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BASS REEVES
El hombre más duro del Oeste

La figura de un vaquero negro es atípica porque el cine y la TV nos han dado una imagen falsa del Oeste. En realidad, uno de cada cuatro vaqueros estadounidenses era afroamericano. Del mismo modo, un agente de la ley negro tampoco se asocia con la imagen popular que tenemos de uno de los iconos más clásicos del Oeste americano, la que ha perdurado hasta hoy a través del western.Por tanto, no es de extrañar que el nombre de Bass Reeves resulte prácticamente desconocido para la inmensa mayoría de la gente, tanto en su propio país, los Estados Unidos, como para el resto del mundo. Sin embargo, la vida de Bass Reeves posee la materia a partir de la cual se crean las leyendas.

 
L a figura de un vaquero negro es atípica porque el cine y la TV nos han dado una imagen falsa del Oeste. En realidad, uno de cada cuatro vaqueros estadounidenses era afroamericano. Del mismo modo, un agente de la ley negro tampoco se asocia con la imagen popular que tenemos de uno de los iconos más clásicos del Oeste americano, la que ha perdurado hasta hoy a través del western.

Por tanto, no es de extrañar que el nombre de Bass Reeves resulte prácticamente desconocido para la inmensa mayoría de la gente, tanto en su propio país, los Estados Unidos, como para el resto del mundo. Sin embargo, la vida de Bass Reeves posee la materia a partir de la cual se crean las leyendas.

Bass Reeves era un antiguo esclavo que pasó gran parte de su vida haciendo cumplir la ley en el lugar más violento y sanguinario de los Estados Unidos. En aquel entorno hostil y peligroso, este afroamericano no solo se convirtió en uno de los mejores hombres de la ley que hubo en todo el salvaje Oeste, sino que fue ampliamente conocido y respetado durante su vida, lo que hace que sus logros resulten todavía más extraordinarios. Reeves era excepcionalmente experto en la detención de fugitivos y forajidos, y sus hazañas fueron legendarias. Sin embargo, salvo la excepción de unas pocas referencias publicadas aquí y allá, los historiadores norteamericanos no volvieron a ocuparse de él. Fue una leyenda durante su vida, pero fue olvidado por la historia.

El lejano Oeste acabó hace más de un siglo, pero, aun formado parte del pasado, sigue estando muy presente en la actualidad, ya que ha sabido ejercer una enorme fascinación en personas de todo el mundo. Prueba de ello son las numerosas películas, libros y programas de televisión que se han hecho sobre aquel periodo concreto de la historia americana, haciendo conocidos para el publico en general las hazañas de sus héroes y villanos, pero confundiendo a veces tanto a unos como a otros a la hora de situarlos al margen de la ley. La historia con frecuencia se ha manipulado, y muy pocos saben cómo fue verdaderamente la existencia real de los hombres y mujeres que vivieron durante aquella época.

Pero pocas de aquellas personas han recibido una omisión tan injusta como la del marshal Bass Reeves. Con escasas excepciones, fue ignorado totalmente por los historiadores hasta hace escasos años. Debido a que Reeves era negro, su destacada carrera fue pasada por alto por la prensa y la historia contemporánea, lo que dificulta la reconstrucción de su vida.

A diferencia de otros personajes del Oeste, su nombre quedaría sumido en el olvido por muchos años, hasta unos recientes estudios que han rehabilitado su memoria. La biografía de Art Burton, Black Gun, Silver Star, cuenta por primera vez la vida de Bass Reeves y rescata su figura para que ocupe el lugar legítimo que le pertenece en la historia del Oeste americano. En ella muestra que Reeves superó a los demás agentes de la ley blancos en coraje y determinación. El riguroso e imparcial relato de Burton sobre el marshal Reeves le ha dado a éste una nueva vida literaria, al resucitar a un hombre de la ley negro en un mundo blanco.

Como decía, tan injusta negligencia ha sido reparada en gran medida gracias al excelente trabajo de investigación que ha realizado Art Burton, una obra fundamental para conocer la asombrosa vida de Bass Reeves. A lo largo del libro se encuentran registros de arrestos, testimonios judiciales, y artículos periodísticos que detallan la carrera de Reeves como agente de la ley en el Oeste americano. Black Gun, Silver Star, analiza su historia, examinando hechos y leyendas, para descubrir la verdad sobre quien fuera quizás el mejor representante de la ley en la época del salvaje Oeste.

Bass Reeves fue el primer marshal negro al oeste del Misisipi, algo que por aquel tiempo resultaba bastante insólito. El marshal Reeves sirvió además en los territorios indios de Oklahoma, el lugar más mortal para los representantes de la ley de todo Estados Unidos. El relato de su valentía, habilidad y firmeza en el cumplimiento de su deber se encuentra documentado en los periódicos y los casos judiciales. Por desgracia, Bass era analfabeto y no dejó ninguna carta o diario. Durante sus treinta y cinco años de servicio, detuvo el mayor número de fugitivos de la ley, algunos de ellos extremadamente peligrosos. Era un rastreador obstinado con reputación de conseguir a su hombre. Se estima que llevó a más de 3.000 delincuentes ante la justicia.

Reeves lucía catorce muescas en su revolver, pero nunca fue herido. Cuando el racismo era generalizado, se ganó el respeto de sus colegas como el mejor agente del territorio indio. Siempre decía: “nunca disparo a un hombre si no es necesario, y solo lo hago en cumplimiento del deber y en defensa propia.”


 

 
B ass Reeves nació esclavo -en julio de 1838- en el condado de Crawford, Arkansas. Era propiedad de William Steele Reeves, un rico propietario y legislador del Estado. Bass recibió el apellido de su amo como era costumbre entre los negreros. La familia Reeves, junto con sus esclavos, se trasladó a Texas alrededor de 1846. A la muerte del senador Steele, Bass pasó a manos de su hijo, el coronel George R. Reeves, quien fue primero sheriff y más tarde congresista, hasta su muerte por rabia en 1882. De niño, comenzó trabajando de aguador en las plantaciones hasta que pudo ser destinado a trabajos mas pesados.

Cuando estalló la guerra civil en 1861, el coronel Reeves le llevó con él como sirviente personal, y ambos combatieron por la Confederación. No están claras las circunstancias de cómo y cuándo Bass dejó a su dueño, pero en algún momento de la contienda obtuvo su libertad. Una de las versiones cuenta que tuvieron un altercado a las cartas, Bass pegó a su amo y tuvo que huir. Otros creen que simplemente escapó para ser un hombre libre, como habían hecho tantos otros esclavos negros.

Muchos esclavos habían escapado al territorio indio durante la Guerra Civil y fueron aceptados, a pesar de que algunas tribus habían intercambiado y poseído esclavos negros propios. Después de la Guerra Civil, los esclavos se convirtieron en "libertos indios". Como parte del tratado de 1866, esos libertos se hicieron miembros de las tribus indias, se casaron y se integraron con los nativos.

En cualquier caso, como esclavo fugitivo buscó refugio en Territorio Indio, donde una tribu lo recibió y protegió. Bass pasó varios años junto a los cherokees, creeks y semínolas, tribus que solían mostrarse hospitalarias con los negros fugados. Fue entonces cuando aprendió los idiomas y costumbres de las tribus que habitaban aquella región. También mejoró su destreza con las armas de fuego, especialmente el revólver, con el que llegó a ser muy hábil. Reeves era ambidiestro y podía disparar con gran precisión con cualquier mano. Siempre llevaba dos revólveres para desenfundar más rápido.

La Proclamación de Emancipación fue una orden emitida por el presidente Abraham Lincoln el 1 de enero de 1863, que cambiaba el estatus legal de más de 3 millones y medio de afroamericanos que permanecían esclavizados en el sur de los Estados Unidos.

"En virtud del poder, y para el propósito antes mencionado, ordeno y declaro que todas las personas detenidas como esclavos dentro de los Estados designados, son, y en adelante, serán libres".

Dicha ley fue promulgada directamente por la autoridad constitucional del presidente y no necesitó contar con la aprobación del Congreso. La Proclamación ordenó la libertad de todos los esclavos en diez Estados, pero no compensaba a los propietarios, no proscribía la esclavitud y no otorgaba la ciudadanía a los libertos. Aun así, muchos esclavos escaparon de sus amos y se alistaron en el ejército de la Unión. La libertad legal no llegaría hasta la ratificación de la Decimotercera Enmienda, en diciembre de 1865, que declaraba ilegal la esclavitud en todas partes de los Estados Unidos. La guerra civil había terminado unos meses antes, en abril de 1865.

Tras la abolición de la esclavitud, Reeves era ya formalmente un hombre libre, de modo que pudo regresar a su Arkansas natal y formar una familia. Se estableció en Van Buren, sede del Condado de Crawford, donde compró tierras y se hizo ranchero y agricultor. Había adquirido una hermosa propiedad en la cima del Monte Vista, una meseta que dominaba el río Arkansas y Fort Smith. La ciudad había sido fundada en 1817 como un puesto militar fronterizo cuyo cometido principal era mantener vigilancia sobre el Territorio Indio. Con el tiempo había ido adquiriendo cierta notoriedad en su forma de aplicar la ley en el Oeste, ya que no tardó en convertirse en una creciente comunidad llena de salones, tabernas y burdeles, en la que peleas y tiros eran frecuentes cada día.

Un año después se casó con Nellie Jennie, con quien tuvo diez hijos, cinco niñas y cinco niños. Jennie era el resultado de la mezcla de razas que podía darse en la frontera: blanca, india y negra. La conoció cuando vivía entre los indios durante la guerra civil.

Mientras tanto, servía ocasionalmente como rastreador para los oficiales de la ley que se adentraban en el Territorio Indio con órdenes del tribunal federal de Van Buren. Esos trabajos extras le dieron cierta fama local. Gracias a sus habilidades y a su conocimiento del terreno, fue contratado con frecuencia como guía y explorador de las partidas que perseguían a los muchos forajidos que pasaban por la zona.

En el Oeste operaban dos fuerzas de la ley. Ambos cuerpos solían trabajar unidos cuando era necesario, pero con frecuencia debían actuar por su cuenta debido a la enorme extensión de los territorios y a las dificultades de comunicación propias de aquel tiempo, de mediados a finales del siglo XIX.

Por un lado estaba el sheriff (comisario), que era elegido por votación de la comunidad. Podía contratar a varios ayudantes en función del presupuesto municipal, pero también estaba sujeto al consejo local. En la mayoría de los Estados Unidos, cada condado (county) tiene un sheriff, responsable normalmente de las funciones policiales. En algunos condados el departamento del sheriff es la primera agencia policial; en otros hay policía municipal en cada población. La presencia habitual de este funcionario en los relatos ambientados en el Oeste lo convirtió en una figura popular y fácilmente reconocible por su placa de metal en el pecho.

Por otra parte, también existía el marshal (alguacil u oficial de justicia) encargado de ejecutar las disposiciones federales, y cuyo nombramiento dependía del gobierno de la nación, lo cual le otorgaba hasta cierto punto una mayor imparcialidad y poderes más amplios. El Cuerpo de Alguaciles de los Estados Unidos (United States Marshals Service), forma parte del Departamento de Justicia.

La vida Reeves daría un cambio radical cuando aceptó el nombramiento de marshall federal con autoridad para ejercer en el Territorio Indio. Los oficiales de policía negros eran una rareza en otras partes de los Estados Unidos, pero más comunes en aquella zona teóricamente bajo control nativo, aunque nunca llegaron a ser muy numerosos. En ningún otro lugar del país podría un hombre negro arrestar a un hombre blanco.

Se designaba como Territorio Indio a una extensa pero pobre región del medio oeste a donde fueron desplazadas las "cinco naciones civilizadas” -Seminolas, Cherokees, Creeks, Choctaws y Chickasaws-, bien por la firma de tratados, que eran vulnerados de forma sistemática por los blancos, o en ultimo extremo mediante el uso de la fuerza militar, en un enfrentamiento desigual que nada tuvo de heroico o glorioso; un ejército mucho más numeroso y armado con rifles y cañones modernos contra un puñado de pieles rojas provistos de flechas y viejos fusiles.

La idea había contado con el respaldo del presidente Jackson al aprobar en 1830 la Ley de Traslado Forzoso de los Indios (The Indian Removal Act), por la cual estas tribus serían trasladadas lejos desde sus regiones tradicionales en el Este de los Estados Unidos hasta terrenos situados más al oeste, el llamado "Territorio Indio", un lugar muy diferente a sus tierras nativas, y que comprendía la actual Oklahoma y una pequeña parte de Kansas. Los exploradores franceses que recorrieron esta zona cuando formaba parte de Luisiana, la describieron como "selvática” (selvatiquese), por lo rudo y agreste de su naturaleza. Como incentivo, aquellas tribus que aceptaran renunciar a sus tierras de origen, recibirían asistencia material y económica, además de contar con la protección del ejército una vez llegados a su nuevo destino.

En su segundo mensaje anual al Congreso de los Estados Unidos, el 6 de diciembre de 1830, el presidente Jackson justificó el traslado indio con estos argumentos:

Separará a los indios del contacto directo con asentamientos blancos; los liberará del poder de los Estados; les permitirá buscar la felicidad a su manera y de acuerdo con sus rudimentarias instituciones; retrasará el avance de su decadencia, que loes está mermando en número, y tal logre que, bajo la protección del Gobierno y mediante la influencia de buenos consejos, se desprendan poco a poco de sus hábitos salvajes y se conviertan en una comunidad provechosa, civilizada y cristiana.

Y terminaba por asegurar: ¡Cuántos miles de los nuestros aprovecharían gustosamente la oportunidad de trasladarse al oeste en tales condiciones! Si se extendieran también a ellos las ofertas hechas a los indios, serían recibidas con gratitud y alegría (...) Bien considerada, la política del Gobierno hacia el piel roja no sólo es generosa, sino también magnánima.

Con la compra de Luisiana a los franceses en 1803, los Estados Unidos habían adquirido una enorme cantidad de tierras al oeste del río Misisipi. A partir de ese momento, se llevaron a cabo una serie de acuerdos para que las tribus indias abandonaran sus terrenos tribales fuera de las fronteras estatales y trasladasen sus asentamientos a este lugar, que se comenzó a conocer como el "Territorio Indio".

En teoría, este traslado se suponía que iba a ser voluntario, ya que la citada ley no ordenaba el traslado forzoso de ninguna tribu, y de hecho muchos indios nativos americanos se quedaron en el Este. No obstante, en la práctica, la administración de Jackson ejerció una gran presión, a base de persuadir, sobornar y amenazar, sobre los líderes de las tribus para que firmasen tratados de traslado. Esta cuestión originó graves divisiones dentro de las naciones amerindias, debido a las distintas posiciones de sus líderes tribales con respectos a la cuestión del traslado.

Como reflejo exacto de las disensiones tribales indias, entre la población blanca también existían dos posturas opuestas: por un lado quienes eran partidarios de una convivencia pacífica y respetuosa con las tribus nativas, y por otro, los que defendían abiertamente el exterminio indio como la única solución para conseguir la pacificación de todo el país. Serían estos últimos quienes triunfaron, dando lugar a una guerra racial que provocó el genocidio indio. Durante mucho tiempo se recompensaron las cabelleras indias que traían las milicias blancas que salían a cazar nativos.

Ralph K. Andrist, autor de The Long Death: The Last Days of the Plains Indian, cuenta la historia de las guerras indias, despojadas de leyendas heroicas, y refiere las espeluznantes matanzas de nativos americanos por patrullas blancas. Algunas bandas de indios arrancaban cabelleras, aunque no fueron ellos los primeros en hacerlo, sino que se limitaron a copiar esta abominable costumbre de los cazadores de pieles rojas. Tanto el gobierno americano como el mexicano pusieron precio a este macabro trofeo. En Pennsylvania se pagaba por cada cabellera de shawnee y delaware abatido, sin importar si era hombre, mujer o niño. Los cazadores de indios estaban obligados a traer la cabellera como prueba para poder cobrar. Tan sangrienta y brutal lucha provocó que, al margen del ejército, proliferaran milicias blancas y cazadores de cabelleras para obtener su siniestra recompensa.

Bajo este régimen de violencia, terror y opresión, no es de extrañar que la mayoría de los indios americanos, que apenas sumaban para entonces unos pocos de miles, cumplieran reacios pero pacíficamente con los términos de los acuerdos, a menudo con amarga resignación. Algunas tribus al completo y bandas separadas de su nación, no obstante, se resistieron al traslado. Esto dio lugar a varias guerras indias que, junto con las enfermedades y el hambre, prácticamente diezmaron y condujeron a la debacle total de los pueblos amerindios.

El primer traslado que se firmó tras la aprobación de la mencionada ley fue el Tratado de Dancing Rabit Creek el 27 de septiembre de 1830, por el cual los choctaws cedieron su territorio a cambio de dinero y tierras en el oeste. Unos 4000 choctaws se pusieron en camino hacia Territorio Indio, marchando a pie y a caballo, en un largo y penoso viaje en el que murieron cientos de ellos a causa del hambre, el frío, el agotamiento y las epidemias. Les siguieron en 1832 los creeks y los chicksaw, después de que su resistencia inicial fuera reprimida con dureza. Más tarde llegó un puñado de semínolas, ya que la mayor parte de la tribu se rebeló bajo el mando de Osceola, durante la Segunda Guerra Semínola (1835 - 1842). Esta contienda costó a los Estados Unidos 40 millones de dólares, más la vida de 1500 soldados y unos 350 voluntarios, sin que haya quedado registro del número de nativos muertos. A finales de 1842, los pocos semínolas que quedaban en Florida fueron deportados al Oeste. Pero el traslado indio más infame y cruel le correspondió sufrirlo a los cheroquis en 1838, cuando unos 17.000 de ellos fueron sacados a punta de pistola de sus hogares y agrupados en campos, de donde fueron enviados al Territorio Indio, muriendo por miles durante su forzada travesía a pie de 1.600 kilómetros.

Se estima que unos 100.000 amerindios fueron reubicados en el oeste como resultado de esta política, emigrando la mayoría de ellos durante la década de 1830. Durante esa gran migración muchos indios murieron por el camino, un largo y arduo peregrinaje que recibió el trágico nombre de Sendero de Lágrimas (Trail of Tears).

No obstante, esta solución no duró mucho. Los colonos blancos simplemente deseaban las tierras que estaban siendo ocupadas por las tribus indias. Por su parte, los gobiernos de varios Estados querían que todos los terrenos tribales que estuviesen dentro de sus fronteras fueran puestos bajo jurisdicción estatal. En 1830, Georgia aprobó una ley que prohibía a los blancos vivir en territorio indio sin una licencia del Estado. Esta ley se promulgó para justificar la expulsión de los misioneros blancos que estaban ayudando a los indios a resistirse al traslado.

Como consecuencia, las cinco tribus civilizadas fueron trasladadas al nuevo Territorio Indio. Estas cinco tribus fueron las primeras en ir a parar a la región, pero poco a poco las demás naciones indias corrieron una suerte similar y, tras ser sometidas en campaña o privadas de sustento al exterminar el búfalo, los restos supervivientes de otras tribus fueron traídas de los demás Estados y reasentadas en el “Territorio Indio", en áreas delimitadas casi siempre en los peores y mas áridos terrenos, insuficientes para mantener al gran número de nativos que habían sido conducidos hasta allí, y que acabaron formado las tristemente famosas reservas indias. Aun así, la presión ejercida por la opinión pública influyó para que el gobierno norteamericano vulnerara los tratados y acabara formando con estas tierras el actual Estado de Oklahoma.

Pero todo esto sucedería más tarde. Por aquellos años, el Territorio Indio era un lugar sin ley, donde ladrones, asesinos y otros criminales podían refugiarse impunemente, ya que no había jurisdicción federal o estatal que actuase para detenerlos. La única ley allí era la policía india, conocida como "Lighthorse", pero solo tenía jurisdicción sobre los indios. Las tribus nativas se gobernaban por sus propias leyes y con su propia policía tribal, pero exclusivamente para casos que afectaran a los miembros de éstas. Si había un negro o un blanco involucrado, era competencia del gobierno estadounidense, que debía mandar agentes federales para perseguirles. Obviamente eran pocos en una zona muy extensa. El resultado era que muchos de los blancos y negros que vivían en el Territorio Indio eran prófugos de la ley. Bajo estas circunstancias, el trabajo de marshal resultaba muy expuesto y peligroso, como prueba que de los aproximadamente 200 agentes muertos en el siglo XIX, 120 cayeron en el Territorio Indio.

Había aproximadamente 25.000 hombres blancos viviendo en el territorio indio y al menos 20.000 de ellos eran delincuentes que se aprovechaban de los indios, los ferrocarriles y los rancheros. El hecho de que fueran blancos no impidió que Bass los arrestara o matara. También contó con el respaldo del juez Parker, para quien era indiferente la raza a la hora de impartir justicia.

En 1875, el juez Parker, otro mito del Oeste que sería popularmente conocido como El Juez de la Horca (The Hanging Judge), por el alto número de sentencias en las que aplicó la pena capital de muerte por ahorcamiento, llegó para imponer justicia en ese territorio, un lugar de gran incidencia criminal por aquel entonces. El 10 de mayo de 1875, el presidente Ulysses S. Grant designó a Isaac C. Parker como juez del Tribunal Federal del Distrito Occidental en Fort Smith, Arkansas, una jurisdicción que incluía el Territorio Indio.

Desde 1873 hasta 1896, ochenta y seis individuos fueron ahorcados en Fort Smith. De ellos, setenta y nueve durante la administración del juez Parker. En total fueron 160 sentencias a muerte las dictadas por él, de las cuales 43 fueron conmutadas por cadena perpetúa. En una entrevista otorgada antes de morir, comentó acerca de su trabajo:

“Durante muchos años tuve que lidiar con los malhechores de este inmenso territorio de 74.000 millas cuadradas que abarca hasta Colorado. Los criminales fueron llevados a Fort Smith (…) Eran maleantes o tal vez demonios con forma humana. Sus crímenes fueron premeditados y hechos con saña. El robo era la principal motivación, y las víctimas eran usualmente hombres con quienes los asesinos habían viajado en largas jornadas en solitario a través de las llanuras”.

Ante su fama de cruel ahorcador, alegaba: “La gente me ha dicho: usted ha ahorcado a muchos hombres, y yo siempre respondía: No soy yo quien los ejecutó. Nunca he ahorcado un hombre. Es la Ley”.

Una de sus primeras disposiciones fue organizar un cuerpo armado de agentes para frenar la falta de orden en la región. El marshal James F. Fagan fue designado para contratar a 200 hombres, encargados de limpiar de forajidos aquel vasto territorio, con una orden clara y contundente del juez Parker: “deténganlos, vivos o muertos”. Uno de ellos sería Bass Reeves. Fagan, conociendo su excelente reputación como rastreador, le propuso que se uniera a esta nueva fuerza policial. En 1875, fue contratado como comisario adjunto, convirtiéndose en el primer hombre de la ley negro al oeste del río Misisipi. Fue una certera elección, pues, en las tres décadas siguientes, Reeves demostró ser uno de los oficiales más capaces y resolutivos.

Pese a su color de piel, Reeves contaba con varios puntos a su favor para desempeñar su trabajo. Primero, conocía bien el territorio, ya que había vivido allí durante muchos años como esclavo fugitivo; también mantenía muy buena relación con las tribus que lo habitaban, además de conocer a casi todos los líderes indios y sus policías. Igualmente hablaba con fluidez la mayoría de las lenguas indias y siempre había respetado a los nativos, que le correspondían. Muchas veces iba acompañado por rastreadores pertenecientes a la policía india que colaboraban en sus pesquisas, particularmente uno que era lacónico y reservado, al que tenía gran aprecio. El Lighthorse y otros indios le proporcionaban información sobre el paradero de los forajidos. También era conocido por recompensar con dólares de plata a quien le daba alguna pista valiosa. Eso le dio una cierta ventaja sobre los otros comisarios.

De alrededor de 200 ayudantes de policía estadounidenses que habían trabajado para la corte del juez Parker en Fort Smith, y de los que solo 3 eran negros, además de Bass, casi la mitad había sido asesinada. Uno murió en un manicomio, otros renunciaron y algunos fueron gravemente heridos. Muy pocos duraron tantos años como Bass. Cada vez que un agente andaba en busca de forajidos, podía no regresar con vida, pero debía hacer su trabajo.

La zona donde se encontraba su jurisdicción, el Territorio Indio, estaba infestada de criminales, desertores y aventureros producto de la violencia generada por la guerra civil, además de contar con la llegada masiva de emigrantes debido a la expansión de la frontera estadounidense hacia el oeste de la nación. Este lugar sin ley se vio invadido por cuatreros, vendedores ambulantes de whisky y bandidos de toda ralea que buscaron refugio en aquel territorio independiente de la autoridad judicial.

Por otro lado, la mayoría de los comisarios que trabajaban para el juez estaban cerca de ser ellos mismos unos proscritos. Con frecuencia les costaba distinguir la ley y abusaban de su cargo, o sencillamente eran matones de gatillo fácil. El juez Parker se había visto obligado a juzgar por asesinato a varios de sus oficiales a lo largo de los años, solo por matar a personas sin una razón justificada. De hecho, ordenó que fuera necesario solicitar un mandamiento judicial antes de arrestar a una persona sobre la que no pesara previamente una orden de captura.

En función de la misión encomendada, las persecuciones podían demorarse durante días, semanas e incluso meses enteros, y llevarles a recorrer más de mil kilómetros de distancia. Cada vez que un marshal salía de Fort Smith para ir a Territorio Indio, viajaba con un carro de comida y un cocinero, más un carro-prisión con un guardia armado, y al menos un ayudante, con frecuencia un guía nativo que le ayudaba en las labores de rastreo. No era inusual acumular varios bandidos en un solo viaje y era preciso vigilarlos y alimentarlos mientras el comisario daba caza a otros delincuentes que pudiera haber en la zona. A veces iba acompañado para hacer un arresto y otras veces no tenía más remedio que hacerlo solo.

Años después, en 1896, a los agentes se les asignó un salario, pues hasta ese momento cobraban mediante un sistema de tasas según el tipo de servicio prestado. Además de la paga, uno de los mayores alicientes de este arriesgado trabajo era la recompensa ofrecida por cada bandido, vivo o muerto, que solía suponer una buena ganancia. Las mejores recompensas fueron pagadas por los ferrocarriles. Por detener y matar al vaquero asesino Jim Webb, Reeves cobró 5.900 dólares: la recompensa de 5.000 $ y otros 900 $ en concepto de honorarios según el informe de la distancia y los arrestos realizados. Bass adquirió su rancho con el dinero que ganó como caza recompensas.

A Reeves, nacido en la esclavitud, no se le permitió aprender a leer ni a escribir, y fue analfabeto toda su vida. Sin embargo, esta grave dificultad, no le impidió cumplir con sus funciones y arrestar a los delincuentes, presentar pruebas y declarar ante el tribunal. Antes de partir, memorizaba las órdenes y las descripciones que le leían los jueces federales u otros funcionarios, un método que le daba buenos resultados, ya que nunca se equivocó de hombre.

De figura imponente, era muy alto y esbelto, usaba sombrero negro, ropa vistosa y botas relucientes. Montaba un gran semental blanco y lucía dos Colt 45 a sus costados. Según los que le conocieron, pese a su nula educación, tenía buenos modales y era cortés en el trato, además de poseer un agudo sentido del humor. En las pocas fotografías que se conservan suyas, podemos ver cómo era realmente: un gran mostacho oscuro le cruza la cara, tiene la nariz recta y el mentón cuadrado y lleva el pelo muy corto, destacando sus ojos, de mirada firme y resuelta; en definitiva, el rostro de un hombre seguro de sí mismo, de aspecto decidido y valiente.

El jefe de policía de Muskogee, Bud Ledbetter, dijo sobre él: “el veterano marshal negro nunca se acobardó ante ningún hombre".

Como Reeves medía alrededor de 1.90 cm, necesitaba un caballo de tamaño adecuado a su altura. Según algunas crónicas, era conocido por montar un gran caballo de color blanco, pero cuando no quería ser identificado, cabalgaba con otros. En realidad, tenía varias monturas. Sabía lo importante que era disponer de un animal fresco y bien alimentado, ya que la ventaja de contar con un caballo rápido, lo mismo que su habilidad con las armas de fuego, podía suponer la diferencia entre estar vivo o estar muerto.

Reeves era además un excelente tirador, tanto con el rifle Winchester como con sus dos revólveres Colt 45, que podía disparar simultáneamente, con gran precisión ya que era ambidextro. También cargaba con una escopeta de doble cañón en su arsenal particular. Tenía fama de ser uno de los mejores tiradores de la frontera, sobre todo con armas largas. Incluso corre la leyenda de que era tan imbatible debido a su certera su puntería que llegó un momento en que se le prohibió participar en concursos de tiro. Se dice que llevaba ambas pistolas con la culata hacia adelante para sacar más rápido. El secreto radicaba en disparar velozmente y con precisión, según le enseñó Arch Landon, su maestro entre los marshals de campo. Bass practicó incansablemente hasta conseguir hacerse un pistolero excepcional. Esta habilidad con las armas de fuego le salvó el pellejo en más de una ocasión.

También era un maestro del disfraz, un talento que empleaba a menudo, pasando por vaquero, vagabundo o incluso bandido, si con estas argucias podía prender a los criminales para que comparecieran ante el juez Parker. Casi siempre constituía una forma de acercarse sin levantar sospechas, y una vez junto a ellos, sorprenderlos cuando menos lo esperasen. La prioridad de Reeves era detener con vida a los delincuentes, e intentaba evitar de este modo inútiles derramamientos de sangre.

Pero donde Reeves destacaba era en su determinación, valor y sangre fría. Cada encargo que aceptaba implicaba que iba a perseguir al acusado de manera implacable. Se dice que de todos los criminales que persiguió durante los más de 30 años que ejerció como marshal, solamente uno logró escapar. Incluso algunas personas, sabiéndose perseguidos por él, prefirieron entregarse voluntariamente.

Los periódicos elogiaron la reputación de Reeves. El Chickasaw Enterprise, en su edición del 28 de noviembre de 1901, informó que había arrestado a más de tres mil hombres y mujeres por violar las leyes federales en el Territorio Indio. Por su parte, el Muskogee Times, escribió en su ejemplar del 19 de noviembre de 1909 que "en los primeros días cuando el país indio estaba plagado de bandido, Reeves conducía hasta Fort Smith, a menudo sin ayuda, bandas de hombres acusados de crímenes de asesinato. En aquellos días se le pagaban honorarios que a veces ascendían a miles de dólares por un solo viaje… Viajes que a veces duraban meses”.

Bass empezó pronto a ganarse una merecida fama por su valor y sus éxitos, capturando o matando forajidos. A lo largo de su carrera, se vio envuelto en numerosos tiroteos, pero se las arregló para esquivar cada bala. Además de mostrar una gran serenidad ante el peligro, Reeves destacó siempre por su sentido de la honradez y la integridad, un agente de la ley al que no se podía sobornar ni dominar. No cabe duda de que Bass era asimismo un hombre duro y violento, alguien al que no se podía tomar a la ligera. Por unas y otra razones, recibió el apodo de El marshal indomable (The Indomitable Marshal).

Prueba de lo anterior, son muchas de las osadas capturas que llevó a cabo, llenas de arrojo, inventiva y coraje, que podrían parecer fruto de la imaginación si no estuvieran puntualmente probadas como hechos históricos. En sus años en el cargo, arrestó a 3000 personas y tuvo que matar a 14. Muchos de los arrestos que Bass hizo fueron por "presentación", que era la práctica ilegal de vender whisky u otras bebidas alcohólicas. Desde 1822, una ley prohibía la venta de alcohol a los indios. Reeves también arrestó al ministro de su iglesia por vender alcohol ilegalmente.

Como es fácil suponer, muchos blancos no aceptaban la autoridad de un marshal de color, negándose a entregarse a un hombre negro, un racismo que acarreó serios problemas a Bass. Según el relato de su sobrino nieto, el juez Paul Brady, su primer cadáver fue producto de esta fanática discriminación racial. En una intervención al comienzo de su carrera, detuvo a un traficante de whisky que había estado vendido licor en el Territorio Indio. El vendedor ambulante se rindió de inmediato, pero su guardaespaldas armado comenzó a maldecir que una insignia negra no iba a detenerle, y apuntó su escopeta hacía Bass. No tuvo tiempo de hacer más. Estaba muerto antes de caer del carro al suelo con dos balas en el pecho.

Pero también había muchos ladrones, asesinos y violadores, criminales endurecidos a cuya cabeza se había puesto precio, lo que los volvía aun más resueltos a vender cara su piel. Algunos de los forajidos se ganaban la vida asaltando trenes, que causaron graves pérdidas a las compañías ferroviarias, como la Pacific Rail Road y otras muchas que circulaban por los Estados de Arkansas, Misuri, Kansas y Texas.

En cierta ocasión persiguió a dos forajidos por el valle del Río Rojo, cerca de la frontera con Texas, dónde estaban ocultos por la madre. Antes de actuar, estudió el terreno y trazó un plan para sacarlos de la casa. Se hizo pasar por un fugitivo perseguido por la ley (otra versión refiere que llegó disfrazado de vagabundo), para ganarse la confianza de la mujer, ésta le invitó a quedarse en la casa, y luego avisó a sus hijos que se encontraban ocultos cerca la vivienda. Una vez dentro, no tardaron en ponerse de acuerdo para unir sus fuerzas. Por la noche, cuando se durmieron, los esposó silenciosamente a sus camas con los grilletes que llevaba ocultos bajo la ropa. A la mañana siguiente los condujo esposados al juzgado, con la madre maldiciendo a Reeves durante todo el trayecto. Por esta detención obtuvo una recompensa de 5.000 dólares.

Otra vez, los tres hermanos Brunter lo detuvieron de imprevisto, apuntándole con sus pistolas a quemarropa. Reeves se limitó a sacar un lápiz y preguntar la hora en que los detuvo. Los bandidos se rieron incrédulos y bajaron la guardia apenas un instante. Reeves aferró el arma del más cercano y disparó con ella al segundo ladrón, matándolo, para luego partirle el cráneo con su propio revolver al primero. El tercero, asombrado, arrojó su arma y se entregó sin oponer resistencia.

O bien como demostró en la primavera de 1883. Jim Webb era un proscrito que se había trasladado a Texas, donde comenzó a trabajar de vaquero para Billy Washington y su socio Dick McLish, un prominente indio chickasaw. Ambos poseían un gran rancho en la parte sur de la Nación Chickasaw y eran muy ricos. Webb se convirtió en capataz del rancho con mando sobre 45 vaqueros y 7 hombres armados, varios de los cuales eran negros e indios.

El predicador negro, William Steward, propietario de un pequeño rancho colindante, había encendido un fuego que se extendió fuera de control hacia los pastos de al lado. En incendio enfureció a Jim Webb, quien se dirigió de inmediato a ver al predicador, y después de una discusión violenta, sacó su arma y lo mató.

Reeves recibió la orden de arrestar a Webb, por lo que él y Floyd Wilson se dirigieron al rancho en la Nación Chickasaw donde trabajaba Webb. Llegaron temprano por la mañana, saludaron a Webb y a su compañero Frank Smith, y pidieron algo de comer. Los oficiales de la ley no se identificaron, pero los vaqueros desconfiaban y no apartaban sus manos de las armas.

Después de la comida, Reeves y Wilson salieron y se sentaron en un banco del porche, mientras entablaban conversación con los dos hombres. De pronto, aprovechando un leve descuido, Reeves se levantó de un salto y quitó el arma a Webb, mientras le sujetaba por la garganta. Wilson no supo reaccionar, pero Frank Smith disparó dos tiros a Reeves, sin acertar ninguno. Éste disparó una vez a Smith, hiriéndole en el estómago. Smith murió un par de días más tarde.

En su viaje de vuelta a Fort Smith, les tendieron una emboscada. En lo alto de un montículo había 6 hombres armados, disparando con fusiles. Bass sacó su rifle y mató a tres. Luego montó su caballo directamente hacia los demás mientras continuaba disparando su rifle y mató a otros dos. Cuando llegó a la cima de la colina, el único superviviente del grupo galopaba hacia el Rancho Washington-McLish. Reeves aseguró posteriormente que lo dejó vivo para que pudiera contar lo que pasó.

No obstante, Webb logró ser liberado bajo fianza después de casi un año en la cárcel. Rápidamente huyó, y Reeves fue enviado a buscarlo de nuevo. El agente lo encontró en una tienda de Woodford, Oklahoma. Webb vio a Reeves venir a lo lejos y, sin aguardar más, salió a la carrera del edificio, disparando mientras avanzaba, sin atinar con ninguno de sus disparos. Bass disparó dos veces con su Winchester, acertando ambas. Según el informe de Reeves recogido por el historiador Burton: Se dejó caer y, cuando lo levanté, descubrí que le habían alcanzado mis dos balas. Estaba a 500 yardas de mí cuando lo maté. (Unos 450 metros).

Webb se estaba muriendo en la tierra cuando Bass llegó a su lado, y en una escena extraña y macabra, hizo entrega de su pistola y su funda al hombre de la ley, un recuerdo que el marshal atesoró el resto de su vida. Un testigo presencial del duelo, Jim Bywaters, anotó las últimas palabras del pistolero moribundo: He matado a 11 hombres, cuatro de ellos en territorio indio, y esperaba que fueras el 12. Reeves diría más tarde que Jim Webb fue el hombre más valiente al que jamás se había enfrentado. Y éste, como confesó antes de morir, sintió lo mismo sobre el hombre que lo mató.

Por Webb se ofrecía una recompensa de 5,000$ ya que había quebrantado la libertad condicional, lo que era mucho dinero en 1884. Bass invertiría dicha cantidad en comprar caballos de primera para la granja que poseía en Van Buren, justo al otro lado del río donde se asentaba Fort Smith, lugar de la corte del juez Parker. Habría preferido no matar a Webb, pero no tuvo otra opción. Sus órdenes como marshal era conducirlos ante la justicia tal como indicaban los pasquines y anuncios oficiales: Se busca, vivo o muerto.

Uno de sus mayores éxitos se produjo durante su enfrentamiento con el forajido Bob Dozier, conocido como el “hombre de las mil caras”, quien estaba acusado de una amplia variedad de delitos: ladrón de bancos y ganado, salteador de tiendas y diligencias, así como de viajeros solitarios, estafador y asesino, un tipo descrito como hábil y astuto, además de escurridizo y peligroso, al que muchos habían intentado capturar sin éxito. También era criminal despiadado, que se valía de la tortura para conseguir información. Dozier había sido un próspero granjero, de modo que no fue la necesidad lo que le obligó a elegir esta clase de vida al margen de la ley. Sus variadas fechorías, que incluían el crimen en todas sus variantes, le convirtieron en uno de los bandidos más buscados. Durante años también logró despistar a Reeves, hasta que éste descubrió su rastro en las colinas Cherokee. Después de resistirse al arresto, Reeves mató a Dozier en un duelo bajo la lluvia el 20 de diciembre de 1878.

Pero no todo fueron triunfos. También le tocó en suerte a Reeves probar la dura silla del detenido. En 1887, fue acusado de asesinar a un cocinero. La historia ocurrió del siguiente modo.

Durante uno de sus viajes, el grupo se detuvo y levantó un campamento para pasar la noche. Los prisioneros estaban atados a una larga y pesada cadena fuera del vagón. De esa manera podían alimentarse y dormir más cómodamente. Mientras tanto, el cocinero negro, William Leach, estaba cocinando la cena, una gran olla de estofado, a fuego abierto. Era un tipo de mal genio que ya había sido encarcelado varias veces: por hacer trampas a las cartas y estar borracho, y por haberle disparado al perro de otro hombre y por haber golpeado a un caballo.

Bass limpiaba su rifle, que parecía tener un cartucho atascado en la recámara, algo que podía ocurrir cuando se llevaban dos tipos diferentes de munición: del calibre 45 para los revólveres Colt y del 44-40 para su Winchester. En ese momento levantó la vista y vio a su perro Bandit acercarse al cocinero para que le diera un trozo de carne sobrante de la gran sartén que tenía en la mano. Pero en lugar de darle algo de comer, el cocinero arrojó la grasa hirviendo sobre el perro. El pobre animal tuvo un horrible fin. Entonces Bass se puso en pie de un salto y, llevado por la indignación, aunque más tarde alegaría que fue algo accidental, disparó su rifle, matando al cocinero.

Había demasiados testigos entre los prisioneros para negar lo sucedido. El juez Parker no era nada benévolo con los agentes que se tomaban la justicia por su mano, y matar a un hombre por un perro probablemente no se consideraría un trato justo, aunque, como en este caso, el animal valiera más que el humano.

A la mañana siguiente, después de encerrar a los prisioneros en el carro junto con el cocinero muerto, el marshal y sus hombres reanudaron el viaje de regreso a Fort Smith. Reeves se entregó él mismo y, al igual que los muchos proscritos que había arrestado, fue juzgado por el juez Parker. Para su fortuna, contó con la colaboración del fiscal Clayton, su colega y amigo. Al final, Reeves fue absuelto. Sin embargo, los gastos legales que tuvo que afrontar durante el juicio casi le conducen a la ruina.

Pero la prueba mas dura que tuvo que soportar Reeves fue la captura y arresto de su hijo Benny, acusado del asesinato de su esposa en un ataque de celos. Tras la renuncia de muchos compañeros a realizar ese cometido, aceptó el cargo y, dos semanas después de recibir las órdenes, traía al muchacho detenido para ser juzgado. En 1902, el joven fue enviado a la prisión federal de Leavenworth, Kansas, donde permaneció encerrado durante 22 años. Para el implacable marshal Reeves, nadie estaba por encima de la ley.

En 1896, su esposa Nellie murió en Fort Smith, y al año siguiente Reeves fue trasladado a la corte federal de Muskogee en el Territorio Indio. En 1900 se casó por segunda vez con una mujer llamada Winnie Sumter.

El 16 de noviembre de 1907, el Territorio de Oklahoma se unió con el Territorio Indio para formar conjuntamente el Estado de Oklahoma, que no tardaría en aplicar las leyes de segregación racial. A partir de entonces, los marshals federales blancos fueron integrados en el nuevo Estado, que asumió funciones policiales en el territorio indio. Por otra parte, los agentes afroamericanos fueron contratados como "Policía Negra" para encarcelar a personas de su propia raza, lo que significaba que tenían órdenes de no arrestar más a los blancos. Irónicamente, tras contribuir como ningún otro agente de la ley a pacificar el Territorio Indio, Reeves finalmente fue destituido. Como afroamericano, Bass no pudo continuar en su puesto de marshal en virtud de las nuevas leyes estatales.

Respetado por todos sus colegas y superiores, su carrera terminó en 1907. A la edad de 69 años, Reeves se convirtió en policía de la ciudad de Muskogee. Caminaba con un bastón, pero todavía seguía llevando un revolver al cinto y otro en una pistolera de hombro. Trabajó allí durante dos años hasta que contrajo una nefritis degenerativa que deterioró gravemente su salud.

Cuando murió el 12 de enero de 1910, el Muskogee Phoenix escribió sobre el legendario hombre de la ley:

"En la historia de los primeros días del Estado de Oklahoma, el nombre de Bass Reeves tiene un lugar en primera fila entre los que limpiaron el antiguo territorio indio de proscritos y forajidos... Durante ese tiempo fue enviado a detener a algunos de los personajes más peligrosos que jamás hayan infestado el territorio indio y hayan puesto en peligro la vida y la paz en sus fronteras".

Aunque sus logros como representante de la ley fueron muy superiores a los de muchos de sus contemporáneos blancos más famosos - me vienen ahora a la memoria los célebres Wyatt Earp o Wild Bill Hickok, cuyas vidas y hazañas son conocidas en el mundo entero gracias al cine-, por el contrario, Bass Reeves fue olvidado por la historia oficial. De haber sido blanco, tendría calles, libros y películas en su honor. Pero el hombre que durante 35 años sirvió fielmente como marshal de los Estados Unidos, ganándose a pulso una reputación como el mejor agente de la ley de todo el salvaje Oeste, era negro. Y sólo por esa razón fue condenado a un olvido deliberado, como tantos otros afroamericanos ilustres.

El 26 de mayo de 2012, una estatua de bronce que representa a Reeves a caballo le fue dedicada en el parque Pendergraft de Fort Smith, Arkansas.

Fuentes:

- Legends of America - Kathy Weiser , mayo de 2018

(http://www.legendsofamerica.com/WE-BassReeves.html )

- Black Gun, Silver Star: The Life y Legend of Frontier Marshal Bass Reeves - Art Burton (Bison Books, 2008)

*Art T. Burton es profesor de historia en el South Suburban College de South Holland, Illinois.

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