinopla.

Burton publicó Unexplored Syria, libro que pasó desapercibido. En cambio, Isabel escribió un libro de éxito sobre su experiencia árabe titulado The inner Life of Syria, Palestine, and the Holy Land, publicado en 1876. Esto le dio pie a proseguir con su carrera literaria, llegando a publicar varios libros de viajes, una biografía de su marido y una autobiografía.

En 1872, Burton aceptó el encargo de viajar a Islandia para inspeccionar la posibilidad de abrir minas de sulfuro allí, pero el resultado fue infructuoso. Escribió un libro sobre este viaje titulado Ultima Thule.

Aquel mismo año fue asignado a la ciudad adriática de Trieste, todavía perteneciente al Imperio Austrohúngaro, un destino tranquilo y con una paga menor, pero que al menos le permitía escribir y viajar. En Trieste ocuparon primero un espacioso apartamento y luego, al recibir varias herencias familiares, un palacio cuyas habitaciones fueron ocupadas por la extensa biblioteca de Burton, con más de ocho mil volúmenes, además de la colección de objetos procedentes de medio mundo, desde máscaras y armas africanas a divanes y alfombras persas, sin olvidar el amplio muestrario de artículos religiosos de Isabel.

Fue un tiempo fecundo para Burton, cuya capacidad de trabajo llegó a ser asombrosa. De sobra es conocido el hecho de mantener en su estudio una mesa por cada libro en el que estaba trabajando, llegando a contabilizarse once mesas al mismo tiempo. Entre 1872 y 1889 publicó ocho libros, entre los que destaca su traducción íntegra de Las mil y una noches, obra de una extensa y profunda erudición llena de notas y ensayos anexos. Su interés por las prácticas sexuales de todo tipo, incluso homosexuales como demuestra en su ensayo Pederasty, consideradas entonces como una perversión, no hizo más que incrementar si cabe su pésima fama en el pacato y reprimido ambiente victoriano de su tiempo.

Tradujo también Il Pentamerone, or the Tale of Tales de Giovanni Batista Basile (1637), obra en la línea de El Decamerón de Bocaccio, sirviéndose de su conocimiento del argot napolitano aprendido durante su juventud.

Burton padecía insomnio y se levantaba a las cinco de la mañana; caminaba por las montañas ayudándose de un pesado bastón de hierro, practicaba una hora de esgrima todos los días y en verano nadaba en el mar. Los Burton no perdieron su afán viajero ni siquiera en la vejez, visitando las principales ciudades de Europa, como Venecia, Roma, Paris, además de frecuentar los balnearios alemanes. Pero su salud decayó rápidamente y el famoso explorador falleció en 1890, siendo enterrado en el cementerio católico de Mortlake, condado del sur de Inglaterra, en un mausoleo con forma de tienda beduina diseñada por su esposa. Cuando Isabel murió en 1896 fue enterrada junto a su marido.

Richard Burton publicó cuarenta y tres libros sobre sus expediciones y viajes; escribió dos tomos de poesía, más de cien artículos y una breve autobiografía, que no llegó a concluir. Además tradujo en dieciséis volúmenes rigurosamente anotados Las mil y una noches, seis obras de literatura portuguesa, incluyendo el clásico poema épico Os Lusiadas, de Camoens, dos de poesía latina: las Elegías de Catulo y los Priapeos, y cuatro del folklore napolitano, africano e hindú.

Pese a sus indudables méritos, Inglaterra no le concedió grandes reconocimientos. El gobierno no autorizó que su cuerpo reposara en el panteón de hombres ilustres de Westminster; sin embargo, en 1886, la reina Victoria le nombró caballero por los servicios prestados.

Richard F. Burton aunó de forma perfecta el hombre de acción con el intelectual, llegando a ser lo que puede considerarse como el arquetipo del aventurero, ya que como bien dijo Lord Derby había “concentrado en su vida tantos estudios, tanas adversidades, y tantas empresas y aventuras exitosas que serían suficientes para llenar la existencia de media docena de personas normales”.

Bibliografía:

El capitán Sir Richard Francis Burton

Edward Rice (Ed. Siruela, 1992).

El diablo manda. La vida de Sir Richard Burton

Fawn M. Brodie (Ed. Almed, 2015)

-Peregrinos apasionados. Viajeros por el mundo de los desiertos árabes

James C. Simmons (Ed. Mondadori, 1989)


1 Comment

  1. Maria Caro dice:

    Muy, muy interesante…. este tipo de artículo alimenta nuestra imaginación y despierta en nosotros el espíritu aventurero, deseando hacer un viaje diferente, en busca de un destino alternativo a las rutas más turísticas.
    Richard Burton, un aventurero completo, nos dejó muchos legados, no sólo sus relatos y traducciones sino, sobre todo, la descripción de tradiciones y costumbres que acercaron más a dos culturas distintas, aunque los hombres con sus prejuicios sigan empeñándose en alejarse.

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