parallax background

ALEXANDRE JACOB
Un anarquista de acción

Alexander Marius Jacob fue un anarquista ilegalista francés de La Belle Époque. Ladrón dotado de gran ingenio y valor a la par que generosidad hacia sus víctimas, consideraba el robo como una forma de expropiación.

 
E l destino de algunas personas parece haber sido creado por la imaginación exaltada de un escritor de aventuras. Es el caso de Alexandre Jacob, cuya existencia azarosa, llena de lances y riesgos, resulta sin duda extraordinaria y asombrosa, una vida de novela. Grumete a los once años, a los trece había navegado por medio mundo y conocía tanto a las clases altas del puente superior como a los exiliados y pobres emigrantes que se hacinaban en las oscuras bodegas de los grandes buques mercantes. Desertó y se enroló de pirata. Pero aquejado de malaria, tuvo que dejar el mar, encontró empleo en una imprenta de Marsella y comenzó a leer libros y periódicos y a frecuentar reuniones libertarias. Se hizo anarquista, una decisión que marcaría el rumbo de su vida. Tenía entonces 18 años.

Alexander Marius Jacob fue un anarquista ilegalista francés de La Belle Époque. Ladrón dotado de gran ingenio y valor a la par que generosidad hacia sus víctimas, consideraba el robo como una forma de expropiación. No obstante, para muchos no dejó de ser más que un malhechor y un delincuente que hizo del anarquismo su bandera.

De acuerdo con la definición de la palabra, un bandido es un individuo en rebelión abierta contra las leyes y que vive de ataques armados. Sin embargo, no todos los bandidos son iguales. La mayoría son criminales sin escrúpulos que atacan la propiedad con el único propósito de enriquecerse sin esfuerzo, es decir, que están animados por los mismos vicios y egoísmos que la clase poseedora. Solo cambian los medios utilizados para disfrutar de la riqueza, pero la mentalidad sigue siendo la misma. De tal modo que muy poco diferencia al gánster que roba a sus semejantes a punta de pistola del empresario que se lucra a costa de explotar a los trabajadores. Pero hay otra categoría de bandidos, y son aquellos que, llevados por un anhelo de justicia social, se rebelan contra el orden establecido que sostiene una sociedad clasista, opresora y desigual.

Fue tal su celebridad que sirvió de inspiración para el personaje de Arsène Lupin, el famoso ladrón de guante blanco creado por el autor de novelas policiacas Maurice Leblanc. Sin embargo, ahí terminan las comparaciones con el popular héroe de ficción, por más que el mito se haya abierto paso en la historia. El 6 de septiembre de 1954, nueve días después de su muerte, la revista Black and White publicó El modelo de Arsène Lupin acaba de morir. Alain Sergent es quien impulsa esta impostura, mediante la biografía que escribió sobre Jacob en 1950 y un artículo para la revista Historia, en 1964, con el significativo título de El hombre que sirvió de modelo para Arsène Lupin. Pero Alexandre Jacob no era el caballero ladrón nacido de la imaginación de un novelista burgués, sino un anarquista ilegalista que dedicó su vida entera a la causa libertaria.

Jacob había comparecido ante el tribunal de Amiens en un caso que había acaparado el interés nacional, acusado de ser el jefe de Los Trabajadores de la Noche, una banda de ilegalistas que había saqueado a la alta sociedad y puesto en ridículo a la policía del país, La Sureté, que junto con la británica Scotland Yard, tenían fama de ser los cuerpos policiales más avanzados y profesionales del mundo. Jacob y sus compañeros serían acusados de 156 robos cometidos en solo tres años, de 1900 a 1903.

Es cierto que muchos anhelos utópicos se apoderaron del movimiento anarquista, y que ciertas manifestaciones de criminalidad se dieron con frecuencia en su seno. Los ilegalistas decidieron actuar en contra de los poderes establecidos y para ello se situaron al margen de la ley. Fueron tildados de terroristas y de criminales, llegando a ser repudiados incluso por gran parte del movimiento libertario, que consideró que sus hechos violentos suponían un perjuicio para la causa anarquista.

Sin embargo, no se debería identificar el anarquismo con la violencia terrorista. El ideal libertario de justicia y solidaridad, junto con su sentido de la libertad personal, constituye un símbolo orientador en esta época de masificación y de explotación por entidades económicas cada vez más poderosas y devastadores a escala mundial, que cuentan además con el respaldo absoluto del poder estatal. El uso de la violencia siempre es malo de por sí y jamás puede traer nada bueno, ni para quien la sufre, ni tampoco para quien la ejerce; pero en ocasiones, cuando la opresión se vuelve intolerable, parece constituir la única posibilidad de actuar.

Por otra parte, soy plenamente consciente de que escribir no deja de ser un proceso de elaboración. Una selección subjetiva tanto de los testimonios como de su presentación. Ya desde el punto de vista elegido se está adoptando una postura personal. No obstante, en la medida de lo posible, al relatar la increíble vida de Alexandre Jacob, he tratado de ajustarme a la verdad histórica –algo ya difícil de atrapar en el momento presente, cuánto más si las fuentes originales han sido barridas por el paso del tiempo- y ser fiel a la memoria de un hombre excepcional, un anarquista que realizó actos de gran coraje y audacia, aunque también muy cuestionables.

¿Pero qué sabemos sobre Alexandre Marius Jacob? Según el historiador francés, Jean- Marc Delpech, autor de una tesis, dos libros y numerosos artículos que constituyen una obra magna acerca del anarquista y ladrón Jacob, mucho y poco a la vez. En los archivos se acumulan actas, informes, notas oficiales, cartas y telegramas, un variado y completo dossier que arroja tantas luces como sombras sobre un controvertido y sorprendente personaje, que trasciende los estrechos limites de lo humano y se convierte en una especie de leyenda. Por otra parte, al tratarse de la historia de un anarquista ilegalista hay que tener en cuenta las necesarias distorsiones a las que se vieron sometidos los hechos por orden del gobierno republicano. Sin olvidar que los ladrones libertarios evitaban contarlo todo para no delatar a los compañeros.

Las anteriores biografías noveladas de Bernard Thomas y William Caruchet resultan poco convincentes y están además plagadas de inexactitudes, ni tampoco una epopeya como asegura Alain Sergent, su primer biógrafo, con una obra demasiado favorable, aunque conserva el valor de las aportaciones directas que le hizo el propio Jacob. En todos ellas se repite información errónea y a menudo deformada, en la que se presenta a Jacob como una especie de héroe del anarquismo, y se inventan escenas que nunca existieron, como el supuesto encuentro entre Jacob y Durruti en España, en 1937, cuando el líder anarquista español había muerto en noviembre del 36 durante la defensa de Madrid.

En resumen, ¿qué sabemos verdaderamente de Jacob? No mucho al final. Su vida está abierta a diversas interpretaciones, algunas más fáciles y falsas que otras. No obstante, yo he pretendido un acercamiento objetivo que, sin justificar los hechos, aporte una versión fidedigna y real de este anarquista de acción. Su empresa criminal seguramente les parezca reprobable a muchos, incluidos los partidarios del anarquismo, pero también hay que preguntarse hasta qué punto no fue cómplice y víctima de la historia política de su época.

Jacob puede ser definido de muchas maneras: como un anarquista que puso en práctica sus convicciones y actuó con hechos y no solo con palabras, un ilegalista que durante tres años mantuvo una guerra social contra el orden burgués que, según él, legitimaba la explotación, la injusticia y la opresión. Un idealista, en todo caso. Asimismo podemos verlo como un aventurero que se dejaba llevar por la embriaguez de la acción. También como un peligroso un criminal y un duro convicto. O acaso el modelo del dandi y ladrón de guante blanco nacido de la imaginación de un novelista, inteligente y audaz, amante de los disfraces, que solo roba a los ricos y practica una irónica insolencia con sus víctimas. Sin embargo, como hombre era todo eso y mucho más. Jacob no fue un personaje de ficción, aunque actuara con fantástica temeridad y valor y se burlara con desaire de la policía. Fue un hombre complejo, que mezcla el cinismo y la bondad, el horror del crimen y la lucha por la justicia social, la práctica de una integridad personal rigurosa y el desprecio de las leyes y las convenciones sociales. Algo imposible de encerrar entre los simples y reducidos bordes del papel escrito.

En este breve esbozo biográfico se exponen escasos juicios de valor. El narrador desaparece tras lo narrado y deja que sean los hechos los que hablen por sí mismos, además de ceder con frecuencia la palabra al propio Jacob como fuente original, a través de su numerosa correspondencia y sus diversos escritos. El proceso de investigación sobre este periodo se encuentra abierto y arroja todavía muchas incógnitas. A pesar de ello, he intentado ser lo más veraz posible, buscando la realidad que se esconde tras unos acontecimientos que pertenecen al lejano pasado – tienen más de un siglo- , y forman parte ya de la historia del anarquismo.


 

 
A lexandre Marius Jacob nació el 27 de septiembre de 1879 en Marsella. La ciudad francesa contaba con uno de los puertos más importantes del mundo gracias a la apertura del Canal de Suez en 1869, que había potenciado el comercio de ultramar. A través del puerto marsellés llegaban productos exóticos procedentes de todos los lugares del globo, a la vez que servía de salida para las exportaciones francesas. Marsella era en aquella época una ciudad en pleno desarrollo, muy popular y cosmopolita, pero a su vez marcada por violentos conflictos sociales.

Jacob pasó su infancia en el barrio del Viejo Puerto, en un ambiente de clase trabajadora. Sus padres eran pequeños comerciantes. El padre, Joseph Jacob, fue cocinero en una compañía naviera, aunque dejó el mar para trabajar junto con su mujer, Marie Berthou, en la panadería familiar. El negocio marchó mal desde el principio debido a la afición paterna por la bebida. No obstante, los recuerdos de infancia de Alexandre son felices gracias al amor incondicional de su madre, una mujer que veía en él al único superviviente de los cuatro hijos que tuvo.

Pero en aquellos tiempos la niñez era corta para los descendientes de los obreros y pronto debe ponerse a trabajar. Deja el colegio religioso con el certificado de estudios por todo bagaje cultural, aunque siempre manifestó un gran amor por la lectura, y en 1891, con 11 años de edad, Alexandre embarca como grumete. En los siguientes seis años navegó en ocho barcos diferentes, lo que nos proporciona una idea de su inquieta y errática existencia.

La vida a bordo era muy dura, la disciplina se hacía cumplir de forma severa, incluso despótica si el capitán hacía valer sus prerrogativas de amo absoluto del barco, y además el trabajo resultaba agotador, en especial para el grumete del barco, el último miembro de la tripulación, un chico que de repente abandonaba su hogar y se veía inmerso en un mundo de hombres adultos. A un aprendiz de marino se le asignaban las tareas más pesadas y serviles, aquellas que un marinero curtido despreciaba, como baldear la cubierta, limpiar los camarotes o atender la mesa, trabajos y penalidades a los que había que sumar el peligro de naufragar.

Tras dos años soportando esta ruda existencia, Jacob desertó en Sydney, Australia, donde se dedicó a vagabundear y robar para sobrevivir. Cometió el error de enrolarse en un ballenero que, una vez en alta mar, se reveló como un barco pirata, al que abandonó en su primera escala. Justo a tiempo de evitar la horca: el falso ballenero sería detenido poco después por la marina de guerra británica y ahorcada toda su tripulación.

Consigue retornar a Marsella, donde es arrestado por deserción, pero su juventud - tenía trece años- y los buenos certificados de sus oficiales le evitan la condena, y es absuelto bajo el compromiso de seguir sirviendo en la marina. Pasa los siguientes cuatro años navegando, en un incesante cambio de rutas y embarcación, mientras estudiaba para piloto. Sin embargo, sus planes marítimos se vieron frustrados por la enfermedad. Regresó a Marsella en 1897, con la salud minada por unas fiebres que le atormentarían el resto de sus días. De este modo terminó definitivamente su vida marinera. Más tarde diría de sus viajes: Yo vi el mundo y no es hermoso.

Obligado a permanecer en tierra, se emplea como aprendiz de tipógrafo en una imprenta. Fue entonces cuando entró en contacto con el anarquismo. Leía libros: Víctor Hugo, pero sobre todo a Proudhon, Bakunin y Kropotkin, colaborando con L´Agitateur, el periódico libertario marsellés, al tiempo que frecuentaba reuniones anarquistas. En este ambiente es donde conoce a la que sería su compañera, Rose Roux, criada y ex prostituta, una de esas pobres criaturas que la miseria había abandonado a su propia suerte desde niña.

Jacob tuvo siempre una aguda conciencia social que le hacía sentir vivamente las injusticias de este mundo. Aun siendo muy joven había conocido ya las privaciones, infortunios y penalidades que debían soportar los más pobres y humildes. Sabía de la brutalidad y corrupción que imperaba en la humanidad. Era un tanto soñador y rebelde y creía en un futuro mejor para todos, en especial para los más desfavorecidos. Y el ideal anarquista de dignidad, libertad y justicia social concordaba con sus anhelos personales.

Sin embargo, no era un buen momento para el movimiento libertario. Decenas de militantes anarquistas fueron encarcelados en base a unas leyes* promulgadas recientemente que condenaban cualquier relación con el anarquismo, al que se tachaba de peligroso para el orden público y socialmente subversivo. Los anarquistas eran perseguidos con especial saña debido a su asociación, al menos en el plano ideológico, con hombres como Ravachol y otros como él, que hicieron del terrorismo su arma política reivindicativa. Más allá de algunos reducidos círculos que esperaban enardecer a las masas con su actos de violencia, el uso del terror los volvió impopulares entre la gente, lo que, en definitiva, perjudicó a la causa anarquista, además de propiciar una fuerte represión por parte de las autoridades. Un papel decisivo jugó asimismo la campaña de censura y desprestigio sin paliativos llevada a cabo por la prensa, presentando la versión oficial más conservadora y contribuyendo a fomentar una opinión popular desfavorable hacia el anarquismo. Ante el enorme poder de los medios de masas, que tienen entonces su momento de expansión, unas pequeñas imprentas manuales apenas sirven para difundir las ideas revolucionarias, que reprueban en su mayoría los actos terroristas, aunque situándolos en un contexto de extrema violencia, injusticia y desigualdad social.

Es en este clima de persecución política, cuando el 3 de agosto de 1897, Jacob es arrestado en Marsella junto con el anarquista Rappalo, acusados ambos de fabricar bombas. La detención se debe a una maniobra policial, fruto de la denuncia de un confidente, que previamente había preparado el paquete con los componentes explosivos. El Tribunal de Justicia de Marsella le condenó a 6 meses de prisión y 50 francos de multa.

Tras salir de la cárcel, Jacob es un hombre marcado y le resulta muy difícil ganarse la vida. Ahora es un peligroso agitador fichado por la policía, lo cual le convierte en un tipo señalado en la ciudad. La persecución implacable a la que se ven sometidos tanto él como su familia: vigilancia constante y registros frecuentes de la vivienda, además de la consiguiente pérdida de sucesivos empleos - aprendiz de tipógrafo, aprendiz de farmacéutico, secretario en una fundición -, cuando invariablemente se presentan a pedir informes en su lugar de trabajo-, condicionará su futuro. A partir de entonces, robar no sería tan sólo una reapropiación personal sino un ataque al mundo de los poderosos.

Todo esto me amargó y me repugnó, así que entré en una lucha abierta contra la autoridad.

El robo se reprime en todos los países del mundo, como un ataque a la propiedad privada, individual o colectiva, ya que todo el orden social se fundamenta sobre este principio de propiedad. A los veinte años, Jacob decide declarar la guerra a la sociedad opulenta y lo hará mediante el robo, atacando sus propiedades. El robo, según sus ideas, suponía la justa expropiación de los bienes usurpados a los trabajadores mediante la explotación laboral, una sustracción legalizada por la misma autoridad que legitimaba al capitalista. El robo podía constituir una respuesta inmediata e individual, una forma consciente de rebelión, ante una clase de injusticia económica y social que el filósofo anarquista Proudhon había descrito en su revolucionario ensayo ¿Qué es la propiedad?

Es necesario golpearlos en el único punto sensible que tienen: la caja fuerte. No es con el terrorismo que se obtiene la emancipación de los explotados. Sin embargo, el buen sentido y la simpatía del pueblo estarán de nuestra parte cuando demostremos ser capaces de dar caza a las riquezas acumuladas a sus costillas, porque para ser obscenamente ricos es necesario haber explotado el sudor y la sangre de la pobre gente.

El 31 de marzo de 1899, Jacob y tres compañeros entran en el Monte de Piedad de Marsella, una casa de empeños que frecuentemente sirve también para colocar bienes robados. Se hacen pasar por agentes de policía que investigan un crimen y, mostrando una orden de registro falsa, realizan el inventario de todo el material en depósito. Luego confiscan las joyas y otros objetos de valor, un botín de aproximadamente 400.000 francos, como posibles pruebas del delito. La jugada se lleva al límite de conducir a su engañada víctima hasta el Palacio de Justicia, donde le abandonan en espera de prestar declaración. El suceso acaparará los titulares de los periódicos. Alexandre Jacob se ha convertido en un buscado ilegalista.

Unos meses más tarde es detenido en Toulon por una delación y condenado a cinco años de cárcel. Para evitar la prisión, simula locura y afirma tener alucinaciones en las que es atacado por jesuitas. Resulta tan convincente que el Tribunal de Apelación de Aix en Provence ordena su traslado al hospital psiquiátrico de Montperrin. El 19 de abril de 1900 logra escapar del manicomio con la ayuda de un enfermero y busca refugio en la casa del anarquista Georges Sorel, en Sète, una ciudad a orillas del Mediterráneo.

Los últimos sucesos le llevan a reflexionar y reconocer sus propios errores. Era un delincuente novato, sin experiencia y demasiado incauto. Debía cambiar sus métodos y, sobre todo, rodearse de compañeros de confianza que compartieran por igual sus ideas y proyectos. Sobresalió en lo primero, creando un sistema inaudito y original, el robo científico perfectamente calculado, verdaderos golpes maestros, una práctica metódica y organizada a la que, como suele suceder, le falló el elemento humano.

Más tarde se mudó a Montpellier, donde abrió una ferretería a nombre de su amante, Rose Roux. Gracias a este negocio pudo disponer de cajas fuertes de todas las marcas para estudiar las cerraduras y practicar hasta convertirse en un especialista. Fue entonces cuando decidió organizar su banda, llamada "Los Trabajadores de la Noche".

Las reglas eran sencillas: no se mataba salvo en defensa propia, es decir, para proteger la propia vida y libertad; se robaba solamente a los parásitos sociales: aristócratas, empresarios, jueces, militares y clérigos, pero nunca a quienes ejercieran profesiones consideradas útiles, como médicos o artistas; y finalmente, un porcentaje del botín se entregaba a la causa, con el fin de pagar fianzas y abogados, ayudar a libertarios necesitados o bien publicar periódicos y panfletos anarquistas. Jacob escogió para realizar su plan a compañeros ilegalistas.

En primer lugar, un miembro de la banda salía en viaje de exploración, utilizando la extensa y nueva línea ferroviaria aprobada por la Asamblea Nacional en 1879, que había construido 10.000 km de vías para conectar Francia entera. Cuando observaba una vivienda prometedora, introducía un trozo de papel bajo la puerta del domicilio elegido y volvía al día siguiente para comprobar si el papel seguía en su sitio. De esta sencilla manera se aseguraban que no estaba habitada. Mediante un código cifrado de mensajes, enviaba un telegrama dando instrucciones sobre el personal y los materiales necesarios. Con la práctica, Jacob se volvió un verdadero experto en forzar cerraduras de puertas y cajas fuertes, llegando incluso a diseñar sofisticadas herramientas para su uso privado. También era muy astuto e imaginativo a la hora de elegir el disfraz oportuno, actuando bajo una gran cantidad de seudónimos,como alias Georges, Escande, Férau, Jean Concorde, Atila, Barrabás. Asimismo alquiló los servicios de una pequeña fundición para transformar el oro robado en lingotes, mientras que las joyas eran vendidas en el extranjero. Por ultimo, Jacob se hizo un entendido en ferrocarriles, dominando la red viaria francesa, para asegurar la ruta de huida.

Uno de los métodos que inventó consistía en entrar desde el techo del piso superior, practicando un agujero en el suelo, por el que se introducía un paraguas, que podía abrirse para recoger los escombros y evitar así el sonido de los restos que caen. Puso en práctica este sistema por primera vez en París, el 6 de octubre de 1901, cuando asaltan la vivienda del joyero Bourdin. Alexandre Jacob, Honoré Bonnefoy y Jules Clarenson pasaron por el apartamento de arriba. El director de cine Jules Dassin copió el escenario del robo en 1954 en su película Rififí.

Entre 1901 y 1903, actuando en grupos de dos a cuatro personas, Los Trabajadores de la Noche efectuaron más de 150 robos **, principalmente en Francia, pero también en Bélgica, Italia y el norte de África (intentaron en vano robar la embajada rusa en Argel y una joyería en El Cairo), así como España, donde planearon asaltar la catedral de Santiago de Compostela. Sus técnicas eran tan novedosas y se ejecutaban con tal pericia y profesionalidad, que durante un tiempo se tornaron prácticamente invulnerables. La Sureté se vio obligada a crear un cuerpo especial de policía con el fin de frenar las actividades de la banda y detener a sus integrantes.

La empresa criminal, basada en movimientos rápidos y audaces, consigue un gran éxito. Se suceden los robos, casi a razón de uno por semana. El botín obtenido es incalculable, pues además del oro y la plata, abundan las antigüedades, las obras de arte y las joyas. Sin embargo, como toda obra humana, estaba sujeta a fallos y errores. En Orleans, el 27 de febrero de 1901, Jacob estuvo a punto de ser atrapado y dispara contra el agente Couillot para proteger su escapada. Su amigo y cómplice Royère es arrestado. Clarenson es detenido en Monte Carlo en 1902, mientras que Ferrand y Vaillant caerán en Nevers a principios del año 1903.

Jacob hizo del robo una verdadera ciencia, cuyo objetivo eran los ricos.Condes, marqueses, pero también industriales, prelados y militares de rango, la alta sociedad francesa en pleno sufrió sus ataques. La banda siniestra, como fueron llamados durante el juicio de Amiens, asaltó castillos, catedrales, iglesias y mansiones, robando a los ricos en una guerra que puso a prueba a la policía francesa durante tres años. Pero se trata de una lucha no violenta, en la que se limitan a saquear las propiedades y cajas fuertes.

Las personas útiles a la sociedad no deben ser despojadas, invariablemente nuestros objetivos son los bien alimentados parásitos que desangran y depredan a esta sociedad.

Jacob siente afición a dejar la firma de sus actos con una tarjeta en la que escribe unas breves palabras. En el golpe de Béziers en abril de 1899, tras apoderarse de un botín en joyas, plata y valores pertenecientes a la condesa De Cassagne, firmó este mensaje al resistirse la caja de seguridad debido todavía a su falta de experiencia: “Sucia aristócrata, alégrate de que no tengamos suficiente tiempo, de lo contrario tu caja fuerte sería aliviada un poco. La próxima vez esperamos que sea mejor”. En Rouen, asaltó la iglesia de Saint Sever, durante la noche del 13 al 14 de febrero de 1901, y dejó escrito: “Dios Todopoderoso, busca a los ladrones que han robado a otros". O bien, cuando se introdujo en la residencia del capitán de fragata Julien Viaud, escritor más conocido con el seudónimo de Pierre Loti, esta fue su nota de disculpa: "Habiendo entrado en tu casa por error, no podría tomar nada de quien vive de su pluma. Todo trabajo merece un salario. Atila. - P.S.: Adjunto diez francos por la ventana rota y el cerrojo dañado".

Pero no solo en los métodos y en los objetivos difiere Jacob del resto de delincuentes, también en su vida privada es distinto. Para empezar, no quiere relacionarse con el hampa. Jacob era un hombre de acción, pero también un idealista. No se permitía lujos, llevaba una existencia frugal y sencilla, en la que nunca bebía alcohol y apenas comía carne, leyendo e interesándose por las artes y las ciencias. Y no robó más que a los ricos de las clases privilegiadas, aunque intentó hacerlo sin violencia, valiéndose sobre todo de su inteligencia y de su valor.

No obstante, la tensión de una vida al límite fue desgastando su resistencia. El 21 de abril de 1903, fracasa el robo en Abbeville cuando un vecino alerta a la policía. Durante la huida, el agente Pruvost es asesinado de un disparo por Félix Bour. Sus dos cómplices no tardan en ser apresados. Jacob fue arrestado a primera hora de la mañana después de una accidentada y frenética persecución que posteriormente narraría detalladamente en los Recuerdos de un rebelde, las memorias que escribió mientras esperaba para ser juzgado en la prisión de Orleans. El resto de la banda es detenida gradualmente.

Dos años más tarde, fueron juzgados en Amiens. La investigación duró casi dos años y finalmente reunió una enorme acusación de 161 páginas, con más de 20.000 pruebas, 156 robos enumerados y 23 inculpados. Durante ese tiempo, los anarquistas crearon en Amiens un semanario libertario: Germinal, con el fin de dar apoyo a los detenidos. Además de organizar reuniones y conferencias, numerosos militantes y simpatizantes anarquistas, junto a una gran multitud de curiosos, acudieron a la ciudad para presenciar el juicio, uno de los más célebres de La Belle Époque.

El juicio se llevó a cabo del 8 al 22 de marzo de 1905 y tuvo una enorme repercusión en toda Francia. Tanto los diarios locales como nacionales y algunos periódicos extranjeros enviaron periodistas para cubrir las sesiones de la audiencia. Era necesario, para garantizar el orden, tener un batallón de infantería que ocupara el interior del juzgado de Amiens. La ciudad parece encontrarse bajo asedio militar y policial. El palacio de justicia estaba protegido por los gendarmes y un regimiento de caballería, que se alineaban en el exterior. Se temen disturbios cuando la multitud grita “¡Viva Jacob!” a cada entrada y salida del carro celda.

Jacob se sirvió del estrado para difundir sus ideas anarquistas. Sus respuestas, recogidas en las actas judiciales, están cargadas de agudeza y humor irreverente. En el juicio, Jacob mostró una mordaz oratoria para contestar y enfrentarse a sus acusadores. Por otra parte, para cubrir a los amigos y compañeros, se hizo cargo de sus acciones. Ha pasado de los hechos a las palabras, que utiliza con irónico ingenio para justificar y legitimar sus robos. El numeroso público que abarrota la sala ríe, pero también se estremece, ante las provocaciones del principal acusado. Fue entonces cuando hizo su famosa declaración ¿Por qué he robado? A través de este escrito, redactado en su celda de la cercana prisión de Bicêtre, dejó constancia de la clase de ideas que le movían a actuar.

He preferido conservar mi libertad, mi independencia, mi dignidad de hombre, antes que hacerme artífice de la fortuna de un amo. En términos más crudos, sin eufemismos, he preferido robar antes que ser robado.

Cuando el presidente de la corte le pregunta por el dinero, visto que la investigación ha probado que vivía pobremente, Jacob responde:

Se lo explico rápido, pero temo que no sea capaz de entender. Cada día, muchos obreros mueren en la miseria. Innumerables infelices vegetan y mueren sin que nadie se ocupe de ello. Gran parte de la población vive sin un techo para cubrirse del frío, padeciendo el hambre, las enfermedades, la desesperación… Yo he intentado vengarlos y ayudarlos, dentro de lo poco que he podido. Sólo he cumplido con mi deber. Donde sea que haya visto villas y castillos he entrado a retomar una parte de los bienes robados. He robado a los verdaderos ladrones. Esta sociedad está podrida, y de esto también ustedes son la prueba.

El 22 de marzo de 1905, se pronuncia el veredicto para los 23 inculpados: Jacob es sentenciado a trabajos forzados en la Guayana Francesa. Escapó de la guillotina pero con una condena a perpetuidad en uno de los peores y más siniestros presidios del mundo. Siete de sus compañeros serán enviados también a la colonia penal, mientras que los demás acusados recibieron penas muy severas que denotaban la intención de aplicar un castigo ejemplar.

Encerrado en una jaula dentro de la bodega de un barco junto a otros seiscientos convictos, es como Jacob arriba a la Guayana Francesa el 13 de enero de 1906. El penal francés es conocido con el terrible apelativo de la guillotina seca. La esperanza de vida de un recluso ronda los cinco años. Desde el mismo momento en que pone pie en tierra comienza su incesante lucha contra la administración de la colonia penal. El comandante Michel, director del presidio, escribirá en sus memorias: “Si hubiese podido obtener una tregua con Jacob, aquel mismo Jacob que ha inspirado el personaje de Arsenio Lupin al novelista Maurice Leblanc, lo habría hecho con mucho gusto. Yo que he tenido que ver con miles de condenados, he sido puesto en jaque por uno solo de ellos. Por años me ha enfrentado. Sentía que Jacob, encerrado en su celda, era mucho más peligroso que los valentones que imponían su ley a cuchillazos.”

Jacob era el recluso número 34.777. Considerándose un "prisionero de la guerra social", adoptó desde el principio una actitud de oposición a la Administración Penitenciaria, lo que le llevó muchas veces ante la comisión disciplinaria. También fue juzgado en siete ocasiones por el Tribunal Marítimo Especial de Saint Laurent du Maroni, por asesinato (el del convicto Capelletti en 1908, al que mató a cuchilladas cuando descubrió que pretendía envenenarle), fuga e intento de fuga.

Estuvo preso durante casi veinte años, intentó fugarse diecisiete veces sin éxito y conoció el confinamiento solitario y silencioso en las celdas de castigo de la isla del Diablo, donde permaneció incomunicado durante dos años. Las condiciones de internamiento en las islas de la Salvación eran extremadamente duras y sus fuerzas físicas se vieron muy afectadas. También sufrió graves depresiones, que sólo encontraban alivió en los mensaje que recibía del exterior. Tenía derecho a escribir una carta al mes, correspondencia que representaba su única conexión con el mundo libre. Mantuvo una comunicación constante con su madre, quien, tras enviudar en 1905, se ganaba la vida como costurera, al tiempo que efectuaba constantes peticiones de indulto. Marie nunca abandonó a su hijo durante tan larga condena, que de alguna manera sufrieron juntos.

Hoy recuperé dos kilos. Es cierto que tenía mis calcetines. Peso 39 kilos. Pesaba 65 hace un año (carta a Marie Jacob, 2 de febrero de 1911).

A diferencia de otros deportados, Jacob no bebe, no juega ni practica la homosexualidad. La mayor parte del tiempo libre lo dedica a la lectura y el estudio, llegando a ser un gran conocedor de las leyes francesas, en especial de las referentes a la normativa penal, que utiliza para ayudar a sus compañeros y a sí mismo en constantes juicios y disputas con la administración penitenciaria***. También colaboró con el doctor Louis Rousseau, médico de quien se hizo amigo, en un libro que denunciaba los horrores de la prisión.

La idea de escapar de aquel infierno nunca abandonó su mente, aventurándose una y otra vez con diversos y arriesgados planes: desde robar armas, construir una balsa o ingerir una droga que provocaba una muerte aparente para que su falso cadáver fuera arrojado al mar. En total, diecisiete intentos frustrados de fuga, que le acarrearon todavía más años de castigo en las terribles celdas de aislamiento de la islas, reservadas para los presos más peligrosos, duros y rebeldes. Eran una cárcel extrema dentro del propio sistema penitenciario colonial.

Se trataba de unos estrechos, húmedas y sucios calabozos donde apenas llegaba la luz del sol, provistos de un pequeño ventanuco en la puerta para recibir la comida y un alto techo de rejas, en los que se imponía la orden de estricto silencio, encerrados a solas en aquel oscuro e infecto agujero durante todo el día, sin posibilidad alguna de trabajo o distracción, el recluso se iba consumiendo poco a poco. Papillón, el famoso preso francés, describe en su libro los horrores de estas inhumanas celdas de castigo.

En 1907, su compañera Rose Roux muere en prisión con 43 años. Triste final para una mujer que pasa casi de puntillas por esta historia, pero que, siendo como era mayor en edad, debió ejercer una gran influencia en Jacob, con el que pasó los mejores años de su miserable y arrastrada vida.

Cuando, en 1924, Albert Londres decidió investigar la colonia penal de la Guayana francesa, era ya un periodista reputado en su país. En una serie de artículos, que luego publicaría en forma de libro con el título de En presidio, el autor informó al público francés de las crueles condiciones de vida que sufrían los condenados de aquel aislado penal, que llevaba más de cien años en funcionamiento y del que, sin embargo, se conocía muy poco. Un terrible lugar, que bien podían llamarse de exterminio y colonización obligada, del que casi nadie regresaba debido al "doblaje", un sistema de castigo por el que alguien sentenciado a un determinado número de años de trabajos forzados, tras cumplir la sentencia completa, debía permanecer la misma cantidad de años en la Guayana; si era condenado a más de siete años, la residencia se convertía en perpetua. La publicación de los reportajes generó numerosas protestas en toda Francia.

Aprovechando el interés del momento, se llevó a cabo una campaña de prensa a favor de la liberación de Jacob. El 8 de julio, un decreto presidencial conmuta su sentencia por 5 años de prisión en la metrópoli. Jacob llega a Francia el 18 de octubre de 1925 y ese mismo día es internado en el centro penitenciario de Saint Nazaire.

Tras pasar por las prisiones de Reunes y de Melun, en 1926, un nuevo decreto presidencial reduce el encarcelamiento a dos años. Es conducido a la central de Fresnes. Y, por fin, el 30 de diciembre de 1927, tras casi 25 años de reclusión penitenciaria, veinte de ellos en las temibles colonias penales de la Guayana, se produce la liberación de Alexandre Jacob.

A su salida de la cárcel de Fresnes, Jacob es un hombre libre de 49 años. Encuentra trabajo en el taller Marivaux, una fábrica de abalorios subcontratista de los grandes almacenes Printemps en Paris, donde vive pobremente con su madre. No era una vida que le agradase e hizo planes para mejorar. En 1931 opta por el comercio callejero y se hace vendedor ambulante. En 1935 se muda a Yonne y luego a Berry. En 1939 se traslada a vivir con su anciana madre a la aldea de Bois Saint Denis en Reuilly, localidad del Valle de Loira, donde se asentará definitivamente. Allí se dedicó al comercio de telas y, en 1940, se casó con Pauline Charron, quince años menor que él. De este modo se convierte en Marius, vendedor ambulante. Con un pequeño camión recorre las ferias y mercados de la región.

De sus pasadas experiencias, Jacob llegaría a decir:

No creo que el ilegalismo pueda liberar al individuo en la sociedad presente. Si, por este medio, logra liberarse de ciertas servidumbres, la desigualdad de la lucha le procura otras aún más pesadas, y al cabo la pérdida de la libertad, de la minúscula libertad que gozaba y, en ocasiones, de la vida. En el fondo el ilegalismo, considerado como un acto de rebelión, es más bien cuestión de temperamento que de doctrina.

Sin embargo, Jacob nunca renunció a sus ideas anarquistas, que para un hombre de su integridad eran los principios que regían su vida. Sus actividades ahora se tornaron más pacificas, pero no por eso menos combativas y radicales.

No estoy avergonzado de lo que hice. Sólo me avergonzaría sentir vergüenza.

En 1929, Jacob conoce y se hace amigo de Louis Lecoin, director del periódico Le Libertaire. Los dos hombres prestaron su apoyo a los prisioneros anarquistas Sacco y Vanzetti, y promovieron una campaña contra la extradición de Durruti, a quien le esperaba la pena de muerte en España.

No existe certeza, pero Jacob pudo entrar en España durante la guerra civil, supuestamente como comerciante de cítricos, con la intención de traer armas para los anarquistas españoles. Volvió a Francia convencido de que no había esperanza. Según sus propias palabras, los anarquistas están en las fosas comunes, se sacrifican en el frente, mientras son traicionados en la retaguardia.

Durante los años de la ocupación alemana, no colaboró directamente en la resistencia francesa, pese a que muchos libertarios, sobre todo exiliados españoles, participaron en la lucha antifascista, pero cualquier perseguido encontraba siempre refugio en su casa.

Tras la muerte de su madre en 1941, y la de su esposa en 1950, Alexandre Jacob, el viejo anarquista y ladrón profesional, reconvertido en Marius, comerciante de feria, se retiró y llevó una existencia tranquila, de serena madurez, rodeado de amigos y camaradas.

A finales de agosto de 1954, a punto de cumplir los 75 años, Jacob organizó una fiesta para los niños del pueblo, les ofreció una merienda, y después escribió una carta de despedida:

He vivido una existencia llena de aventuras y desventuras, y me considero satisfecho de mi destino. Por lo tanto, quiero irme sin desesperación, con la sonrisa en los labios y la paz en el corazón. Sois demasiado jóvenes para apreciar el placer de irse con buena salud, burlándose de todas las enfermedades que acechan a la vejez. Allá están todas esas asquerosas reunidas, listas para devorarme. Pero voy a defraudarlas. Yo he vivido y ya puedo morir.

Finalmente, el sábado 28 de agosto de 1954, Alexandre Marius Jacob decidió suicidarse junto a Negro, su viejo perro ciego e inválido, con una inyección de morfina. Apenas una docena de personas acudió a su entierro en el cementerio de Reuilly. Moría con él un hombre libre, digno y valiente, además de un anarquista comprometido y honesto.

* Las Leyes Infames (lois scélérates) fueron promulgadas en Francia durante la tercera república con el objetivo de reprimir el movimiento anarquista, responsable de numerosos atentados durante los años precedentes. Su aplicación permitirá una caza de brujas, con miles de registros y detenciones Se elaboraron listas de individuos sospechosos de simpatías libertarias, que fueron fichados y sometidos a vigilancia por la policía. Aunque las acciones violentas tuvieron cierta continuidad, la propaganda anarquista acabó prácticamente desapareciendo como resultado de esta feroz represión.

**Nunca se sabrá el número exacto de robos cometidos por Alexandre Jacob y Los Trabajadores de la Noche. Sin embargo, durante la investigación, Jacob confesó 156 ataques a la propiedad.

*** Acudió a siete juicios ante el Tribunal Marítimo Especial, del que dependía la Administración de Prisiones, y ganó cinco de sus demandas.

Fuentes:

-http://www.atelierdecreationlibertaire.com/alexandre-jacob

-Alexandre-Marius Jacob, el verdadero Arsenio Lupin, de Pino Cacucci

(Traducción: Jaime Rea)

-Jacob, un anarquista de La Belle Époque, de Bernard Thomas

(Ediciones de la Flor, 1971)

-El anarquista Alexandre Jacob y Los Trabajadores de la Noche, de J.Caro

(Inédito)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *